Noticias a la siesta

8:59:00 p. m. Posted by El Griego

"Soy hombre de tierra adentro", sabía decir don Argentino. En esas palabras estaba nombrando su pueblo, el mate siempre aprontado, la mecedora que acunaba su siesta, su radio a transistores, siempre embutida en el bolsillo de la camisa. Cuando contaba 92 años su salud cayó en picada. Pese a su protesta tuvo que aceptar venir a vivir en nuestra casa. Con él se trajo esas cosas que lo acercaban a su tierra. Lo demás lo trajo adentro. Como era un hombre coherente, se fue en mitad de su última siesta, meciéndose en paz. En su radio portátil tal vez pasaban las noticias.  La radio de mi abuelo Argentino todavía cuenta historias. 

Voluntad de creer

3:51:00 p. m. Posted by El Griego

La ventaja que tienen los que aún creen, es que cuentan con una puerta de claridad abierta hacia lo posible: el posible amor, la posible compañía, la posible razón oculta detrás de tanto sinsentido. Aún cuando al presente sólo se lo pueda nombrar con aridez, lo posible trasunta el cúmulo de deseos irrenunciables.

Actos de fe y devoción

5:45:00 p. m. Posted by El Griego


Existe cierta tribu de nativos que adoran a sus dioses en forma de tótems. Si hay sequía, por ejemplo, ellos ofrecen dádivas, rezan oraciones, hacen promesas. Si el dios persiste en no escucharlos y la sequía continua, entonces expulsan de su templo al dios y lo apedrean, lo arrastran por las calles, lo blasfeman. A veces, luego de algún tiempo de sufrir maltratos, llueve. Nadie sabe si llueve porque el dios ha decidido dar brazo a torcer, o llueve sólo porque tenía que llover.

(Este es un clásico ejemplo de plagio y auto-plagio. Todo en uno)

Puentes

12:35:00 a. m. Posted by El Griego

No deja de ser un poco extraño, es cierto, pero qué hacer. Siguiendo una idea de Sábato, hay cosas que sencillamente suceden. Y menos mal que es así y que uno no tiene que andar tras los acontecimientos para que se decidan a ser tal o cuál día, de ésta o de aquella manera. Y qué molesto sería, y qué aburrido y qué huérfano de intrigas y curiosidades, aunque también de desengaños, hay que decirlo. Tal vez por esto recordé Las ciudades Invisibles de Calvino, y ese relato en que en una ciudad los habitantes se cruzan, e imaginan historias los unos sobre los otros, y hay algo que corre entre ellos y los entreteje, pero nadie saluda a nadie, ninguno dice una palabra, y una vibración lujuriosa mueve continuamente el carrusel de unas fantasías que no se agotan de deseo de ser, sin ser nunca. Y pensé en lo incierto de cualquier probabilidad de encontrar un semejante allí, allí y en cualquier lugar me dirá alguien, y tal vez sea valedera la objeción. Pero lo cierto es que a veces, por mas extraño e improbable que parezca uno tiene la sensación de estar frente un paisaje conocido, o extraño pero conocido, o sencillamente confortable y eso basta para intentar tender un puente, y a veces es el puente de Chinvat, y uno se siente un tanto a prueba y siempre hay riesgo de caída libre y fracturas de escafoides tarsiano derecho o izquierdo, que siempre es más doloroso. Lo que redime y veces salva es la completa ignorancia de cómo habrá de continuar lo que deba ser, como ha sido en estas líneas en que el influjo de Kerouac impuso una suerte de zapada desprovista de todo lirismo y pretensión de lucidez, con apenas intención, ahora casi explicita de invitarla a asomarse a su lado del puente y con un grito que otro contarme de qué va el mundo en ese lugar del universo.

Los Hechos, Capítulo 20: 7-12

11:54:00 p. m. Posted by El Griego

7 El primer día de la semana, reunidos los discípulos para partir el pan, Pablo les enseñaba, habiendo de salir al día siguiente; y alargó el discurso hasta la medianoche. 8 Y había muchas lámparas en el aposento alto donde estaban reunidos; 9 y un joven llamado Eutico, que estaba sentado en la ventana, rendido de un sueño profundo, por cuanto Pablo disertaba largamente, vencido del sueño cayó del tercer piso abajo, y fue levantado muerto. 10 Entonces descendió Pablo y se echó sobre él, y abrazándole, dijo: No os alarméis, pues está vivo. 11 Después de haber subido, y partido el pan y comido, habló largamente hasta el alba; y así salió. 12 Y llevaron al joven vivo, y fueron grandemente consolados

Lo que no registra el cronista son las palabras de Pablo a Eutico: "No te apurés, pibe, que dios espera".



Desasosiego

1:00:00 a. m. Posted by El Griego

Voy a prescindir esta vez de un intento literario. Hace semanas que no consigo sentarme a escribir. No, no es que no tenga temas, que las musas anden de vacaciones. Sólo me sucede lo que a muchos, a la mayoría quizás. Literalmente no consigo tiempo para sentarme a escribir. Le robo tiempo al trabajo, privo a mi almohada de compañia en estas altas horas, deberían ver la cantidad de papelitos de tamaños, colores y orígenes disímiles en los que anoto frases, palabras, argumentos e improperios con alguna idea que quiere ser literaria. Allí están ahora, frente a mí, se van amontonando. No busco la excusa fácil, no le quito el cuerpo a los deberes, a los de fuera, los mundanos, tampoco a los anímicos, al íntimo motor que ahora mismo me retiene aquí soltando esto que parece una queja lastimera. Simplemente me sucede lo que a vos y él, hay días que son una batalla a muerte con la vida.

Sucede que me siento hermanado con este hombre gris que padece y grita.

Fernando Pessoa, El libro del Desasosiego.

Encaro serenamente, sin nada más que lo que en el alma represente una sonrisa, el encerrárseme siempre la vida en esta Calle de los Doradores, en esta oficina, en esta atmósfera de esta gente. Tener lo que me dé para comer y beber, y donde vivir, y el poco espacio libre en el tiempo para soñar, escribir -dormir-, ¿qué más puedo yo pedir a los Dioses o esperar del Destino?

He tenido grandes ambiciones y sueños dilatados -pero también los tuvo el cargador o la modistilla, porque sueños los tiene todo el mundo: lo que nos diferencia es la fuerza de conseguir o el destino de conseguirse con nosotros.

En sueños, soy igual al cargador y a la modistilla. Sólo me diferencia de ellos el saber escribir. Sí, es un acto, una realidad mía que me diferencia de ellos. En el alma, soy su igual.

Bien sé que hay islas del Sur y grandes amores cosmopolitas y (...)

Si yo tuviese el mundo en la mano, lo cambiarla, estoy seguro, por un billete para [la] Calle de los Doradores.

