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Mostrando las entradas etiquetadas como Relatos

Reverencias

Por fin es primavera. Después de tantos días cubiertos de nubes hoy amaneció espléndido. Mi mal humor matutino suele durar un buen rato, pero esta mañana se esfumó ni bien traspuse el portal. Había sol, el aire estaba tibio y soplaba una brisa agradable. Imposible no interpretarlo como augurio favorable. Recogí del suelo el periódico y lo coloqué en el portafolios. Me gusta repasar las noticias en el bar mientras tomo un café antes de entrar a trabajar. Cerré la casa y caminé en dirección a mi automóvil. Esta es una zona muy tranquila, tanto que aún podemos prescindir del uso de rejas y sistemas de seguridad. En el verano estuve en Buenos Aires, en la casa de unos amigos que viven en un barrio privado. No conseguí sentirme cómodo. Fue una experiencia penosa: por una parte, una suerte de asfixia, una sensación similar a lo que imagino que sienten los que sufren claustrofobia, si es posible tal cosa en plena calle y al aire libre. Eso y la impresión de estar constantemente vigilado. C...

La nervadura de las hojas

Una sala de reuniones. Una gran mesa oval. Dos personas. “Sabemos que usted es un excelente empleado y que ha dejado varios años de su vida en ese escritorio. Sus reportajes y crónicas han contribuido al reconocimiento de nuestra revista como referente en el medio cultural. Sin embargo, los cambios en las exigencias del mercado demandan una reorientación profunda de nuestra estructura y el tipo de contenidos que publiquemos de ahora en más -está diciendo el nuevo director editorial-. Nuestra editorial es una gran familia, y la Gerencia ha tomado nota del deber que tiene: vigilar los intereses de la mayoría y asumir como primordial responsabilidad velar por el bienestar común. Ese, y no otro, es el motivo por el que prescindiremos de sus servicios. Lo sentimos mucho”. Eugenio Alonso hace rato ha dejado de oír. Mira el movimiento de la boca del director y oye las palabras, pero su mente está por completo en otro lugar. De la mañana para la tarde ha pasado de redactor estable a desemplea...

Edén

Camina con los ojos entrecerrados mientras atraviesa una penumbra ciega. Avanza con paso seguro entre los altos anaqueles atiborrados de libros. Extiende una mano y con el dedo índice va rozando uno a uno el lomo convexo de cada libro. Se detiene. “ El alimento de los Dioses , H. G. Wells, pasillo C5, cuarto estante, 1905”, susurra entre dientes. Toma un libro y sigue su camino. Un poco más adelante un haz de claridad recorta el marco de una puerta. Entra al estudio y recién entonces puede ver que el libro que ha tomado es el que necesitaba. Sonríe. Hace mucho tiempo que conoce de memoria el orden de la mayoría de los tomos. Después de que el último visitante se hubo marchado, recorre las mesas de lectura, recoge los libros que han quedado abandonados indolentemente y, como una madre que acuna a sus hijos, los coloca en sus respectivos estantes. Es extremadamente minucioso en su trabajo y no tolera que uno solo de sus libros esté fuera de lugar. Tres décadas hace que es titular de...

Demostración de un teorema

Carlos Alfonso Arrambide es profesor de la cátedra de Análisis de Señales y Sistemas en la Universidad Tecnológica de Córdoba. El contenido de la Unidad IV del programa anual tiene como tema “Funciones Analíticas Complejas / Integrales en el Plano Complejo”. Llegado a este punto del año lectivo, el profesor Arrambide toma una decisión sobre un asunto en el que ha venido pensando desde hace años. No permitirá en su cátedra ningún medio de registro: no más grabadores a cinta, ni micrófonos, ni cámaras de video, ni sistemas digitales de registro del tipo mp3. El anuncio causa estupor en el alumnado. Se oye la voz de un alumno que, al borde de la desesperación, dice: “Pero profesor ¿cómo estudiaremos si no permite que grabemos sus clases?” Arrambide camina dos pasos en dirección al alumno que ha hablado y solemnemente le responde: “El único dispositivo de registro que necesitará por el resto de su vida lo tiene precisamente aquí – y señala su oreja derecha-. Combine eso con este súper pro...

