La taza de té

3:50:00 p. m. Posted by El Griego

Había estado de juerga toda la noche y tuvo que levantarse temprano para tomar el tren. Sentía dolores de cabeza y náuseas. El viaje se hacía monótono. El repiqueteo de las ruedas del tren le taladraba los oídos. Salió del camarote en el que viajaba y fue al vagón comedor. Habló con un dependiente que le facilitó un sobre de sales y un vaso de agua.

A la salida de la estación Alemania tomó un colectivo destartalado que lo dejaría en Cafayate, luego de tres horas de sacudidas a través de la Quebrada de las Conchas.

Empezaba a anochecer cuando Arturo entró en la farmacia. El viejo Quispe estaba detrás del mostrador como siempre, la cabeza gacha, la mirada fija en un viejo tomo.

—Estoy que me muero, Profesor, se me parte la cabeza y no pude comer nada en todo el día.

—Calavera no chilla, galán.

El viejo Quispe miró a Arturo con mal fingida rudeza y ambos se palmearon los hombros mientras reían. Se pasaron las novedades.

—Murió Don Aguilar, ¿te enteraste? Lo enterraron hace dos días. Todo el pueblo estuvo ahí.

Tomás Aguilar había sido el heredero de una fortuna en viñedos, animales y bodegas. Se había casado muy joven con Eva Tapia, hija de terratenientes. Eva tuvo dificultades para quedar encinta. Perdió varios embarazos y todos ya daban por hecho que era estéril. Sin embargo, cerca de sus 40 años, Eva murió dando a luz a Emilia.

Emilia creció sin conocer privaciones de ningún tipo, atendida por un ejército de cuidadores, tutores y maestros. Su padre podía permitirse holgadamente pagar lo que fuera necesario para que su hija estuviera contenta.

Pronto Tomás pasó a ser Don Aguilar y Emilia creció feliz entre caballos petisos y fiestas a las que venían los hijos de los empleados del padre y los hijos de su maestra de piano.

—Y Emilia, ¿cómo está ella?

—Nunca voy a entender qué le has visto, Rey. Vos sabés que te aprecio como un hijo, pero creo que esa chica no te conviene. No te digo que no sea bonita, porque lo es, pero un pedazo de piedra es más blando que su mirada, Arturo. Nos desprecia.

—Somos sólo amigos, Quispe. Ella la ha pasado mal. El viejo está muerto, pero bien que las ha hecho todas antes de estirar la pata. Él tiene la culpa de que Emilia esté sufriendo. Me da lástima que ella no tenga a nadie ahora, Quispe. Y no nos desprecia, sólo que está acostumbrada a otra vida nomás.

Ese verano Arturo visitó frecuentemente a Emilia Aguilar en la estancia “El Negro”, bastión donde en otro tiempo Don Aguilar tejía y destejía las fortunas de la gente que dependía de él. Vestido de luto pasaba sus ratos libres acompañando a Emilia en sus paseos por los cerros, a veces a caballo, a veces en una zorra que pedía prestada a los muchachos del obrador.

Para todos era evidente que Emilia y Arturo sólo estaban esperando que finalice el período de duelo para hacer pública su relación.

Cuando se cancelaron las obras del tramo vial, que ya jamás se haría, y Arturo le comunicó a Emilia que en dos semanas debía irse a otro destino, en otra provincia, a dieciocho horas de tren de distancia, Emilia perdió la cabeza.

Lo invitó a tomar el té a las cinco para charlar un poco antes de despedirse. Fue a hacer compras al pueblo. Pasó por la farmacia y el mercado. Horneó pan. Puso la mesa, ventiló la casa y esperó.

Arturo llegó a tiempo. Saludó con un beso casto en la mejilla. Entraron a la casa y Emilia dejó a Arturo en la sala mientras preparaba la merienda en la cocina. Arturo paseó la vista por la biblioteca de Don Aguilar. Las vitrinas estaban cerradas desde hacía décadas y no se podía saber si alguien alguna vez había leído uno de esos tomos.

—Tenés más libros acá que el Profesor en la biblioteca de la farmacia, Emilia.