Tal vez mi destino sea eternamente ser contable, y la poesía o la literatura una mariposa que, parándoseme en la cabeza, me torne tanto más ridículo cuanto mayor sea su propia belleza.

Sentiré añoranzas de Moreira, ¿pero qué son las añoranzas ante las grandes ascensiones? Sé bien que el día que sea contable de la casa Vasques y C. será uno de los grandes días de mi vida. Lo sé con una anticipación amarga e irónica, pero lo sé con la ventaja intelectual de la certidumbre.

Las Ciudades Invisibles - Ítalo Calvino

8:31:00 p. m. Posted by El Griego

LAS CIUDADES Y LOS INTERCAMBIOS. 2

En Cloe, gran ciudad, las personas que pasan por las calles no se conocen. Al verse imaginan mil cosas las unas de las otras, los encuentros que podrían ocurrir entre ellas, las conversaciones, las sorpresas, las caricias, los mordiscos. Pero nadie saluda a nadie, las miradas se cruzan un segundo y después huyen, husmean otras miradas, no se detienen.

Pasa una muchacha que hace girar una sombrilla apoyada en su hombro, y también un poco la redondez de las caderas. Pasa una mujer vestida de negro que representa todos los años que tiene, con ojos inquietos bajo el velo y los labios trémulos. Pasa un gigante tatuado; un hombre joven con el pelo blanco; una enana; dos mellizas vestidas de coral. Algo corre entre ellos, un intercambio de miradas como líneas que unen una figura a la otra y dibujan flechas, estrellas, triángulos, hasta que todas las combinaciones en un instante se agotan, y otros personajes entran en escena: un ciego con un guepardo sujeto con cadena, una cortesana con abanico de plumas de avestruz, un efebo, una mujer descomunal. Así, entre quienes por casualidad se juntan para guarecerse de la lluvia bajo un soportal, o se apiñan debajo del toldo del bazar, o se detienen a escuchar la banda en la plaza, se consuman encuentros, seducciones, copulaciones, orgías, sin cambiar una palabra, sin rozarse con un dedo, casi sin alzar los ojos. Una vibración lujuriosa mueve continuamente a Cloe, la más casta de las ciudades. Si hombres y mujeres empezaran a vivir sus efímeros sueños, cada fantasma se convertiría en una persona con quien comenzar una historia de persecuciones, de simulaciones, de malentendidos, de choques, de opresiones, y el carrusel de las fantasías se detendría.

Reverencias

12:06:00 a. m. Posted by El Griego

Por fin es primavera. Después de tantos días cubiertos de nubes hoy amaneció espléndido. Mi mal humor matutino suele durar un buen rato, pero esta mañana se esfumó ni bien traspuse el portal. Había sol, el aire estaba tibio y soplaba una brisa agradable. Imposible no interpretarlo como augurio favorable. Recogí del suelo el periódico y lo coloqué en el portafolios. Me gusta repasar las noticias en el bar mientras tomo un café antes de entrar a trabajar. Cerré la casa y caminé en dirección a mi automóvil. Esta es una zona muy tranquila, tanto que aún podemos prescindir del uso de rejas y sistemas de seguridad. En el verano estuve en Buenos Aires, en la casa de unos amigos que viven en un barrio privado. No conseguí sentirme cómodo. Fue una experiencia penosa: por una parte, una suerte de asfixia, una sensación similar a lo que imagino que sienten los que sufren claustrofobia, si es posible tal cosa en plena calle y al aire libre. Eso y la impresión de estar constantemente vigilado. Cámaras de seguridad en los frentes de todas las viviendas, garitas con vigilantes en las esquinas, un vallado en la entrada del barrio, revisión de la documentación de los foráneos. Nunca antes la vuelta a mi hogar me brindó tanto alivio. El frente de mi casa tiene un sendero de piedras laja que corre a través del césped hasta dar en la acera. Entre mi casa y la de Roldán, mi vecino, no hay verjas, apenas unos arbustos pequeños aquí y allá, a modo de medianera, de modo que los frentes de ambas viviendas se suceden sin solución de continuidad. Como estoy más bien poco en casa, nunca he tenido tiempo suficiente para ocuparlo en parquizar. Roldán en cambio tiene un jardín bellísimo. Hace poco más de un año que se ha mudado junto a su familia a nuestro barrio. Es increíble que haya estado a punto de irse hace unos meses.

Cuando salí para el trabajo, mi vecino estaba ocupándose de las plantas de su jardín. Quien haya visto alguna ilustración de los jardines japoneses puede imaginar el aspecto del frente de la casa de Roldán. Tiene dos cerezos que están florecidos, rosas chinas de varios colores, hay azaleas, geranios y varios macizos con herbáceas. Esta mañana crucé unas palabras con mi vecino. Siempre se muestra atento y cortés. Quizás por esto mismo es que algunos en el barrio hayan sospechado. Mientras Roldán me hablaba de las virtudes del abono natural, de ciertos cuidados especiales contra un tipo de arañas rojas y otros asuntos botánicos, no pude evitar que la mirada se me desviara detrás de él. Son muy bellas, ciertamente. Cuando todo el mundo andaba alborotado por aquí, no se hablaba de otra cosa que ellas. Roldán continuaba su charla sobre no sé que cosa acerca del clima, las lluvias que escasean y lo nocivo de los fertilizantes químicos. Yo no podía quitar la vista de ellas. Me han dicho que son orientales o algo así. La verdad, no sé bien si es por el influjo del jardín de mi vecino, con esa fuente artificial, los cerezos en flor o la armonía minimalista que emana su parquizado, lo cierto es que si ellas no son orientales, uno pensaría que tienen todo el derecho a que lo sean. Cuando la policía vino a hacer una requisa a la casa de Roldán, sentí más pena por ellas que por él. Visto desde ahora, pienso que la denuncia anónima de alguno de los vecinos no debió ser tomada en serio. Seguramente el motivo fue que el denunciante estaba celoso de las bellezas que acompañan a Roldán. Pero ya se sabe: se requiere muy poco para que un rumor crezca hasta convertirse en algo de lo que resulta difícil dudar. De haber estado en el lugar de mi vecino, no habría vacilado en abandonar este barrio e irme a un lugar donde vivir sin ser molestado. Roldán eligió quedarse, restó importancia a lo sucedido y lo atribuyó a una forma de ignorancia que da lugar a prejuicios.