La puerta Falsa

El auditorio se puso de pie, los aplausos ascendieron fervorosos desde la platea al escenario, bajaron en torrente de los palcos colmados y por treinta minutos nadie se retiró del teatro. La crítica teatral eligió la obra como el éxito de la temporada. Fue la consagración definitiva para Joaquín Robinho, el coreógrafo que toda compañía de danza codició en adelante para sí. Para Joaquín, sin embargo, el éxito con que en aquella noche se lo premió tenía sabor a mentira. Nadie más que él lo sabía. Durante meses antes de la presentación de la obra había trabajado en el diseño de cada uno de los pasos, los veía en su mente, los hacia cuerpo y se los enseñaba a los bailarines uno por uno. El acto final era el más intenso, el verso final de un poema que había escrito con delicados movimientos y sutiles sinuosidades, con suaves ondulaciones de cuerpos que tenían en carne viva el alma. Era el que más técnica y destreza requería. Precisamente en ese último cuadro de la obra residía el defecto. ...

Esencia Sombría

Algunos aseguran haber visto serpientes cruzar calles polvorientas en el ardor del verano, o enroscadas en las ramas de los árboles que hay en los vados del arroyo. Yo en todos los años en que he venido a pasar mis vacaciones a la estancia Juárez nunca vi más que alguna lagartija apresurada por esconderse tras de alguna maceta, o debajo de las tejas marsellesas. Es cierto que no vi ninguna serpiente. Viva no, pero en cierta forma la vi. Como si un taxidermista de lo etéreo hubiera operado su arte sobre un fantasma, o como si alguna sombra hubiera perdido una capa tal como las pierde una cebolla, así la piel de la serpiente había quedado tendida sobre un tronco seco que yacía en tierra. La forma de la cabeza y el espacio de los ojos copiaban tan fielmente su origen que uno bien podía dudar de que no fuera más que un recipiente vacío y yerto. La trama y el dibujo de la piel, la otra piel, la helada y latente, pero viva, también se había quedado dibujada como un sello tenue, como marca d...

Futuro Imperfecto

Alguno de los dos enviará un mensaje de texto, o un correo electrónico, o llamará por teléfono al salir del trabajo. Quedarán de acuerdo en encontrarse en una confitería enfrente del viejo Abasto. Los dos reirán cuando miren hacia adentro y descubran esa fauna citadina que se aglomera en mesas con copas altas y tres cubiertos. Comentarán entonces que las confiterías modernas no tienen ya el encanto de los viejos bares, con esos mozos eternos que conocen los resultados de la quiniela, y están al tanto de cada disputa política y el precio del dólar. Decidirán que es mejor caminar un rato y buscar otro sitio sin aquella iluminación groseramente fluorescente. Hallarán en una calle un poco oscura un sitio que ostenta un soberbio nombre, “Tanguería”, que vacila entre lo tan tarde que se ha hecho para cerrar el día y lo demasiado pronto que será para iniciar la noche. Ya dentro descubrirán cuatro parejas que ensayan firuletes en un piso ajedrezado, que disparan ganchos entre piernas ...

Viva la tristeza! (Spleen)

                                                                 I Fue un niño silencioso. No hubo padres insomnes por ocuparse de calmar su llanto, ni corridas al hospital por quemaduras de primer grado. No hubo vecinos con protestas por vidrios rotos, ni abuelos que se quejaran de su vocabulario soez. Es más, poca gente escuchó alguna palabra de su boca los primeros cinco años de su vida. En la escuela se colocaba a un lado del patio de juegos y miraba a los demás niños jugar con una pelota, o perseguirse en el juego del escondite. Él leía una revista de historietas, o dibujaba redondeles en el suelo con la punta del pie o con algún palito. Cuando alguna maestra le preg...

