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Mostrando las entradas etiquetadas como Con aroma Literario

Desasosiego

Voy a prescindir esta vez de un intento literario. Hace semanas que no consigo sentarme a escribir. No, no es que no tenga temas, que las musas anden de vacaciones. Sólo me sucede lo que a muchos, a la mayoría quizás. Literalmente no consigo tiempo para sentarme a escribir. Le robo tiempo al trabajo, privo a mi almohada de compañia en estas altas horas, deberían ver la cantidad de papelitos de tamaños, colores y orígenes disímiles en los que anoto frases, palabras, argumentos e improperios con alguna idea que quiere ser literaria. Allí están ahora, frente a mí, se van amontonando. No busco la excusa fácil, no le quito el cuerpo a los deberes, a los de fuera, los mundanos, tampoco a los anímicos, al íntimo motor que ahora mismo me retiene aquí soltando esto que parece una queja lastimera. Simplemente me sucede lo que a vos y él, hay días que son una batalla a muerte con la vida. Sucede que me siento hermanado con este hombre gris que padece y grita. Ferna...

Las Ciudades Invisibles - Ítalo Calvino

LAS CIUDADES Y LOS INTERCAMBIOS. 2 En Cloe, gran ciudad, las personas que pasan por las calles no se conocen. Al verse imaginan mil cosas las unas de las otras, los encuentros que podrían ocurrir entre ellas, las conversaciones, las sorpresas, las caricias, los mordiscos. Pero nadie saluda a nadie, las miradas se cruzan un segundo y después huyen, husmean otras miradas, no se detienen. Pasa una muchacha que hace girar una sombrilla apoyada en su hombro, y también un poco la redondez de las caderas. Pasa una mujer vestida de negro que representa todos los años que tiene, con ojos inquietos bajo el velo y los labios trémulos. Pasa un gigante tatuado; un hombre joven con el pelo blanco; una enana; dos mellizas vestidas de coral. Algo corre entre ellos, un intercambio de miradas como líneas que unen una figura a la otra y dibujan flechas, estrellas, triángulos, hasta que todas las combinaciones en un instante se agotan, y otros personajes entran en escena: un ciego con un guepa...

Ficción en Sepia

Una de sus nietas le regaló para su cumpleaños el libro Purgatorio , de Tomás Eloy Martínez. El personaje principal de la novela, Emilia Dupuy, es una cartógrafa que ha padecido la pérdida de su esposo, con el que compartía además la misma profesión. Miguel Ángel Riera, lo mismo que la Emilia de Purgatorio , trabajó en otros tiempos dibujando mapas en el Instituto Geográfico Militar. Es domingo y el clima está espléndido, así que Miguel Ángel toma el libro y sale al patio trasero de la casa. Le gusta leer en su mecedora debajo de la parra grande, amparado por el bálsamo natural de la sombra cenicienta. El mate aprontado, la pipa cargada y el libro. La tarde no precisa nada más para ser completa. Lee: “Los mapas son copias imperfectas de la realidad, que describen en superficies planas lo que en verdad son volúmenes, cursos de agua en movimiento, montañas afectadas por la erosión y derrumbes. Los mapas son ficciones mal escritas”. Se detiene un momento, ceba el mate y acaricia la cab...

Edén

Camina con los ojos entrecerrados mientras atraviesa una penumbra ciega. Avanza con paso seguro entre los altos anaqueles atiborrados de libros. Extiende una mano y con el dedo índice va rozando uno a uno el lomo convexo de cada libro. Se detiene. “ El alimento de los Dioses , H. G. Wells, pasillo C5, cuarto estante, 1905”, susurra entre dientes. Toma un libro y sigue su camino. Un poco más adelante un haz de claridad recorta el marco de una puerta. Entra al estudio y recién entonces puede ver que el libro que ha tomado es el que necesitaba. Sonríe. Hace mucho tiempo que conoce de memoria el orden de la mayoría de los tomos. Después de que el último visitante se hubo marchado, recorre las mesas de lectura, recoge los libros que han quedado abandonados indolentemente y, como una madre que acuna a sus hijos, los coloca en sus respectivos estantes. Es extremadamente minucioso en su trabajo y no tolera que uno solo de sus libros esté fuera de lugar. Tres décadas hace que es titular de...