La noche del operativo antidroga, toda la cuadra se llenó de móviles policiales y oficiales armados, incluso un grupo iba acompañado de perros adiestrados para detectar estupefacientes ocultos. Yo miraba desde la ventana y veía como la horda pisoteaba pensamientos y nomeolvides, aplastaba azaleas y lirios. Por la mañana pudo verse que las rosas colombianas estaban deshechas, cientos de pétalos quedaron desparramados, la impresión era similar a esas pinturas modernas en las que se ven gotas de distinto color desparramadas sobre la tela. Aunque la policía no encontró absolutamente nada que incriminara a Roldán, lo retuvo hasta la tarde. Entrada la noche lo vi acopiando los despojos de su jardín. La visión semejaba la figura de un hombre que estuviera recogiendo a sus muertos en un campo de batalla. Sorprendentemente, en poco más de dos semanas el jardín de Roldán se había recuperado casi por completo. Aún cuando muchas de sus hermosas plantas hubieran perdido sus flores, la exhuberancia latía en cada una de ellas. Esta mañana, en el momento en que estaba por despedirme de mi vecino porque se me hacía tarde, él miró detrás de sí, y me dijo: “¿Le gustan? He notado que todos los días las mira. Y pensar que todo aquel lío fue por ellas, ¿verdad?”. “Más que gustarme”, le respondí, “Usted quizás me tomará por loco. Pero mientras conversábamos, no sé bien si por el efecto de la brisa que ahora mismo corre, o por el hechizo que tiene su jardín en mí, me pareció ver que ellas se inclinaban hacia mí, como si me hicieran una reverencia o saludo”. Roldán rió con ganas. Me despedí de el y subí por fin a mi automóvil. Antes de arrancar, una vez más miré al cantero grande de las amapolas. Juro que me sonrieron, pícaras.

Disculpe las molestias

12:31:00 p. m. Posted by El Griego

El departamento Relaciones Públicas informa que en breve estaremos nuevamente en actividad. Pedimos disculpas por los posibles transtornos de ansiedad provocados por la falta de actualización de este blog. A la espera del pronto regreso, saludamos cordialmente a nuestros incondicionales lectores.

El Griego

Undine - Abelardo Castillo

2:01:00 p. m. Posted by El Griego

La sirenita viene a visitarme de vez en cuando. Me cuenta historias que cree inventar, sin saber que son recuerdos. Sé que es una sirena, aunque camina sobre dos piernas. Lo sé porque dentro de sus ojos hay un camino de dunas que conduce al mar. Ella no sabe que es una sirena, cosa que me divierte bastante. Cuando ella habla yo simulo escucharla con atención pero, al mínimo descuido, me voy por el camino de las dunas, entro en el agua y llego a un pueblo sumergido donde hay una casa, donde también está ella, sólo que con escamada cola de oro y una diadema de pequeñas flores marinas en el pelo. Sé que mucha gente se ha preguntado cuál es la edad real de las sirenas, si es lícito llamarlas monstruos, en qué lugar de su cuerpo termina la mujer y empieza el pez, cómo es eso de la cola. Sólo diré que las cosas no son exactamente como cuenta la tradición y que mis encuentros con la sirena, allá en el mar, no son del todo inocentes. La de acá, naturalmente, ignora todo esto. Me trata con respeto, como corresponde hacerlo con los escritores de cierta edad. Me pide consejos, libros, cuenta historias de balandras y prepara licuados de zanahoria y jugo de tomate. La otra está un poco más cerca del animal. Grita cuando hace el amor. Come pequeños pulpos, anémonas de mar y pececitos crudos. No le importa en absoluto la literatura. Las dos, en el fondo, sospechan que en ellas hay algo raro. No sé si debo decirles cómo son las cosas.

Ficción en Sepia

4:19:00 p. m. Posted by El Griego

Una de sus nietas le regaló para su cumpleaños el libro Purgatorio, de Tomás Eloy Martínez. El personaje principal de la novela, Emilia Dupuy, es una cartógrafa que ha padecido la pérdida de su esposo, con el que compartía además la misma profesión. Miguel Ángel Riera, lo mismo que la Emilia de Purgatorio, trabajó en otros tiempos dibujando mapas en el Instituto Geográfico Militar. Es domingo y el clima está espléndido, así que Miguel Ángel toma el libro y sale al patio trasero de la casa. Le gusta leer en su mecedora debajo de la parra grande, amparado por el bálsamo natural de la sombra cenicienta. El mate aprontado, la pipa cargada y el libro. La tarde no precisa nada más para ser completa. Lee: “Los mapas son copias imperfectas de la realidad, que describen en superficies planas lo que en verdad son volúmenes, cursos de agua en movimiento, montañas afectadas por la erosión y derrumbes. Los mapas son ficciones mal escritas”. Se detiene un momento, ceba el mate y acaricia la cabeza del mastín que ha venido a echarse a sus pies. Continúa la lectura: “Mapas eran los de antes: donde había nada creaban mundos”. Algo se revuelve en la memoria de Miguel Ángel. Baja el libro, y mientras sorbe el mate amargo piensa: “Es cierto que los mapas inventan el mundo, pero también es cierto que otras veces lo ocultan”. Hace mucho tiempo que no pensaba en aquello, pero la lectura lo ha devuelto tres décadas atrás, a los años del Instituto, a cierto suceso que jamás consiguió explicarse por completo.

Está llegando la noche. El mate yace en el suelo junto a la pava. Miguel Ángel Riera sigue sentado bajo la parra. Fuma su pipa con la mirada abandonada en despojo incendiado que queda del día. Así lo encuentra su nieta Inés, que ha venido a saludarlo. “¿Le gustó el libro abuelo?”, dice, y Miguel Ángel da un respingo. Inés ríe del gesto asustado de su abuelo. “¿Cuántas veces te dije que no me llames abuelo, Inés? Ni que fuera un fósil, che. Y esa manía que tenés de moverte como gato, si es como para…” Miguel Ángel se interrumpe y mira el semblante burlón de Inés. Ríe él también. “Del libro, la verdad, leí unas pocas páginas. Este Purgatorio me ha recordado viejas épocas”, continúa. “¿Te acordás que hace unos años hicimos un viaje a Península Valdez?”, pregunta. “Claro, fue uno de los viajes más bonitos que hemos hecho juntos. Pero me pareció que a usted no le gustó tanto como a mí”. “No, no fue así. Te voy a contar. Alcanzame por favor esa caja que está ahí, mirá”. Inés alcanza a su abuelo una caja que reposa sobre la mesa de jardín. Miguel Ángel abre la caja y busca alguna cosa dentro. Aparecen unos pliegos de láminas que utilizaba en sus tiempos de cartógrafo y varios mapas originales hechos por él. “Es éste, mirá”, dice, y mientras habla a su nieta, va señalando algún punto del mapa.