Oficio Ingrato

Calixto, el herrero, trabaja en su forja. Una máscara cubre por completo su rostro. El delantal de fieltro lo protege de las chipas candentes que vuelan. Golpean la puerta. Calixto levanta su máscara, deja las piezas en las que trabaja sobre el banco y se quita los guantes. Abre. Es la Muerte. Cualquier otro, ante semejante visión, caería de hinojos. Pero Calixto conoce a la Señora -así la llama él- por el trabajo de herrero. Cada tanto ella trae su instrumental para que Calixto lo repare. “Calixto ¿tendrás un poco de tiempo para afilarme la guadaña? La hoja está casi roma. ¡No sabés lo que me hace renegar!” dice la muerte en un tono que, si no conociéramos la naturaleza del visitante, diríamos, parece amistoso. “¿Así que anda con mucho trabajo, Señora?”, dice Calixto, mientras hace un gesto que la invita a entrar. La Muerte toma asiento a un lado del banco del herrero, que ya ha puesto a funcionar la piedra de afilar. “Mucho trabajo, sí. Ya sabés, es plenilunio… Los enamorados, los p...

Seducción en la barra

Está sentada en la barra de un bar, bastante ebria, la mirada turbia, la voz pastosa. Él la acompaña. Se ha propuesto no dormir solo esta noche. “Cuando tenía veinte, ¡qué bonita era!, –dice ella con tono melancólico-. No había esquina en la que un taxista no me dijera un piropo. Aún los hombres que iban con sus esposas se daban vuelta a mirarme. Yo veía cómo ellas les tiraban del saco, o los pellizcaban, y me moría de risa. Todos los muchachos del barrio me invitaban a salir y mis amigas se morían de envidia. Pero ahora, vea. Mire estas patas de gallos, ¿ve? ¡Y estas manos! ¡Y aquí, mire el cuello, mire cómo lo tengo! Si me hubiera visto usted en aquel entonces, ah, ¡qué bonita era!”. Él comprende que es momento de decirle algo que la haga sentir bien. “Realmente creo que es mejor que no la haya conocido entonces, y sí ahora y que esté como está”, suelta. Ella lo mira y enarca las cejas. “¿Qué me quiere decir, señor?” “Sucede que, bueno, ante cualquier cosa demasiado bella, ante u...

Habitación 47

Clelia está tendida en una cama. Tiene el rostro pálido, muy pálido. Duerme. A sus pies, tres mujeres velan. Los rasgos de las tres tienen alguna semejanza, lo que hace pensar que son hermanas. Clelia se revuelve en la cama, se le escapa un pequeño quejido, dice alguna cosa incomprensible. Abre los ojos. Mira a las tres figuras a sus pies. No las reconoce. Cree que delira y, por temor a hacer el ridículo, no dice nada. Las observa un buen rato. Ahora Clelia se acomoda en la cama, coloca la almohada como respaldo de modo que casi queda sentada mirando de frente a las tres. Por fin dice con una voz marchita: “¡Qué bonito eso que hacen!”. La primera de las tres mujeres levanta la vista. Acciona un curioso dispositivo, una rueca. Llama la atención ver algo como eso en cualquier parte, pero más aún en un hospital. Hábilmente mueve sus manos, toma pequeños copos de lana virgen, los desarma en pequeñas fibras y luego, en la rueca, las convierte en un fino cordel. Sin dejar de hilar, le devuel...

Liberación

Cada ataque manifestaba síntomas similares: transpiraba copiosamente, sudor helado; se movía de forma compulsiva de un lado a otro, como se mueven los tigres encerrados en jaulas; jadeaba furiosamente como si acabara de correr una distancia larga; temblaba, sacudida por espasmos trepidantes. Podía tener varios de estos síntomas a la vez, pero cuando no caía desvanecida en un desmayo, el final era siempre el mismo: pánico, terror, gritos desesperados. Llegó a arrancarse mechones de cabello, arañarse la cara e intentó saltar desde una ventana en un cuarto piso. Le diagnosticaron claustrofobia. Fue a un psicólogo, le dieron medicación, intentó con terapias alternativas. Nada parecía traerle alivio duradero. Martín, su pareja desde hacía varios años, hacía lo imposible porque Alejandra se sintiera bien. Cada vez que los ataques comenzaban a hacerse frecuentes en la casa donde estuvieran, alquilaba otra más grande. Cuando no hubo departamento que la pudiera contener, buscó una casa co...

