Cursilerías que quieren dejar de ser.
Pucha que sos difícil de arrancar, piba. Mirá que hago todo lo que puedo por llenar los cuadritos de la agenda con impostergables del tipo “pagar la luz y el gas”, “visitar al dentista”, “cumpleaños del amigo tal”, “llamar por teléfono al banco”, “llevar el auto al taller”, “ir al estreno del cine”, “no olvidar, hoy teatro”. Por más que me ocupe en sacar el sempiterno polvo de los libros, zurcir medias, cortar el pasto del jardín, cambiar el cuerito de la canilla, barrer la vereda, la propia y la del vecino. No importa que trabaje como un alemán alienado que se empeña con precisión suiza en no dilapidar como un norteamericano el tiempo que antes le sobraba como a un argentino. Ni así, piba. Cuando comienzo a creer que por fin pensar no va a ser sinónimo de pensar-te y mirar con nostalgia el banco de la plaza donde vos me esperabas a la salida del conservatorio, y sentarme en la mesa de un bar duplicando un encuentro con vos en un tiempo que ahora parece imposible, y mirar hacia atrá...