“En el año ‘77 nos asignaron el relevamiento de Península Valdez. Por aquel tiempo había muy poca gente viviendo allí. La población estable de Puerto Pirámides, algunos ranchos de ovejas, un par de empresas que trabajaban en la salina grande y no mucho más. Algunos años antes Jacques Cousteau había estado por la península, enterado de que en el golfo San José se habían avistado algunas ballenas. La ballena franca austral, seguro que la viste en la televisión. A partir de esa visita, la península comenzó a cobrar interés turístico a nivel mundial. Se instalaron algunas empresas que organizaban salidas de avistamiento de ballenas y del resto de la fauna autóctona: lobos marinos, pingüinos, focas, aves marinas, etc. Empezaron a venir contingentes de turistas europeos, norteamericanos, japoneses, en fin, de todas partes del mundo. No hace falta que te explique que el gobierno militar no quería dar una mala imagen a nivel internacional y menos que hubiera quejas de algún tipo. Cualquier extranjero era mucho más valioso y mejor tratado que la mayoría de los propios argentinos. Pero me estoy saliendo de tema, si sigo así no te voy a contar qué es lo que me recordó tu obsequio".

"El caso es que al Instituto Geográfico se le ordenó relevar la costa sur y registrar todo dato relativo a la población, los caminos y la actividad económica. Hicimos contacto con el dueño de una empresa de turismo que operaba en Valdez con base en Puerto Pirámides y estuvo dispuesto a alojarnos y darnos asesoramiento mientras durara nuestro trabajo allí. Resultó ser un verdadero personaje ¿sabes? Era oriundo de Buenos Aires, y había llegado a la Península varios años antes trabajando como viajante para el negocio familiar. Le decían “El Rey de las Ballenas” y la contextura robusta del hombre justificaba sobradamente el mote. Así que todos los lugareños lo conocían por “Rey”, a secas. Acordamos con Rey que nos quedaríamos las dos últimas semanas de Febrero y tal vez la mitad de Marzo, siempre que hiciera buen clima. Pocas veces conocí gente tan hospitalaria y amigable. Rey nos facilitó enormemente el trabajo. Conocía a la perfección cada palmo de Valdez, los mejores caminos, el nombre de cada persona de Pirámides y también los del resto de la gente en la península. No podíamos tener mejor guía. Cuando llevábamos quince o veinte días de trabajo, sucedió que Rey tuvo que salir en un recorrido de avistamiento con un contingente de australianos que llegaron a Valdez, así que nos quedamos sin guía por aquel día. Los hombres que me acompañaban aprovecharon para ponerse al día con el trabajo técnico, ordenar los datos que hasta ese momento habíamos recogido, repasar el itinerario para el día siguiente y, de paso, descansar. Vos sabes que a mí nunca me molestó demasiado estar solo, al contrario, hacía días que deseaba tener algún tiempo libre para hacer una travesía sin la obligación del trabajo de por medio. Así que se me presentaba una buena oportunidad de salir de paseo y tomar fotografías, en fin, hacer un poco de turismo".

"Cargué el automóvil con todo lo que necesitaba y salí temprano con rumbo a la costa oeste de la península, que da a mar abierto, fuera de la zona que teníamos asignada. Fui bordeando los grandes acantilados, siguiendo un viejo camino de ripio que corría a unos tres o cuatro kilómetros de la línea costera. Iba sin prisa y me detuve varias veces a tomar fotos, creo que ahí en la caja deben quedar algunas. En cierto punto, quise recorrer un poco más de cerca la costa, así que me salí del camino y avance a campo traviesa. Después de recorrer algunos kilómetros, di con un camino que no figuraba en ninguno de los mapas que teníamos en el Instituto. No tenía nada de extraño, claro, estábamos allí precisamente porque los mapas disponibles databan de la primeras décadas del siglo. El camino tenía señales de que el tránsito de vehículos no era demasiado frecuente, incluso en algunas zonas la maleza lo invadía casi por completo. Lo seguí hasta que di con un pequeño poblado. No serían más de veinte o treinta casas, pero aquello sí que era toda una sorpresa. En los registros oficiales, la única población estable en toda la península era Puerto Pirámides y las cuatro o cinco estancias que había en la zona noreste. Incluso la gente que trabajaba en la salina tenía residencia fija en Pirámides. Las casas del poblado estaban dispuestas a uno y otro lado de dos calles, las únicas, que se atravesaban entre sí perpendicularmente; las cuatro esquinas entonces quedaban en el centro. Una suerte de cruz, así las recuerdo. Bajé del auto y caminé. El silencio era completo y no había ninguna señal de que hubiera alguien. De no ser porque las casas estaban en general bien mantenidas, pintadas y limpias, algunas incluso con pequeños jardines delante, bien podría pensarse que era un sitio abandonado. Había algo en el aire me despertó la sospecha de que estaba siendo vigilado. No tuve que esperar demasiado para descubrir que estaba en lo cierto. Abrí una pequeña verja que había en una de las casas, me paré en el pórtico y cuando estaba a punto de llamar, sentí un golpe en la cabeza. Me desmayé".

"Cuando desperté, estaba dentro de una casa, atado de pies y manos sobre una silla. Cuatro hombres y dos mujeres me rodeaban. La cabeza me daba vueltas, sentía un dolor agudo en la nuca, donde recibí el golpe. Cuando se dieron cuenta de que los estaba observando, el mayor de los hombres se acercó a mí evidentemente alterado. “¿Qué hace usted en Valdez? ¿Por qué vino aquí? ¿Quién lo envía? ¿Con cuantos ha venido?” Parecía que jamás se iba a detener la catarata de preguntas. Cuando por fin dejó de hablar, intenté dar una que lo serenara. “Soy cartógrafo, dibujo mapas. Trabajo para el Instituto Geográfico Militar y estamos en Valdez por orden del gobierno, que desea un relevamiento del trazado de caminos de la península con intención de fomentar la actividad turística y empresarial”. Bastó que oyeran las palabras “militar”, “gobierno” y “relevamiento” para que se apoderara de ellos el nerviosismo. En sus ojos se podía ver inquietud, un estado de terror que los abofeteaba. El hombre que dirigía el interrogatorio pidió detalles. Quiso saber si yo era militar, si había soldados en Pirámides, si éramos un cuerpo de avanzada, si vendrían hacia este punto. Quién sabe qué ideas tendría el pobre hombre. Le dije toda la verdad. Luego de un buen rato de explicar y volver explicar lo mismo, me dejaron solo. Pasado un momento, volvieron sólo tres de ellos. El que parecía el jefe ordenó a los otros dos que me soltaran. “Le pido disculpas por el golpe que recibió, señor. Tuvimos que hacerlo”, me dijo. “Hemos revisado sus bolsillos y encontramos este portafolios en su auto, vimos la credencial del instituto en que usted trabaja y el resto de sus documentos, el montón de mapas y dibujos. Parece que usted no nos está mintiendo. Tome, aquí están sus pertenencias”. Estaba a punto de preguntarle sobre el motivo de su reacción violenta, pero antes de que pudiera decir nada, el hombre habló de nuevo. ”Señor, este lugar no debe quedar asentado en ningún registro oficial. La vida de muchas personas depende de ello. No le pido que comprenda, pero sepa que si usted hace alguna mención de este sitio, si en esos mapas que dibuja usted señala este lugar, estará condenando a muerte a las personas que viven aquí”. El tono en que hablaba era casi una súplica. Ciertamente que no comprendía. Por más preguntas que hice, no pude obtener otra respuesta que lo que ya había oído. Cuando me hubieron devuelto mis cosas y me sentí mejor, me dispuse a irme. Las dos mujeres que había visto cuando desperté del desmayo se acercaron al automóvil. El hombre mayor venía andando tras ellas. “Señor, si usted tiene hermanas, si su madre vive, por ellas se lo rogamos. Por favor, no diga nada de nosotros”, rogaron las mujeres. No podría explicar el motivo, pero renuncié a comprender qué cosa escondía aquella gente, qué cosa hacían allí o por qué debían mantener el anonimato. Les prometí que no diría nada, y mientras estuviera a cargo de la misión, nuestra gente no se acercaría a aquella zona. Me dejaron ir. Volví con una sensación extraña, con la misma impresión que uno tiene al salir del sueño, o cuando ha pasado muchas horas sin dormir y se siente agotado. Cumplí con mi promesa y nunca dije nada. En los mapas que confeccionamos con el equipo no figuró ningún nuevo asentamiento en la costa oeste, ningún dato de población tomó en cuenta a la gente que yo había visto. No existían más que para mí. No dejé constancia alguna de su existencia en los informes oficiales. Solo en este mapa. ¿Ves esta leve mancha? Cuando hube confeccionado mi borrador, hice unos trazos leves, levísimos con un lápiz sepia en aquel sitio. Luego froté un trozo de papel sobre las marcas, hasta que se hubieron diluido casi por completo. Es todo lo que quedó del pueblo de las calles en cruz.