¿Alguna duda?

El sindicato de dentistas precisaba regular los honorarios a cobrar por los servicios prestados. Parte del reglamento establecido decía más o menos esto: “El párrafo II del artículo 3 del reglamento reformado deberá ser sustituido por el siguiente párrafo: II. En cualquiera de los meses del mismo año la remuneración no excederá la que resulte de sumar a la remuneración de los meses anteriores del año, la cantidad que sea el producto de la suma standard, multiplicada por el número de meses del año que haya expirado al fin del mes para el cual se está realizando el cálculo, agregado a la mitad de cualquier exceso autorizado de honorarios respecto de ese producto que, salvo los artículos de este reglamento, hubiera derecho a cobrar en dichos meses, excluyendo, para todos los fines de este párrafo, el mes de enero” Sobra decir que nunca ningún profesional supo cuánto debía cobrar por la extracción de un premolar, la reparación de una caries y mucho menos por qué el mes de ener...

Conservación de los recuerdos - Julio Cortázar

Los famas para conservar sus recuerdos proceden a embalsamarlos en la siguiente forma: luego de fijado el recuerdo con pelos y señales, lo envuelven de pies a cabeza en una sábana negra y lo colocan parado contra la pared de la sala, con un cartelito que dice: "Excursión a Quilmes", o: "Frank Sinatra". Los cronopios, en cambio, esos seres desordenados y tibios, dejan los recuerdos sueltos por la casa, entre alegres gritos, y ellos andan por el medio y cuando pasa corriendo uno, lo acarician con suavidad y le dicen: "No vayas a lastimarte", y también: "Cuidado con los escalones". Es por eso que las casas de los famas son ordenadas y silenciosas, mientras que en las de los cronopios hay gran bulla y puertas que golpean. Los vecinos se quejan siempres de los cronopios, y los famas mueven la cabeza comprensivamente y van a ver si las etiquetas están todas en su sitio.

Flores de lis

En la vaina se ven dos serpientes que ascienden enroscadas. En el centro, un escudo frigio que dos manos sostienen. Ambos bordes con ribetes en forma de greca. Todo trabajado en finísima plata, trabajo de un artesano de tierra adentro. La hoja del facón tiene grabadas dos flores de lis.    Se contaban muchas historias sobre el facón y su dueño. De él se decía que había venido buscando vengar una ofensa; que era fugitivo y que debía a la ley alguna muerte. Del cuchillo, que había sido traído de Europa, que tenía un grabado extraño en la hoja, un signo antiguo de los condenados; pero nadie había visto el arma fuera de la vaina. Tan errados no estaban. El correntino cometió el error de volver por la pulpería. Andaba necesitado de dinero y vino a vender unos cueros. Si hubo conjura o no, no se sabe. Lo cierto es que nadie le avisó nada. Cuando tiró el montón de cueros sobre el mostrador, oyó un grito, y la sangre se le puso espesa: -“¡Correntino!” El correntino apenas tuvo ti...

Riachuelo

Le habían recomendado no dejar de visitar el barrio de San Telmo, la plaza Dorrego y la calle Caminito, en La Boca. Era martes, no había casi nadie en la calle. Un amigo le había prestado un departamento en la calle Las Heras, cerca del parque. Caminó una cuadra y esperó que llegara el colectivo 64. Se bajó después de pasar el viejo puente Avellaneda. Anduvo un rato sin apuro por la rambla. Vio un grupo de gente con cámaras fotográficas y lentes para sol. “Turistas, como yo”, pensó. Aminoró el paso. “La verdad no sé qué le ven de lindo a todo esto”, decía una señora, mientras fruncía la nariz enérgicamente. “Fijate, agua podrida, botellas, basura. Quién sabe qué enfermedad se puede pescar una respirando este aire. Mejor, vamos”. Esperó a que se alejaran las señoras. Abrió el bolso en que traía su cámara y eligió un teleobjetivo. Tomó fotos de de la Rambla, de los boteros que cruzaban a los turistas a la isla Maciel, al Viejo Puente Avellaneda, a los cascos de los barcos encalla...