—Esos eran de mi padre. Arriba tengo mis propios libros. Sentate, ya sirvo el té.

Él se sentó y ella sirvió té y le ofreció pan. Estaba aún tibio.

—Gracias. Té inglés, ¿verdad? Está riquísimo. ¿Este pan lo amasaste vos? Huele fantástico.

Emilia sirvió otra taza, tomó el cuchillo y cortó otras dos rodajas de pan. Le sirvió la segunda a Arturo y puso una delante de ella.

—Lo amasé yo, ¿quién más? Me alegro de que te guste. En otra época lo hubiera hecho Amalia, la cocinera. O podría haber enviado al chofer de mi padre a buscar pan fresco al pueblo. ¿Te conté ya que en la casa grande había una docena de empleados? Seguramente alguien hubiera venido a cumplir mi pedido. Sea cual fuere. Pero ya no más.

La voz de Emilia se había puesto tensa pero mantenía aún el tono de confidente.

—No sabía nada acerca de los negocios de mi padre. Me dejó en la ruina. Él, que ayudó a todo el mundo. Que tiene una calle que lleva su nombre. Que tiene foto con el gobernador y juega póker con los diputados. Él me dejó en la ruina. Él me dejó. Mi madre también me dejó apenas nací. ¿Vos también ahora me querés dejar?

Emilia se había puesto a mirar el portarretratos sobre la chimenea. Su padre la observaba desde otro lugar en el tiempo.

La cabeza de Arturo estaba ya sobre la mesa, encima de un trozo de pan y la taza de té volcada.

—¿Tenés sueño, Arturo, mi Rey?

Emilia arrastró el cuerpo de Arturo hasta la cama del dormitorio, se echó a su lado y apagó la luz del velador.

Ceniza

12:07:00 a. m. Posted by El Griego

El  Calbuco entró en erupción la tarde del 30 de abril de 2015. Durante los días previos habíamos visto columnas de humo blanco ascender desde la montaña y nos había parecido una doble señal, como esas otras que ambos percibimos durante la semana del viaje a los lagos.

Volvíamos a Bariloche en auto luego de hacer algunas compras en Pucón. Alejandra venía malhumorada. Unos kilómetros atrás yo le había pedido que cebara mate. En una curva un tanto cerrada tuve que maniobrar para esquivar una piedra suelta y la camioneta se sacudió más de la cuenta. Alejandra me insultó por mi manejo brusco, por mi necesidad absurda de tomar mate cuando viajo, por la idea de este viaje, planificado en la fecha de nuestro quinto aniversario.  Me puteó con la calentura del agua a ochenta y cuatro grados, como a vos te gusta, cayéndole sobre la mano mientras yo enderezaba el auto. Recordaría luego esa curva y sobre todo la roca enorme, que se me aparecería como un rostro, deforme, la mano enrojecida de Alejandra, los mates, los recordaría siempre acompañados de cenizas

Intentaba despejar la tensión remanente. Puse música. Era nuestra costumbre desde los primeros viajes por el país, en aquel otro auto mañoso que tenía rota la calefacción y metía calor todo el tiempo, en verano a treinta y siete grados por las rutas de Santiago. Teníamos siempre la precaución de llevar la música de viaje: Silvio, Sabina, Serrat, esa suerte de trinidad a la que nos entregábamos incondicionales. Era de la única manera en que Alejandra cantaba. El caño de escape libre del auto tronaba; las ventanillas venían abiertas para sobrevivir al caldo en que se convertía el habitáculo por la calefacción rota; el coro del mundo se metía entre nosotros y en medio de todo, Alejandra cantaba, entre mate y mate y ojalá que las hojas no te toquen el cuerpo, cuando caigan.

Pero esta vez Alejandra no cantaba. Miraba por la ventana. El paisaje conservaba aún los colores del otoño, las montañas de hojas en cualquier momento serían sepultadas por la nieve y el frío.

— Pará

El tono de voz me asustó, temí haberme distraído demasiado con la música, como me pasaba a veces y ella tenía que advertirme sobre algún peligro en el camino.