Cuando viajamos con vos a Valdez hace dos años, la tarde en que te fuiste a hacer el viaje en barco y yo me quedé, volví a ver a Rey. Estaba aún más enorme de lo que era en aquel entonces. Su empresa prosperaba gracias al turismo y tenía dos barcos de pasajeros y varios empleados. No me extrañó que no me recordara. Después de todo habían pasado más de veinticinco años desde la última vez que estuve alojado en su casa. Como si se tratara de un turista, le hice algunas preguntas sobre la actividad en la península, sobre la temporada de avistamiento de ballenas y otros asuntos de ese orden. Aquella primera vez no tuve el valor de preguntar a Rey si conocía qué hacía esa gente en el poblado de la costa oeste, pero esta vez no pude contenerme. “En la costa oeste no hay ningún poblado, señor. Le deben haber dado mal las señas. Es más, le puedo asegurar que jamás ha habido poblado alguno en esa costa. Vivo hace casi cuarenta años en este lugar y se todo lo que pasa por aquí”. No insistí, por supuesto. Le pregunté si había algún sitio donde alquilaran vehículos, y Rey me indicó a donde ir. Un cartógrafo que se precie no necesita mapas para encontrar un sitio en el que ya estuvo. Tomé rumbo oeste nuevamente, y en poco más de una hora estaba de nuevo en el camino que aquella vez me condujera al poblado de las calles en cruz. A poco de trasponer una lomada, lo vi. Detuve el auto. Estaba tal como lo recordaba. Sus dos calles perpendiculares, sus casas enfrentadas, las cuatro esquinas señalándose mutuamente. Algo sin embargo había cambiado. El color de las casas, sus blancas paredes, los jardines coloridos, todo lo que aquella otra vez me había mostrado un signo vital, lucía ahora como un daguerrotipo, como una fotografía en sepia tomada un siglo antes; los contornos del pueblo se veían difuminados y borrosos como una visión acuosa. Cuando percibí aquel color apagado y las líneas que tendían a desdibujarse, pensé que podría ser un efecto del sol. Pero estoy seguro de que no fue así: cuando dibujé el mapa, en aquella zona no dejé más que una mancha sepia en el borrador. Pero al mar, ese que ahora se removía, a ese mar que ahora hervía con el frenesí con que se agitan las cosas vivas, a ese mar lo había pintado intensamente azul.”

“Ya ves, Inés. Tu Purgatorio me recordó aquel poblado, esa mancha que ves ahí mismo y esta historia, de la que jamás había hablado con nadie”. Inés mira sin pestañar a Miguel Ángel. El abuelo ha logrado conmoverla. Sus ojos van de la caja a su abuelo, y de éste al mapa que descansa entre ambos, en el suelo. “Ay, abuelo. Casi lo conseguiste. ¿Ves por qué me gusta visitarte? Mirá el trabajo en que te pusiste sólo para contarme una historia. Esas fotos, y el mapa. ¡Y la mancha! Cualquiera creería esa historia, abuelo. Pero yo no, ¡a mí no me vas a engañar!”. Inés se levanta y abraza a su abuelo y ríe a carcajadas.

Cuando Inés se va, Miguel Ángel Riera recoge las láminas y mapas para guardarlas nuevamente en la caja. Antes de colocar las cosas allí, toma una fotografía que ha quedado en el fondo. La mira: se alcanza a ver una esquina, una calle que avanza hasta que la corta la línea del horizonte. Si no fuera por el azul intenso del mar que se ve al fondo, el color sepia del resto de la imagen haría pensar en un daguerrotipo de un siglo atrás.

La nervadura de las hojas

9:00:00 a. m. Posted by El Griego

Una sala de reuniones. Una gran mesa oval. Dos personas. “Sabemos que usted es un excelente empleado y que ha dejado varios años de su vida en ese escritorio. Sus reportajes y crónicas han contribuido al reconocimiento de nuestra revista como referente en el medio cultural. Sin embargo, los cambios en las exigencias del mercado demandan una reorientación profunda de nuestra estructura y el tipo de contenidos que publiquemos de ahora en más -está diciendo el nuevo director editorial-. Nuestra editorial es una gran familia, y la Gerencia ha tomado nota del deber que tiene: vigilar los intereses de la mayoría y asumir como primordial responsabilidad velar por el bienestar común. Ese, y no otro, es el motivo por el que prescindiremos de sus servicios. Lo sentimos mucho”. Eugenio Alonso hace rato ha dejado de oír. Mira el movimiento de la boca del director y oye las palabras, pero su mente está por completo en otro lugar. De la mañana para la tarde ha pasado de redactor estable a desempleado.