Reflejos

Cuenta Ovidio que Narciso poseía una gran belleza. Tanto así, que todas las chicas del barrio morían por él. Algunas, literalmente, como la ninfa Eco. Pero Narciso las rechazaba a todas, ninguna le caía en gracia. Según el poeta, Némesis, la diosa Venganza, castigó al insensible. Narciso siente sed, se inclina a beber en un arroyito, y ve su imagen reflejada en el agua. Inmediatamente se enamora. Pero Narciso fracasa en la seducción de la imagen de Narciso. Por fin, muere contemplando su imagen, y su cuerpo se convierte en flor. Esa es la versión de Ovidio. Sucede que al poeta le gustaban los finales dramáticos. Lo cierto es que hubo una mujer que sí consiguió enamorar al fundador del narcisismo. Por lo demás, era natural: era una gitana morena; sus ojos los más bellos en varias leguas a la redonda. Narciso la vio, y murió de amor. Los ojos de la morocha eran perfectos espejos.

Rex Nemorensis

Junto al lago de Nemi, en lo que es la actual provincia de Lazio en Italia, había un bosquecillo sagrado y en él, un templo consagrado a Diana Nemorensis, Diana del Bosque. Según relata James Georges Frazer, un hombre vigilaba día y noche delante de cierto árbol. El hombre no era otro que el Rey del Bosque. La continua vigilia no era vana: sabía que cualquiera que tomara una rama del árbol sagrado, tendría el derecho a desafiarlo en combate, y si lo vencía, sería el nuevo Rey. Un hombre más joven, más fuerte, o más hábil asesinaba al Rey, y lo sucedía, y se convertía en ese momento en el que esperaba la muerte. Un hombre mata a otro, y es rey, hasta que llega otro y lo mata. Quizás esto no sea tan distinto de lo que sucede en el amor. Un hombre sucede a otro en el corazón de una mujer por una especie de asesinato, lo sustituye brutalmente y empieza a reinar en él, sabiendo que, más tarde o más temprano alguien intentará asesinarlo, y quizás alguien lo matará. Mientras el amor existe, ...

Un casi niño, una completa noche.

Me dolés en la boca, me dolés en las manos, me dolés en los ojos, en el pecho me dolés. Meto la mano en el fuego, mi boca reseca sucumbe, rendida de hielo. Y eso parece la muerte Erte, erte. Amor es erte hoy Solo, en idioteces vanas. Para respuesta, el gran enigma. Me dolés, me dolés en el alma. En el cuerpo me dolés. Si hay un alma o un cuerpo. Que termine mañana, eterno dolor. Que termine hoy.

Imasumac, la más hermosa

Llegó al Cuzco llamado por su tío, don Diego Maldonado, aquel que había participado en la captura del Inca Atahualpa, y que recibiera una tercera parte del rescate que el Inca había prometido a cambio de su vida: dos habitaciones con plata y una con oro " hasta la altura donde alcanzara una mano". No era casual que a su tío le llamaran “El Rico”. Cuando el capitán Francisco Hernández Girón se rebeló contra la Corona española y puso en jaque a la Real Audiencia de Lima, Juan Maldonado y Buendía demostró la madera de la que estaba hecho. Si hubo victoria, fue en buena parte por los hechos de armas del joven Capitán, que le valieron reconocimiento entre las tropas leales a Carlos V de España. Pacificado el Perú, Juan Maldonado se retiró a sus propiedades en el Cuzco.   Ñusta era la palabra quichua que se usaba para decir “princesa” entre los incas. Si venció con armas y coraje a los rebeldes a la Corona, el Capitán sucumbió a redes sutiles en los ojos de una ñusta joven, Imas...