Estación Terminal

El hijo mayor viajó a Buenos Aires para hacer la conscripción. Cuando salió buscó trabajo, se casó y se quedó a vivir en la ciudad. El segundo, que siempre tuvo en la cabeza una bandada de teros, colgó su guitarra al hombro y se fue de gira con un grupito de folklore. No volvió nunca más. La hija, la menor y única, se enamoró de un viajante que se la llevó a vivir a Santa Fe. A todos sus hijos se los llevó el tren. Y a su esposa, la última en irse, allá por el ’92, cuando al mítico “Estrella del Norte” le quedaba todavía un año de vida. A su mujer le quedaba menos. Antes de subir al tren, ella le pidió que pasara lo que pasara, no abandonase su puesto como Jefe de Estación. Era hombre de palabra y respetó su voluntad. Ella falleció en el quirófano, mientras la operaban del corazón en la Capital. Por las tardes sale a caminar por el pueblo en compañía de su perro. Las calles están casi siempre desiertas. El bar, otrora rebosante de turistas que se quedaban a hacer noche allí, viajante...

Flores de lis

En la vaina se ven dos serpientes que ascienden enroscadas. En el centro, un escudo frigio que dos manos sostienen. Ambos bordes con ribetes en forma de greca. Todo trabajado en finísima plata, trabajo de un artesano de tierra adentro. La hoja del facón tiene grabadas dos flores de lis.    Se contaban muchas historias sobre el facón y su dueño. De él se decía que había venido buscando vengar una ofensa; que era fugitivo y que debía a la ley alguna muerte. Del cuchillo, que había sido traído de Europa, que tenía un grabado extraño en la hoja, un signo antiguo de los condenados; pero nadie había visto el arma fuera de la vaina. Tan errados no estaban. El correntino cometió el error de volver por la pulpería. Andaba necesitado de dinero y vino a vender unos cueros. Si hubo conjura o no, no se sabe. Lo cierto es que nadie le avisó nada. Cuando tiró el montón de cueros sobre el mostrador, oyó un grito, y la sangre se le puso espesa: -“¡Correntino!” El correntino apenas tuvo ti...

Riachuelo

Le habían recomendado no dejar de visitar el barrio de San Telmo, la plaza Dorrego y la calle Caminito, en La Boca. Era martes, no había casi nadie en la calle. Un amigo le había prestado un departamento en la calle Las Heras, cerca del parque. Caminó una cuadra y esperó que llegara el colectivo 64. Se bajó después de pasar el viejo puente Avellaneda. Anduvo un rato sin apuro por la rambla. Vio un grupo de gente con cámaras fotográficas y lentes para sol. “Turistas, como yo”, pensó. Aminoró el paso. “La verdad no sé qué le ven de lindo a todo esto”, decía una señora, mientras fruncía la nariz enérgicamente. “Fijate, agua podrida, botellas, basura. Quién sabe qué enfermedad se puede pescar una respirando este aire. Mejor, vamos”. Esperó a que se alejaran las señoras. Abrió el bolso en que traía su cámara y eligió un teleobjetivo. Tomó fotos de de la Rambla, de los boteros que cruzaban a los turistas a la isla Maciel, al Viejo Puente Avellaneda, a los cascos de los barcos encalla...

Filantropía

En un lujoso hotel céntrico se realizó el VI Congreso Internacional sobre Niñez y Adolescencia. Asistieron políticos, empresarios, periodistas e importantes personalidades de los ámbitos más variados. El temario de los disertantes abarcó la necesidad de asegurar contención social, educación y bienestar a cada niño del país. Se habló mucho acerca de planes de alfabetización, la eliminación del trabajo infantil y la violencia familiar de la que muchos niños son víctima. Se leyeron ensayos de prestigiosos sociólogos de fama mundial. Se habló del futuro, que debe ser construido sobre una niñez y adolescencia sanas y con respeto absoluto por los derechos universales del menor. Finalizado el encuentro, los participantes del Congreso fueron saliendo. Era una noche tibia y agradable, así que se vio a muchos dirigirse restoranes, casinos y teatros que la ciudad ofrecía a manos llenas. A pocas cuadras del hotel donde hasta hace minutos se habló de proteger la niñez, un grupo niños de no más ...