A pesar de que la noticia de su despido le provoca natural inquietud, Eugenio no permite que la desazón ocupe por completo su ánimo. Dedica algunos días a varios asuntos domésticos que hace tiempo viene posponiendo para más adelante. Arregla unas gotereas en el techo del garaje, pinta los frentes de la casa, poda los árboles y corta el césped del jardín. En esas labores anda cuando un vecino que pasea su perro lo aborda: “Ey, Alonso, ¡qué raro usted tan temprano en casa! ¿No trabaja hoy?”. Eugenio piensa en alguna mentira que inventar porque lo avergüenza estar desempleado. Sin embargo, contesta: “La verdad, Seoane, hace una semana me han despedido, así que aprovecho mientras tanto para reparar un poco la casa que se nos esta viniendo abajo”. “Cuánto lo siento, Eugenio, con el talento que tiene usted, no se entiende que hagan eso. Vea que yo compraba esa revista sólo por esos artículos tan interesantes que usted escribe”. “Parece que la nueva gerencia no opina como usted, Dalmiro”, murmura Eugenio, más para sí que para el otro, y vuelve al trabajo. Dalmiro Seoane saluda y se marcha, sacudiendo la cabeza de un lado a otro. Esa misma noche, mientras está cenando, Eugenio recibe una llamada telefónica. “Alonso, cómo le va, buenas noches. ¿Está ocupado?” “Nada importante. Diga Dalmiro, ¿en que le puedo ser útil?” “Vea. Tengo una idea que quizás le interese. ¿Podría pasar por mi casa mañana por la tarde?” “Consultaré la agenda. Ya sabe que soy un hombre con demasiadas ocupaciones”, dice Eugenio, y Dalmiro festeja la broma.

Tal cual lo acordaran el día previo, Eugenio Alonso visita a Dalmiro Seoane en su casa. Entre dos tazas de café, Dalmiro explica a Eugenio cuál es el motivo de la cita. Quiere escribir su biografía. Más bien, quiere que Eugenio la escriba. Eugenio no comprende del todo qué interés podría tener para alguien un libro que relate la vida de un hombre que no ha sido político, ni artista, ni se ha destacado en el deporte. Como siente respeto hacia su vecino, ensaya otra excusa: “Pero Dalmiro, yo no soy escritor, soy periodista. Y ni siquiera he cursado estudios, soy lo que se dice, Escribiente. No creo que alguien como yo podría hacer lo que usted necesita”. Pero Seoane no suelta prenda fácilmente. Aunque Eugenio no lo sabe, Dalmiro fue durante muchos años un excelente negociador cuando trabajó en una empresa dedicada al comercio de ultramar. “Vea, Eugenio. No le pediría esto si no supiera que está usted capacitado para escribir mi biografía. Tengo la intención de dejar a mis nietos el relato de mi vida como obsequio, como una compensación por el tiempo en que estuve demasiado ocupado en mis negocios como para estar con ellos. Como le dije ayer, los reportajes que usted ha escrito para esa revista son una clara muestra que usted sí sabe como hacer atractivo el relato de una vivencia. Es eso lo que me ha decidido a hacerle esta oferta”. Tanto insistió Dalmiro que Eugenio no pudo negarse. Más allá de lo extraña que resultaba la propuesta, se sentía halagado. Por otra parte, hacer el trabajo de restaurador de viviendas no era precisamente lo que más le agradaba, y la cifra que Dalmiro Seoane le ofreció por el trabajo completo lo terminó de decidir en favor de hacer el intento. A fin de cuentas, estaba sin trabajo y precisaba dinero.

Para su sorpresa, Eugenio Alonso sentía verdadero placer en convertir la narración que Dalmiro Seoane hacía de su vida en algo mucho más rico que una mera enumeración de hechos singulares. Los hechos en si mismos tenían como único mérito servir como una suerte de explicación a acontecimientos ulteriores que precisaban de ese antecedente. Como buen lector que era, Eugenio sabía las ideas generales que pueda tener una persona, no son las que hacen único a un ser. La nervadura de una hoja, el rastro que deja un caracol a su paso, una gota de lluvia que estalla en tierra, lo mismo que la sinuosidad de una vena, las manías y caprichos o las manifestaciones de carácter, ésas son las cosas que convierten a un ser en algo sin paralelo en el universo. Allí residía el secreto del arte de Eugenio, en su capacidad para poder ver estos detalles en cada persona a la que entrevistaba y en que luego, cuando volcaba sus impresiones en palabras, tenía el valor estético de escoger, de nombrar lo que convertía a un ser en único entre todos los posibles. Seis meses pasaron luego de la primera charla en la que Dalmiro Seoane le solicitara a Eugenio Alonso que fuera su biógrafo. Cuando estuvo concluida su biografía, Dalmiro supo que no se había equivocado. Sin que las débiles protestas de Eugenio valieran como impedimento, Dalmiro consiguió que un editor que era amigo suyo imprimiera el libro. Si bien la tirada fue más bien modesta, en poco tiempo se habían vendido todos los ejemplares. La editorial pronto tuvo que lanzar una segunda edición, ya que varias librerías habían hecho pedidos urgentes. Con no poca sorpresa, Eugenio Alonso se convirtió de desempleado en un biógrafo solicitado por hombres y mujeres que veían en sus vidas algo digno de quedar escrito.

Juan Rivera, un jockey que regalara tardes memorables a muchos amantes del turf, está sentado en un sillón del estudio de Eugenio. Con un vaso de whiskey el la mano, el hombre cuenta a Eugenio un sinfín de eventos de su vida. Es vivaz y siempre tiene alguna salida humorística. Ahora se inclina un poco hacia Eugenio y baja la voz hasta convertirla en un susurro. Le cuenta una anécdota sobre un amorío con una actriz poco conocida. “Oiga, pero no se le ocurra escribir eso, ¿eh? Que sea un secreto profesional, ¿de acuerdo?”, dice, y Juan Rivera suelta una risotada que hace temblar los cristales. Eugenio Alonso también ríe, pero guarda en su memoria lo que el otro le ha contado. Años más tarde, esa historia será parte del libro que conseguirá un premio internacional. Pero eso, ya es parte de otra historia.

El pedestal de las estatuas - Antonio Gala

12:17:00 a. m. Posted by El Griego

"Sé, como nadie, de qué está hecho el pedestal de las estatuas: de abusos, sangre, llanto y muertes, unos; de soberbia, desprecios y avidez, otros; de negación a la vida, los demás. Cuando la primera obligación de un ser vivo es vivir a toda costa, con todas sus fatales consecuencias, buenas o malas, y también con el Hermoso riesgo de la felicidad, tan pasajero y tan intransferible. Todo lo que se oponga a la vida, libre en su tránsito, efímera, iluminada o tenebrosa, todo eso será lo opuesto a lo bueno. A lo que Dios, si es que creó la vida, nos ordena. No conozco otra ética ni otra religión; no más teología que ésa... En estos papeles tengo que ser sincero: sólo para eso los escribo o los dicto. He estado demasiado cerca del poder, de cualquiera, como para creer en él. Lo he tenido; me ha manchado las manos; he hurgado en sus entrañas; me salpicó los vestidos más caros, que son los que debe uno ponerse cuando se va a hacer el daño verdadero... No creo en la generosidad del poderoso; sin embargo, no he deseado en mi vida otra cosa que serlo".