Todo un Caballero

“Agilulfo Emo Bertrandino de los Guildivernos y de los Otros de Corbentraz y Sura, Caballero de Selimpia Citerior y Fez”, respondía él cuando alguien le preguntaba el nombre. Por lo pronto, nos importan dos cosas: una, ya dicha. Era Caballero, en el grande y victorioso ejército de Carlomagno. La segunda, que no existía. Ése era el Caballero Agilulfo, el Caballero Inexistente . Uno lee sus batallas, lo acompaña en el entrevero de los caballos que piafan y las lanzas que se parten, lo ve ir y venir entre polvaredas que ciegan, incansable en el campamento, nunca ocioso, uno comprende que el caballero es la imagen viva de lo que había delineado el Código de Caballería. Y sin embargo, todos lo evitan, le tienen encono, nadie le profesa gran estima. Ella menos que ninguno. Es natural, por cierto. Agilulfo no era de cuna noble: conquistó con su espada y su armadura el noble título cuando rescató una doncella. El ahora Caballero llegó en el preciso instante en que unos rufianes estaban a p...

Sobre lo perdido y lo recobrado (Parte III)

De todas las novelas que leí en el tomo de Maestros Rusos, Nosotros me pareció superior a todas en muchos sentidos. Por esos tiempos, 1984, la novela de Orwell, ya había pasado por mis manos, y sin embargo cuando leí Nosotros tuve la impresión de estar mirando el mismo paisaje que Orwell describiera en 1984, pero con una mirada centrada en lo que nos cristaliza humanos, a la vez que pesimista sobre la concreción de mundos perfectos. Quizás por la forma improbable por la que me enteré de aquella novela, quizás porque el hombre que la había escrito captó alguna escencia vital, cosa siempre difícil de conseguir, quizás simplemente porque disfruté tanto Nosotros , haberlo perdido para siempre resulta tan frustrante. Cada vez que uno pasa por una librería de saldos mira entre los estantes y espera casi sin esperanza. Lo imposible de reiterar, en otro espacio, en otro tiempo, aquel afortunado descubrimiento, no evita que uno escarbe a la espera del prodigio. Cuando sale a la calle, ...

Sobre lo perdido y lo recobrado (Parte II)

Es imposible, completamente inadmisible para el ánimo de un lector cuasi vicioso, pasar delante de una librería y seguir de largo. Si la librería es de libros nuevos, uno examina los títulos, los intuye, se pregunta sobre temas y tramas, descubre rostros conocidos, algunos amados, otros odiosos, observa encuadernaciones y critica artes de tapa. En cambio, si la librería es de usados, la operación interna es completamente distinta: uno se convierte en arqueólogo, en buscador de tesoros. Las librerías de saldos tienen la ventaja adicional de la diferencia pecuniaria: uno debe agradecer a los dioses de las letras que muchos dueños de esas librerías no tengan ni pizca de idea del valor de los libros que venden por precios exiguos. En una de estas auscultaciones de estantes fue que Nosotros , la novela de Yevguieni Zamiatin, llegó a mis manos. Y no venía sola: era un tomo bellísimo, encuadernado en piel, con hojas en papel Biblia; pertenecía a una discontinuada colección de la Editor...

Sobre lo perdido y lo recobrado (Parte I)

Hace unos días escribí sobre la novela distópica 1984, de George Orwell. La idea inicial, sin embargo, era completamente distinta. No quisiera ponerme ahora en tren místico o trascendental, decir por ejemplo que quién escribe no sabe hacia dónde es que apunta sus cañones, que desconoce qué cosas le van a suceder a sus personajes, si el texto finalmente decidirá por si mismo tomar un tono trágico, cómico o aburridamente insulso, que la “obra” tiene algo así como una voluntad autárquica que corre por fuera de la propia mano que entreteje las frases, que las teclea más bien, para decirlo de modo contemporáneo y globalizado. Mi texto sobre 1984 distrajo mi intención primera, hablar de otro libro que estimo casi desconocido, “ Nosotros ”, de Yevgueni Zamiatin. (Eugène para los franceses; Eugen para los alemanes; Eugene para los ingleses; Eukene para los del país vasco; Eugenio, para los amigos) Lo cierto es que alguna gente acusó a Orwell de copiar el argumento de 1984 del libro que el ...