Le pregunté qué pasaba. Cuando la miré vi que había dejado de mirar el paisaje y señalaba un punto adelante.

— Prendé la radio, por favor.

Toda la semana habíamos visto desde muy lejos las fumarolas de la montaña. En la televisión habían dicho que el volcán mostraba más actividad, pero que no había nada que indicara una erupción inminente. Alejandra señalaba hacia un lugar detrás del conjunto de montañas más cercanas a nosotros.

— No me gusta nada. Mirá todo ese humo, se incendia la montaña Javier, tengo miedo, apurémonos.

Me detuve en un recodo alto del camino. Callé a Sabina y conseguí captar una emisora de Bariloche. Emitían una programación de emergencia. El volcán Calbuco había comenzado a erupcionar y se esperaba que la actividad volcánica aumentara en las próximas horas.

Atardecía. El aire se había llenado de una luz difusa y el paisaje se tornó irreal.

—No se mueve nada. Fijate los árboles.

No corría viento.

—Los fotógrafos le llaman a esta hora "La hora mágica", por esos colores locos que capta el lente con esta luz. ¡Cómo me gustaría sacar fotos, mirá qué maravilla Javier!

Cada vez que estábamos de viaje y caía la tarde, Alejandra me contaba acerca de la hora mágica. Recuerdo la primera vez, cuando le dije que yo la conocía como "La hora azul" y que me parecía mucho más apropiada para la nostalgia y las despedidas, y ella se había puesto a argumentar en contra, hasta que nos dimos cuenta de ambos estábamos gritando sobre un tema ridículo y nos miramos y enseguida comenzamos a reír.  

—Bajemos, le dije, y ella no dudó y tomó la cámara y bajó conmigo.

No supe si ella disimulaba o no. Si lo hacía logró convencerme de que en ese momento no tenía miedo. Cuando subieramos al auto, o mañana, la calamidad en ciernes podría alcanzarnos. Ahora, rociada de cenizas Alejandra hacía foco en las hojas cenicientas, en las formas blandas que iban tomando las copas de los árboles, en las marcas que dejaban en el camino los autos que pasaban, en una flor al costado de la ruta, medio oculta ya en una pila de ceniza.

Anochecía cuando llegamos al control de aduanas. En los mostradores la gente se agitaba. Se escucharon protestas y hubo amenazas de los carabineros.

— Argentinos tenían que ser, dijo a media voz una señora que parecía ser la maestranza del puesto fronterizo.

— Blanditos los güevones

Me pareció que sólo yo la escuché. La mujer se alejó y volví a la realidad de la cola de migraciones y a Alejandra, que ya había terminado de pasar y me miraba desde fuera del salón con los brazos en jarra.

— Apurate Javier, se nos cae el cielo encima.

Detrás de mí se comenzaba a agolpar la gente. Rostros congestionados, mezcla de temor y de impotencia, pero también de enojo contra estos chilenos vende patrias, traidores y encima de todo, vagos, a ver si apuran y nos atienden de una vez, bronca contra el cielo, que hedía a azufre, bronca contra ese temor antiguo que llevamos grabado en la sangre, ese temblor instintivo del hombre ante el trueno. Y bronca también contra dios, que aprieta pero no ahorca y si sucede, conviene, bronca contra todo lo inevitable que llovía sobre nosotros, sobre todas las cosas, mientras dios se rie de nosotros que temblamos, porque somos tan blanditos, qué güevones.

— Ya está, vamos al auto.


Para cuando volvimos al auto era noche cerrada y no se veían estrellas.

— No alcanzo a distinguir si son nubes o ceniza que viene del volcán. ¿Cuánto falta para llegar al hotel?

Intentaba mantener a raya mi ansiedad. Hubiera matado por un cigarrillo o mejor aún, por mi pipa, por un cuenco fragante de buen tabaco de Dinamarca. Me había costado horrores superar los primeros días sin fumar. Estuve de mal humor al menos una semana y la opresión del pecho no me había abandonado durante meses.

— Me parece que son solo nubes, Ale, subí y vayámonos.