Edén

9:56:00 p. m. Posted by El Griego

Camina con los ojos entrecerrados mientras atraviesa una penumbra ciega. Avanza con paso seguro entre los altos anaqueles atiborrados de libros. Extiende una mano y con el dedo índice va rozando uno a uno el lomo convexo de cada libro. Se detiene. “El alimento de los Dioses, H. G. Wells, pasillo C5, cuarto estante, 1905”, susurra entre dientes. Toma un libro y sigue su camino. Un poco más adelante un haz de claridad recorta el marco de una puerta. Entra al estudio y recién entonces puede ver que el libro que ha tomado es el que necesitaba. Sonríe. Hace mucho tiempo que conoce de memoria el orden de la mayoría de los tomos. Después de que el último visitante se hubo marchado, recorre las mesas de lectura, recoge los libros que han quedado abandonados indolentemente y, como una madre que acuna a sus hijos, los coloca en sus respectivos estantes. Es extremadamente minucioso en su trabajo y no tolera que uno solo de sus libros esté fuera de lugar. Tres décadas hace que es titular de la Biblioteca y se precia de dirigir el único recinto público ordenado de toda la ciudad. Vive en una pequeña buhardilla en los altos de la sala mayor de lectura. Muy pocas veces sale, sólo cuando alguno de sus amigos libreros le informa que hay a la venta un ejemplar valioso o alguna colección rara, aunque de ser posible hace que se la envíen allí mismo. Le disgusta el mundo que existe fuera de los límites del edificio de la Biblioteca, la selva de calles estrepitosas, la maraña de gente atropellándose, el ruido abrumador de los motores que rugen, de las bocinas que braman improperios, el pulso frenético. La ciudad de día. En las venas oscuras en que los subtes y los trenes discurren, en el hambre voraz de los colectivos que engullen y vomitan pasajeros, en las flechas de los carteles que en cada esquina apuntan en todas direcciones y a ninguna, el bibliotecario presiente la obra de una mano que delinea las aristas de un dibujo maléfico. Los pasillos de la Biblioteca en cambio son su Edén, su tierra de promisión. Allí las cosas tienen un aroma doméstico y acogedor. Sólo en compañía de los silentes infolios siente tranquilidad por saberse en el hogar, acunado en el abrazo cálido de lo cotidiano que serena su espíritu. Piensa en la veracidad de estas palabras y recita: “El desorden de fuera no lo entendemos porque es más grande que nuestro corazón. Lo que entendemos es el orden del jardín, siempre tan confortable”, El dueño de la herida, Antonio Gala, pasillo N12, tercer estante, 2003”.

Después de Fin

11:15:00 p. m. Posted by El Griego

Alguna razón tienen los que nos acusan de que cuando precipitamos los acontecimientos fatalmente buscamos no complicarnos demasiado la vida. Quizás es un manera más fácil de hacer el trabajo y así evitar las dificultades que provocaría intentar otros caminos. Yo creo que nos hemos enviciado. Es que uno se siente un poco divino provocándoles la muerte, haciendo que tiemblen y sucumban en esa última imagen, que se espanten ante lo inevitable del desenlace. Entonces todo nuestro ingenio se pone en movimiento para que esas muertes completen un catálogo: que parezcan un accidente o que salten de un décimo piso, que caigan debajo de un tren empujados por una mano anónima. Entonces, satisfechos, los dejamos ahí, tendidos e inertes. Están también las muertes fantásticas, las que dan lugar a especulaciones de lo más inesperadas o bizarras: esas son la moda en nuestra profesión. Nos critican, y algo de razón tienen. Quizás fue esa y no otra la razón. El caso es que hoy quise que fuera diferente. Creo que lo conseguí. He revisado lo hecho. Puedo respirar tranquilo. Hoy no he matado a nadie, no provoqué ningún accidente ni empujé a otro a cometer una acción mortífera. El trabajo está listo. Un relato breve en el que nadie muere.

Demostración de un teorema

10:59:00 p. m. Posted by El Griego

Carlos Alfonso Arrambide es profesor de la cátedra de Análisis de Señales y Sistemas en la Universidad Tecnológica de Córdoba. El contenido de la Unidad IV del programa anual tiene como tema “Funciones Analíticas Complejas / Integrales en el Plano Complejo”. Llegado a este punto del año lectivo, el profesor Arrambide toma una decisión sobre un asunto en el que ha venido pensando desde hace años. No permitirá en su cátedra ningún medio de registro: no más grabadores a cinta, ni micrófonos, ni cámaras de video, ni sistemas digitales de registro del tipo mp3. El anuncio causa estupor en el alumnado. Se oye la voz de un alumno que, al borde de la desesperación, dice: “Pero profesor ¿cómo estudiaremos si no permite que grabemos sus clases?” Arrambide camina dos pasos en dirección al alumno que ha hablado y solemnemente le responde: “El único dispositivo de registro que necesitará por el resto de su vida lo tiene precisamente aquí – y señala su oreja derecha-. Combine eso con este súper procesador –señala sien- y conseguirá resultados asombrosos. Y ahora, sirva quedarse callado, y escuche”. Carraspeó, y con una entonación digna de Demóstenes, se le oyó decir: “El Teorema Fundamental del Álgebra dice que todo polinomio a coeficientes complejos tiene un raíz compleja, es decir, existe un número complejo donde el polinomio evalúa a cero”. Arrambide levantó la mirada por sobre sus lentes para comprobar que nadie hubiera desobedecido su orden. Continuó: “Dicho de otra manera, un polinomio en una variable no constante y con coeficientes complejos tiene tantas raíces como su grado dado que las raíces se cuentan con sus multiplicidades”. El profesor respiró hondo, y muy sonriente, dijo: “¿Lo ven? Clarísimo”.

¿Alguna duda?

10:59:00 p. m. Posted by El Griego

El sindicato de dentistas precisaba regular los honorarios a cobrar por los servicios prestados. Parte del reglamento establecido decía más o menos esto:

“El párrafo II del artículo 3 del reglamento reformado deberá ser sustituido por el siguiente párrafo:

II. En cualquiera de los meses del mismo año la remuneración no excederá la que resulte de sumar a la remuneración de los meses anteriores del año, la cantidad que sea el producto de la suma standard, multiplicada por el número de meses del año que haya expirado al fin del mes para el cual se está realizando el cálculo, agregado a la mitad de cualquier exceso autorizado de honorarios respecto de ese producto que, salvo los artículos de este reglamento, hubiera derecho a cobrar en dichos meses, excluyendo, para todos los fines de este párrafo, el mes de enero”

Sobra decir que nunca ningún profesional supo cuánto debía cobrar por la extracción de un premolar, la reparación de una caries y mucho menos por qué el mes de enero quedó fuera del convenio.