Las Historias de Don Rolo (Capítulo V)

Don Rolo mira a Juan, que me mira casi con desesperación. Pero la cara de mi amigo se transmuta en ese momento, y torciendo la boca en un gesto picaresco le dice a Juan: “Mirá si por ser tan poco cuidadoso con tu amiga, ahora se te queda seca una pierna. O te pasa algo peor todavía, mirá si la mina se entera de que estuviste hablando así de ella, y te la deja inservible…” Don Rolo, para fastidio de Juan, rie con tanta fuerza que todo la gente que estaba en el bar se dio vuelta para ver qué pasaba. Lo que siguió, la prudencia impide reproducirlo.

Las Historias de Don Rolo (Capítulo IV)

“Pero resulta que el pastor-príncipe era lo que en el litoral argentino llaman “panza resfriada”, quiero decir, que no sabía quedarse callado. Y un poco se entiende ¿no? ¡El tipo se había acostado con la mismísima diosa del Amor! Bueno, el caso es que después de aguantarse las ganas de contar en el mercado, en la plaza mayor, en la taberna, pensó: “No se va a enterar… y capaz que así alguna otra mina me quiera entregar su corazón. Si Afrodita no se pudo resistir a mí ¿qué mina no caería rendida si cuento lo que me pasó?” Así que eso hizo. A la próxima mujer que le gustó le contó la historia de sus amoríos con la divina Afrodita. Y claro, la mina le entregó su corazón. También. Pero la diosa se enteró. Y no le gustó ni medio. Peor que eso: se puso furiosa. Imaginate vos que no era cosa que se anduviera diciendo por ahí que La Diosa se acostaba con el primer mozo que encontraba tirado debajo de un árbol. ¿Y saben qué pasó?” Juan me miró, pálido. Yo creo que además de exagerado era un tan...

Las Historias de Don Rolo (Capítulo III)

“La cosa pasó más o menos así: un tipo , que no se sabe bien era si pastor o príncipe, la verdad da lo mismo, estaba un día en un prado, descansando. En eso aparece una mujer, hermosa, como todas las mujeres de antes. El tipo no era nada feo tampoco, o eso dicen, y ahí nomás le buscó charla a la mina. En esa época, si eras príncipe tenías mucho tiempo, total, no tenías que hacer nada. Para eso tenías doscientos sirvientes. Y si eras pastor, menos. Vieron que las ovejas son los bichos menos molestos que hay. Con tal de que tengan un poco de pasto y agua, están contentas. Las mirás de lejos nomás y te echás bajo la sombra de un árbol. Mientras tocás la flauta o escribís La Eneida, qué sé yo. Bueno, sea como fuere, el tipo tenía tiempo como para pasear por el mercado y escuchar los chismes de las viejas. Viste cómo es. Las viejas siempre tienen cosas para contar. Así que cuando vio que la mina se reía tan lindo con las cosas que contaba, se despachó con las historias más picantes que tení...

Las Historias de Don Rolo (Capítulo II)

Estamos Don Rolo y yo, que salí hace diez minutos de la oficina y, a la vez que me desintoxico de doce horas de indigestos papeles contables, aprovecho para conversar un poco con mi amigo, de lo que sea él que tenga ganas. O de nada, porque también es habitual ese silencio obstinado en Don Rolo. Se nos une Juan, otro de los habituales del bar. Tiene más o menos mi edad y trabaja cerca de aquí. Es abogado. Juan se ha ganado la fama de, por lo menos, exagerado: mucho de lo que cuenta tiene siempre ese barniz novelesco que a uno lo deja con la sensación de que el muchacho está contando alguna película hollywoodense llena de efectos especiales. Luego de sentarse y pedir un whisky doble (“en las rocas, che” le dice al mozo. Tiene esas cosas Juan: parece como si estuviera siempre pendiente de que lo que haga sobresalga, de la manera que sea), sonríe ampliamente y suelta: “No se imaginan la mina con la que estuve anoche. Una princesa. Qué digo, una diosa escapada del Olimpo”. Don Rolo mira su...