Me acordé de la vez que nos agarró una tormenta cruzando las altas cumbres en Córdoba y las nubes nos envolvían y la montaña retumbaba y Alejandra daba alaridos, pero no de miedo, reía de nervios porque estábamos pasándola tan bien, y qué son los viajes sino los accidentes que hay para contar luego.

— Parece la tormenta del Champaquí, ¿te acordás? Podríamos hacer lo mismo de, ¿qué te parece?

Guardo la imagen de ese momento. Yo hablé de la tormenta, lo de volver a hacerlo y Alejandra pareció olvidarse de todo lo que veníamos arrastrando esos días, del volcán, de que el cielo se caía sobre nosotros, y solo rió. Rió fuerte y libre, liberada, rió y fue como si su voz se autoreplicara en ecos octavados y de repente reía y llegaba hasta las lágrimas y volvía a empezar. Yo me había puesto a reír también, y le agradecí el gesto de aceptar la anécdota de las altas cumbres como una suerte de tregua. Esa moneda última conservaba aún su valor de restaurar las fisuras y nos salvaba de nosotros mismos y de nuestras miserias y nos devolvía por un instante al tiempo en que éramos la mejor versión de nosotros.

Cuando por fin dejó de reír, Alejandra me miraba con la mirada aún humedecida por tanta carcajada.


—Gracias Javier. Vayámonos de una vez antes de convertirnos en ceniza.

Con el pan bajo el brazo

8:06:00 p. m. Posted by El Griego

Vivimos en el barrio Las Flores, partido de Moreno, en una casilla de madera prefabricada. La pared que separa mi cama de la pieza mis padres es bastante fina y anoche escuché que mamá lloraba.

—El bebé va a llegar con un pan bajo el brazo, ya vas a ver. Esta semana seguro que consigo algún trabajo, dijo papá y mamá no lloró más.

Papá se fue temprano a buscar trabajo. Yo fui al colegio y a la vuelta mamá me pidió que vaya comprar algunas cosas. No me dio dinero, sólo la libreta roja del fiado. Me encargó que me fije en que el Tano no anote cosas de más.

El mercadito del Tano queda al fondo del barrio, como a diez cuadras desde nuestra casa, al lado están la farmacia y la verdulería, además hay un par de locales de ropa y zapatillas y una juguetería. Del otro lado de la calle está mi colegio y el campito donde jugamos a la pelota.

En el mercado no había mucha gente. Doña Ester, la vecina de enfrente de casa, estaba en la fila de la caja, delante de mí.

—Dicen que vienen saqueando. Anoche mi hermana llegó corriendo y contó que en Las Dos Marías reventaron el almacén y la ferretería.

El Tano escupió una bola de tabaco en una lata que tiene al lado del taburete y se limpió la nariz.

—Que vengan si quieren. Pero más les vale que pasen primero por la iglesia y arreglen sus cosas con el de arriba. Porque si los agarro, el próximo desayuno se los va a servir San Pedro.

El Coqui dice que el El Tano tiene una escopeta escondida bajo el mostrador. El Coqui es mi compañero de banco en la escuela. Una vez escuché que papá le contaba a mi tío Raúl que El Tano había sido policía y que va siempre armado y que en varias ocasiones le han querido robar y él corrió a los ladrones a los tiros. No me gusta venir al mercadito.

—¿Pan, leche y arroz? Dame la libreta. Y decile a tu viejo que pague lo que debe o no hay más fiado, me dijo el Tano y no me animé ni a mirar qué había anotado.

Cuando me iba escuché que doña Ester nombraba a mi papá y algo más que no entendí. El Tano volvió a escupir en la lata.

En el camino de vuelta a casa me crucé con los chicos Sosa. Se habían juntado con los otros pibes de la cuadra frente al pool, que además tiene metegol y máquinas de videojuegos.  Mamá no me deja juntarme con ellos porque dice que son mala influencia. A mí me caen bien porque me eligen el primero en los picaditos, además me convidan golosinas y el Juan me presta su bicicleta.