La puerta Falsa

1:17:00 a. m. Posted by El Griego

El auditorio se puso de pie, los aplausos ascendieron fervorosos desde la platea al escenario, bajaron en torrente de los palcos colmados y por treinta minutos nadie se retiró del teatro. La crítica teatral eligió la obra como el éxito de la temporada. Fue la consagración definitiva para Joaquín Robinho, el coreógrafo que toda compañía de danza codició en adelante para sí. Para Joaquín, sin embargo, el éxito con que en aquella noche se lo premió tenía sabor a mentira. Nadie más que él lo sabía. Durante meses antes de la presentación de la obra había trabajado en el diseño de cada uno de los pasos, los veía en su mente, los hacia cuerpo y se los enseñaba a los bailarines uno por uno. El acto final era el más intenso, el verso final de un poema que había escrito con delicados movimientos y sutiles sinuosidades, con suaves ondulaciones de cuerpos que tenían en carne viva el alma. Era el que más técnica y destreza requería. Precisamente en ese último cuadro de la obra residía el defecto. Joaquín Robinho sabía que le faltaba un paso, la transición de una posición a otra, el eslabón dorado que completaría toda esa cadena de exquisitos movimientos. Más que saberlo, lo presentía como una verdad latente, como una presencia vital que se le escurría delante de los ojos cuando intentaba hacerlo movimiento corpóreo. Sin aquel movimiento la obra era un diamante impuro.

Pasó días y noches en busca de ese paso extraviado, pero nunca lo encontró. La fecha prevista para el estreno llegó sin que él hubiera hallado el movimiento que debía hacer perfecta su obra. Nunca se lo dijo a nadie, pero guardó dentro de sí la amargura de saber que la obra que le abrió las puertas al éxito era una puerta falsa.

Pasaron años, varias décadas. Joaquín Robinho envejeció y una enfermedad hizo que fuera necesario que se internara en una clínica especializada. Una noche, mientras Joaquín descansaba sabiendo que estaba tocando el borde último de su vida, una brisa veraniega se coló entre las celosías que habían quedado entornadas. El viento revolvió las cortinas sedosas y transparentes. Allí lo vio. El paso que durante años se le había escurrido se le presentó nítidamente en los pliegues que el viento imprimió en las cortinas de gasa. Joaquín Robinho cerró los ojos y en su mente vio a la compañía de danza ejecutar el último acto de su mejor obra. Por fin descansó, sabiendo que la obra era perfecta.

Esencia Sombría

12:14:00 a. m. Posted by El Griego

Algunos aseguran haber visto serpientes cruzar calles polvorientas en el ardor del verano, o enroscadas en las ramas de los árboles que hay en los vados del arroyo. Yo en todos los años en que he venido a pasar mis vacaciones a la estancia Juárez nunca vi más que alguna lagartija apresurada por esconderse tras de alguna maceta, o debajo de las tejas marsellesas. Es cierto que no vi ninguna serpiente. Viva no, pero en cierta forma la vi. Como si un taxidermista de lo etéreo hubiera operado su arte sobre un fantasma, o como si alguna sombra hubiera perdido una capa tal como las pierde una cebolla, así la piel de la serpiente había quedado tendida sobre un tronco seco que yacía en tierra. La forma de la cabeza y el espacio de los ojos copiaban tan fielmente su origen que uno bien podía dudar de que no fuera más que un recipiente vacío y yerto. La trama y el dibujo de la piel, la otra piel, la helada y latente, pero viva, también se había quedado dibujada como un sello tenue, como marca de agua. El despojo de la serpiente era a su vez oscuro y transparente, residía por completo allí y a la vez estaba enteramente ausente. Al cambiar de piel había dejado su porción más superficial y sin embargo la forma abandonada de su belleza guardaba toda su fuerza. Yo no vi una serpiente viva. Yo vi la esencia de un amor perdido.

Futuro Imperfecto

12:47:00 a. m. Posted by El Griego

Alguno de los dos enviará un mensaje de texto, o un correo electrónico, o llamará por teléfono al salir del trabajo. Quedarán de acuerdo en encontrarse en una confitería enfrente del viejo Abasto. Los dos reirán cuando miren hacia adentro y descubran esa fauna citadina que se aglomera en mesas con copas altas y tres cubiertos. Comentarán entonces que las confiterías modernas no tienen ya el encanto de los viejos bares, con esos mozos eternos que conocen los resultados de la quiniela, y están al tanto de cada disputa política y el precio del dólar. Decidirán que es mejor caminar un rato y buscar otro sitio sin aquella iluminación groseramente fluorescente. Hallarán en una calle un poco oscura un sitio que ostenta un soberbio nombre, “Tanguería”, que vacila entre lo tan tarde que se ha hecho para cerrar el día y lo demasiado pronto que será para iniciar la noche. Ya dentro descubrirán cuatro parejas que ensayan firuletes en un piso ajedrezado, que disparan ganchos entre piernas y tacos, que se miran apasionadamente, porque han aprendido que en eso reside el alma del tango. Se sentarán en una mesa apartada, a un lado de la pista, sin que apenas nadie note su llegada. Ella será la primera en hablar, en hablar no ya de cosas mundanas y sin importancia, sino del asunto que más importa a esa hora en esa cuadra, en ese barrio, en ese cosmos. Ellos dos. Le preguntará “¿Cómo estás?”, y él, con un gesto rápido y la voz jocosa responderá entre sonrisas “Estoy fantástico”. Ella festejará la ocurrencia y estará de acuerdo, “Es verdad que estás muy bien”, dirá, y ambos reirán de la mala broma. Pero a ella se le ensombrecerá de pronto el rostro, mirará nerviosamente hacia afuera, y volverá a mirar el rostro de él. “Decime, realmente, ¿cómo estás?”. Él no podrá evitar sonrojarse. Cruzará los dedos, los soltará, hará un gesto vago, como espantando moscas o fantasmas y apoyará el mentón entre las manos que habrán tomado la postura de quien inventa una paloma con sombras de la China. Se quitará los lentes como hace cada vez que está nervioso y finalmente le dirá : “Está bien. Fue una semana de mierda”. Le contará entonces que ha estado con problemas de trabajo, que le ha dado un resfrío que aún le dura, que le han llegado las boletas del gas y la corriente eléctrica, que el banco le notificado una deuda en la hipoteca, que su madre llegará en una semana. “Pero lo peor, lo intolerable, fue la continua y metódica forma en que te extrañé, aunque se bien que no tengo derecho”, dirá, y en los ojos de ambos asomará apenas el brillo de las que no llegarán a ser lágrimas.