Ayer aprendí una nueva palabra: contubernio. Llegás a la casa de tus amigos, los mirás con inteligencia, guiñás un ojo y les decis:"Este si que es un contubernio como dios manda, che". Tiene carácter, a que sí.
(Nota: Por solicitud de los incondicionales, hacemos lugar al pedido de aclaraciones. Si el sentido de lo anterior no queda claro, mire aquí y aquí )
La sirenita viene a visitarme de vez en cuando. Me cuenta historias que cree inventar, sin saber que son recuerdos. Sé que es una sirena, aunque camina sobre dos piernas. Lo sé porque dentro de sus ojos hay un camino de dunas que conduce al mar. Ella no sabe que es una sirena, cosa que me divierte bastante. Cuando ella habla yo simulo escucharla con atención pero, al mínimo descuido, me voy por el camino de las dunas, entro en el agua y llego a un pueblo sumergido donde hay una casa, donde también está ella, sólo que con escamada cola de oro y una diadema de pequeñas flores marinas en el pelo. Sé que mucha gente se ha preguntado cuál es la edad real de las sirenas, si es lícito llamarlas monstruos, en qué lugar de su cuerpo termina la mujer y empieza el pez, cómo es eso de la cola. Sólo diré que las cosas no son exactamente como cuenta la tradición y que mis encuentros con la sirena, allá en el mar, no son del todo inocentes. La de acá, naturalmente, ignora todo esto. Me trata con res...
Había estado de juerga toda la noche y tuvo que levantarse temprano para tomar el tren. Sentía dolores de cabeza y náuseas. El viaje se hacía monótono. El repiqueteo de las ruedas del tren le taladraba los oídos. Salió del camarote en el que viajaba y fue al vagón comedor. Habló con un dependiente que le facilitó un sobre de sales y un vaso de agua. A la salida de la estación Alemania tomó un colectivo destartalado que lo dejaría en Cafayate, luego de tres horas de sacudidas a través de la Quebrada de las Conchas. Empezaba a anochecer cuando Arturo entró en la farmacia. El viejo Quispe estaba detrás del mostrador como siempre, la cabeza gacha, la mirada fija en un viejo tomo. —Estoy que me muero, Profesor, se me parte la cabeza y no pude comer nada en todo el día. —Calavera no chilla, galán. El viejo Quispe miró a Arturo con mal fingida rudeza y ambos se palmearon los hombros mientras reían. Se pasaron las novedades. —Murió Don Aguilar, ¿te enteraste? Lo enterraron h...
El hijo mayor viajó a Buenos Aires para hacer la conscripción. Cuando salió buscó trabajo, se casó y se quedó a vivir en la ciudad. El segundo, que siempre tuvo en la cabeza una bandada de teros, colgó su guitarra al hombro y se fue de gira con un grupito de folklore. No volvió nunca más. La hija, la menor y única, se enamoró de un viajante que se la llevó a vivir a Santa Fe. A todos sus hijos se los llevó el tren. Y a su esposa, la última en irse, allá por el ’92, cuando al mítico “Estrella del Norte” le quedaba todavía un año de vida. A su mujer le quedaba menos. Antes de subir al tren, ella le pidió que pasara lo que pasara, no abandonase su puesto como Jefe de Estación. Era hombre de palabra y respetó su voluntad. Ella falleció en el quirófano, mientras la operaban del corazón en la Capital. Por las tardes sale a caminar por el pueblo en compañía de su perro. Las calles están casi siempre desiertas. El bar, otrora rebosante de turistas que se quedaban a hacer noche allí, viajante...
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