—Las balas no eran de verdad, tonto. Eran balas de goma, que si la cana tira con plomo no queda nadie vivo. Igual lo peor fue el gas pimienta. Esa mierda se te mete en los pulmones y te quema por dentro, explicaba Alberto, el mayor de los Sosa

—Mi viejo tiene dos marcas de gomazos que le hizo la yuta la otra vuelta, a la salida de la cancha. Parecen marcas de varicela, así redondas y arrugadas. O como la marca de la BCG que te ponen en el brazo.

Todos nos miramos el hombro izquierdo. Me acordé de la reacción que me agarró cuando me vacunaron. Estuve con mucha fiebre y falté a clases tres días. Me pregunté si las balas de goma también te daban fiebre.

El Juan me invitó a ir con ellos en bici al barrio Las Catonas, que está por la ruta como a media hora.

—Vamos, te llevo atrás. Dicen que va a haber quilombo en el centro comercial. Seguro que algo podemos agarrar.

Le dije que no podía, que mi mamá estaba esperando que le lleve las compras. La verdad es que me habían dado ganas de ir con ellos, pero sabía que si padre se llegaba a enterar, iba a estar castigado una semana completa.

Seguí caminando. Frente la zapatería estaban trabajando en la vidriera.

Una vez padre vino con el paraguayo Elgidio y trajeron una soldadora eléctrica. La puerta de casa era de chapa y se habían roto las bisagras. Papá me mostró cómo se ve la soldadura y me explicó que no hay que mirar sin antiparras porque te podés quedar ciego.

—Metele pata que quiero terminar hoy, Elgidio. Más vale que la reja aguante. Hacele otra puntada acá, dale.

Cuando llegué a casa, mamá estaba acostada. Los últimos días se lo pasaba en casa y le costaba moverse por la panza, que estaba enorme. Papá me había dicho que faltaba poco para que el hermanito saliera y mamá me había mostrado cómo le pegaba patadas desde dentro.

—¿Tenés mucha hambre, hijo? Ahora me levanto y te preparo un rico arroz con leche y canela, como a vos te gusta.
Era pasado medio día y prendí la tele. Los dibujos animados habían terminado y daban Los tres chiflados. A mamá no le gustaban. Decía que tres hombres grandes dándose golpes no era un buen ejemplo para los chicos.

Mamá se sentó a mi lado y me sirvió arroz con leche y pan tostado.

—Cuando venga tu papá vamos a hacer una comida rica, tomá.

Nunca me gustó hacer la siesta, pero madre me pidió que me quedara con ella, porque no se sentía bien. Acomodamos la tele frente a la cama y nos pusimos a mirar. Después de Los Tres Chiflados pasaban dos capítulos de El Zorro.

En algún momento me quedé dormido. Soñé que estábamos pescando con mi papá y sacábamos uno enorme y él lo cocinaba en la parrilla, al lado del río.

—Hijo, despertate, necesito que vayas urgente a la salita. El hermanito está por nacer
Ya empezaba a hacerse de noche y papá no había vuelto. La salita de primeros auxilios quedaba pasando el colegio. Mamá me pidió que corriera para pedir que venga la ambulancia. Cuando había hecho cinco o seis cuadras empecé a escuchar gritos. Al principio no entendía nada, pero para el lado del colegio se veía gente corriendo. Oí que explotaban petardos, creí que eran petardos, como los que la gente tira en navidad. Era diciembre, pero aún faltaban dos semanas para las fiestas.

Corrí lo más rápido que pude. Mamá me había encargado que no me demorara con nada en el camino, con los nervios que traía ni siquiera entendí qué me decía el Juan, que pasaba corriendo para el lado de su casa, cargando unas cajas de zapatillas bajo los brazos. Un poco después vi al Alberto Sosa, que gritaba algo sobre la policía y también corría con paquetes. Estaba lleno de gente, como cuando se arma el corso y pasan las comparsas por la avenida y todo el barrio se junta en las veredas. Yo intentaba pasar por entre medio, pero eran demasiados y me atropellaban.