Manera correcta de interpretar una imagen

Tiene diez años y es un chico inteligente. Lo que logra con su inteligencia, sin embargo, muchas veces deja boquiabiertos a sus mayores. La madre de Ramiro es docente. Se podrá pensar que esta circunstancia resulta en ventaja, que su amante madre ayudará al pequeño a salir airoso en la lid escolar. Quien piense así, seguramente no ha tenido una madre que pertenezca al gremio docente. Hoy Ramiro ha traído de la escuela tareas para realizar en casa. La tarea consiste en escribir una narración dejándose llevar por lo que le pueda sugerir una imagen que la maestra entregó al alumnado. La imagen tiene una composición más bien simple: un prado herboso, un hombre con apariencia de leñador, algunas herramientas de campo y de fondo, una tupida arboleda. Ramiro termina la tarea y llama a su mamá. “Ya está, ma”, dice, y sonríe con aire triunfal. Cree que ha escrito un texto bonito y que esto llenará de alegría a su madre. Un momento más y tendrá permiso para salir a jugar con los demás chic...

Doble Click

Después de mucha vacilación, decide crear un blog. En una suerte de plan antropológico, lee en la Web a fin de comprender la dinámica de la blogósfera. Hecho esto, pone manos a la obra. Publica al menos un post diario, se cuida de que tenga ritmo, que sea llamativo, con un toque de humor, pero sin olvidarse de dejar al menos un idea, algo en qué pensar. Pasan varios meses. Nadie comenta sus publicaciones, nadie le envía mails, no tiene un solo seguidor. NADA. Lee sobre marketing digital orientado a bloggers. Pide consejos, se los dan. Entonces peregrina la red comentando blogs que tratan sobre literatura, música, moda, política, arte, gastronomía, viajes, sobre cómo hacer bonsáis, sobre corte y confección, peluquería y ortodoncia. Llega incluso a comentar en un blog de cierto hombre que dice ser la reencarnación del poeta Homero. Seis meses. NADA. Desespera. Se deprime. No encuentra sentido a seguir escribiendo. Sus amigos de Facebook le dicen que lo leen, pero no se toman la mol...

Las manos del artesano

El abuelo Anselmo era músico. Muchos de sus amigos lo venían a buscar para que tocara con ellos en las fiestas patronales de los distintos pueblitos santiagueños. Fue artista revelación en el festival Cosquín del '58, lo que le valió fama entre sus colegas. Sin embargo, cuando uno le preguntaba qué era lo que más le gustaba hacer, el abuelo decía sin dudar: "Trabajar la madera, construir instrumentos. Eso es darle cuerpo y vida a la música, es como tener hijos, un acto de amor". El abuelo Anselmo era músico, pero por sobre todo era un artesano exquisito. De todas partes del mundo le pedían sus primorosos violines, guitarras, bombos legüeros y charangos. Cada uno de ellos era tan único como las manos que lo habían construido. Fue mi abuelo quien hizo especialmente para mí la que sería mi única guitarra. Me la regaló cuando cumplí diez años. “En este instrumento te regalo todo lo que soy, y todo lo que sé hacer. Cada vez que toques alguna música en esta guitarra, vas a esc...

Oráculos

En la plaza Miserere hay una gitana que lee las manos. Una mujer se acerca y se sienta en el banquito que la gitana tiene para sus clientes. Lee en las lineas de la mano de la mujer. Dice: "Tus hijos no pasarán hambre, mujer. Crecerán saludables y serán gente de trabajo" Y algo de razón tiene. La mujer se levanta y camina unas cuadras hasta una zona donde hay varias casas de comida rápida. Se detiene en una esquina y hace gestos con los brazos. Dos niños regordetes traen una bolsa con hamburguesas de Mc'Donalds. Se las dan a su madre. Con tono cariñoso, ella dice: "¿Ustedes ya comieron?" "Si, esta vez estaba la chica buena, nos dejó que saquemos estas hamburguesas del tacho y no nos echó".