Me faltaban dos cuadras aún para llegar a la salita. Del lado de la escuela estaba quieto, pero en los negocios era todo un lío. Habían arrancado la persiana del mercadito y la gente salía con bolsas llenas de mercadería. Yo trataba de apurarme pensando en mamá, en que el hermanito estaba por nacer y en que mi papá volvería en cualquier momento a cenar.

Escuché una explosión tremenda. Venía de arriba del mercado. Levanté la cabeza y vi que el Tano estaba arrodillado sobre el techo y apuntaba la escopeta hacia mí.

Noticias a la siesta

8:59:00 p. m. Posted by El Griego

"Soy hombre de tierra adentro", sabía decir don Argentino. En esas palabras estaba nombrando su pueblo, el mate siempre aprontado, la mecedora que acunaba su siesta, su radio a transistores, siempre embutida en el bolsillo de la camisa. Cuando contaba 92 años su salud cayó en picada. Pese a su protesta tuvo que aceptar venir a vivir en nuestra casa. Con él se trajo esas cosas que lo acercaban a su tierra. Lo demás lo trajo adentro. Como era un hombre coherente, se fue en mitad de su última siesta, meciéndose en paz. En su radio portátil tal vez pasaban las noticias.  La radio de mi abuelo Argentino todavía cuenta historias. 

Voluntad de creer

3:51:00 p. m. Posted by El Griego

La ventaja que tienen los que aún creen, es que cuentan con una puerta de claridad abierta hacia lo posible: el posible amor, la posible compañía, la posible razón oculta detrás de tanto sinsentido. Aún cuando al presente sólo se lo pueda nombrar con aridez, lo posible trasunta el cúmulo de deseos irrenunciables.

Actos de fe y devoción

5:45:00 p. m. Posted by El Griego


Existe cierta tribu de nativos que adoran a sus dioses en forma de tótems. Si hay sequía, por ejemplo, ellos ofrecen dádivas, rezan oraciones, hacen promesas. Si el dios persiste en no escucharlos y la sequía continua, entonces expulsan de su templo al dios y lo apedrean, lo arrastran por las calles, lo blasfeman. A veces, luego de algún tiempo de sufrir maltratos, llueve. Nadie sabe si llueve porque el dios ha decidido dar brazo a torcer, o llueve sólo porque tenía que llover.

(Este es un clásico ejemplo de plagio y auto-plagio. Todo en uno)

Puentes

12:35:00 a. m. Posted by El Griego

No deja de ser un poco extraño, es cierto, pero qué hacer. Siguiendo una idea de Sábato, hay cosas que sencillamente suceden. Y menos mal que es así y que uno no tiene que andar tras los acontecimientos para que se decidan a ser tal o cuál día, de ésta o de aquella manera. Y qué molesto sería, y qué aburrido y qué huérfano de intrigas y curiosidades, aunque también de desengaños, hay que decirlo. Tal vez por esto recordé Las ciudades Invisibles de Calvino, y ese relato en que en una ciudad los habitantes se cruzan, e imaginan historias los unos sobre los otros, y hay algo que corre entre ellos y los entreteje, pero nadie saluda a nadie, ninguno dice una palabra, y una vibración lujuriosa mueve continuamente el carrusel de unas fantasías que no se agotan de deseo de ser, sin ser nunca. Y pensé en lo incierto de cualquier probabilidad de encontrar un semejante allí, allí y en cualquier lugar me dirá alguien, y tal vez sea valedera la objeción. Pero lo cierto es que a veces, por mas extraño e improbable que parezca uno tiene la sensación de estar frente un paisaje conocido, o extraño pero conocido, o sencillamente confortable y eso basta para intentar tender un puente, y a veces es el puente de Chinvat, y uno se siente un tanto a prueba y siempre hay riesgo de caída libre y fracturas de escafoides tarsiano derecho o izquierdo, que siempre es más doloroso. Lo que redime y veces salva es la completa ignorancia de cómo habrá de continuar lo que deba ser, como ha sido en estas líneas en que el influjo de Kerouac impuso una suerte de zapada desprovista de todo lirismo y pretensión de lucidez, con apenas intención, ahora casi explicita de invitarla a asomarse a su lado del puente y con un grito que otro contarme de qué va el mundo en ese lugar del universo.

Los Hechos, Capítulo 20: 7-12

11:54:00 p. m. Posted by El Griego

7 El primer día de la semana, reunidos los discípulos para partir el pan, Pablo les enseñaba, habiendo de salir al día siguiente; y alargó el discurso hasta la medianoche. 8 Y había muchas lámparas en el aposento alto donde estaban reunidos; 9 y un joven llamado Eutico, que estaba sentado en la ventana, rendido de un sueño profundo, por cuanto Pablo disertaba largamente, vencido del sueño cayó del tercer piso abajo, y fue levantado muerto. 10 Entonces descendió Pablo y se echó sobre él, y abrazándole, dijo: No os alarméis, pues está vivo. 11 Después de haber subido, y partido el pan y comido, habló largamente hasta el alba; y así salió. 12 Y llevaron al joven vivo, y fueron grandemente consolados

Lo que no registra el cronista son las palabras de Pablo a Eutico: "No te apurés, pibe, que dios espera".



Desasosiego

1:00:00 a. m. Posted by El Griego

Voy a prescindir esta vez de un intento literario. Hace semanas que no consigo sentarme a escribir. No, no es que no tenga temas, que las musas anden de vacaciones. Sólo me sucede lo que a muchos, a la mayoría quizás. Literalmente no consigo tiempo para sentarme a escribir. Le robo tiempo al trabajo, privo a mi almohada de compañia en estas altas horas, deberían ver la cantidad de papelitos de tamaños, colores y orígenes disímiles en los que anoto frases, palabras, argumentos e improperios con alguna idea que quiere ser literaria. Allí están ahora, frente a mí, se van amontonando. No busco la excusa fácil, no le quito el cuerpo a los deberes, a los de fuera, los mundanos, tampoco a los anímicos, al íntimo motor que ahora mismo me retiene aquí soltando esto que parece una queja lastimera. Simplemente me sucede lo que a vos y él, hay días que son una batalla a muerte con la vida.

Sucede que me siento hermanado con este hombre gris que padece y grita.

Fernando Pessoa, El libro del Desasosiego.

Encaro serenamente, sin nada más que lo que en el alma represente una sonrisa, el encerrárseme siempre la vida en esta Calle de los Doradores, en esta oficina, en esta atmósfera de esta gente. Tener lo que me dé para comer y beber, y donde vivir, y el poco espacio libre en el tiempo para soñar, escribir -dormir-, ¿qué más puedo yo pedir a los Dioses o esperar del Destino?

He tenido grandes ambiciones y sueños dilatados -pero también los tuvo el cargador o la modistilla, porque sueños los tiene todo el mundo: lo que nos diferencia es la fuerza de conseguir o el destino de conseguirse con nosotros.

En sueños, soy igual al cargador y a la modistilla. Sólo me diferencia de ellos el saber escribir. Sí, es un acto, una realidad mía que me diferencia de ellos. En el alma, soy su igual.

Bien sé que hay islas del Sur y grandes amores cosmopolitas y (...)

Si yo tuviese el mundo en la mano, lo cambiarla, estoy seguro, por un billete para [la] Calle de los Doradores.

Tal vez mi destino sea eternamente ser contable, y la poesía o la literatura una mariposa que, parándoseme en la cabeza, me torne tanto más ridículo cuanto mayor sea su propia belleza.

Sentiré añoranzas de Moreira, ¿pero qué son las añoranzas ante las grandes ascensiones? Sé bien que el día que sea contable de la casa Vasques y C. será uno de los grandes días de mi vida. Lo sé con una anticipación amarga e irónica, pero lo sé con la ventaja intelectual de la certidumbre.

Las Ciudades Invisibles - Ítalo Calvino

8:31:00 p. m. Posted by El Griego

LAS CIUDADES Y LOS INTERCAMBIOS. 2

En Cloe, gran ciudad, las personas que pasan por las calles no se conocen. Al verse imaginan mil cosas las unas de las otras, los encuentros que podrían ocurrir entre ellas, las conversaciones, las sorpresas, las caricias, los mordiscos. Pero nadie saluda a nadie, las miradas se cruzan un segundo y después huyen, husmean otras miradas, no se detienen.

Pasa una muchacha que hace girar una sombrilla apoyada en su hombro, y también un poco la redondez de las caderas. Pasa una mujer vestida de negro que representa todos los años que tiene, con ojos inquietos bajo el velo y los labios trémulos. Pasa un gigante tatuado; un hombre joven con el pelo blanco; una enana; dos mellizas vestidas de coral. Algo corre entre ellos, un intercambio de miradas como líneas que unen una figura a la otra y dibujan flechas, estrellas, triángulos, hasta que todas las combinaciones en un instante se agotan, y otros personajes entran en escena: un ciego con un guepardo sujeto con cadena, una cortesana con abanico de plumas de avestruz, un efebo, una mujer descomunal. Así, entre quienes por casualidad se juntan para guarecerse de la lluvia bajo un soportal, o se apiñan debajo del toldo del bazar, o se detienen a escuchar la banda en la plaza, se consuman encuentros, seducciones, copulaciones, orgías, sin cambiar una palabra, sin rozarse con un dedo, casi sin alzar los ojos. Una vibración lujuriosa mueve continuamente a Cloe, la más casta de las ciudades. Si hombres y mujeres empezaran a vivir sus efímeros sueños, cada fantasma se convertiría en una persona con quien comenzar una historia de persecuciones, de simulaciones, de malentendidos, de choques, de opresiones, y el carrusel de las fantasías se detendría.

Reverencias

12:06:00 a. m. Posted by El Griego

Por fin es primavera. Después de tantos días cubiertos de nubes hoy amaneció espléndido. Mi mal humor matutino suele durar un buen rato, pero esta mañana se esfumó ni bien traspuse el portal. Había sol, el aire estaba tibio y soplaba una brisa agradable. Imposible no interpretarlo como augurio favorable. Recogí del suelo el periódico y lo coloqué en el portafolios. Me gusta repasar las noticias en el bar mientras tomo un café antes de entrar a trabajar. Cerré la casa y caminé en dirección a mi automóvil. Esta es una zona muy tranquila, tanto que aún podemos prescindir del uso de rejas y sistemas de seguridad. En el verano estuve en Buenos Aires, en la casa de unos amigos que viven en un barrio privado. No conseguí sentirme cómodo. Fue una experiencia penosa: por una parte, una suerte de asfixia, una sensación similar a lo que imagino que sienten los que sufren claustrofobia, si es posible tal cosa en plena calle y al aire libre. Eso y la impresión de estar constantemente vigilado. Cámaras de seguridad en los frentes de todas las viviendas, garitas con vigilantes en las esquinas, un vallado en la entrada del barrio, revisión de la documentación de los foráneos. Nunca antes la vuelta a mi hogar me brindó tanto alivio. El frente de mi casa tiene un sendero de piedras laja que corre a través del césped hasta dar en la acera. Entre mi casa y la de Roldán, mi vecino, no hay verjas, apenas unos arbustos pequeños aquí y allá, a modo de medianera, de modo que los frentes de ambas viviendas se suceden sin solución de continuidad. Como estoy más bien poco en casa, nunca he tenido tiempo suficiente para ocuparlo en parquizar. Roldán en cambio tiene un jardín bellísimo. Hace poco más de un año que se ha mudado junto a su familia a nuestro barrio. Es increíble que haya estado a punto de irse hace unos meses.

Cuando salí para el trabajo, mi vecino estaba ocupándose de las plantas de su jardín. Quien haya visto alguna ilustración de los jardines japoneses puede imaginar el aspecto del frente de la casa de Roldán. Tiene dos cerezos que están florecidos, rosas chinas de varios colores, hay azaleas, geranios y varios macizos con herbáceas. Esta mañana crucé unas palabras con mi vecino. Siempre se muestra atento y cortés. Quizás por esto mismo es que algunos en el barrio hayan sospechado. Mientras Roldán me hablaba de las virtudes del abono natural, de ciertos cuidados especiales contra un tipo de arañas rojas y otros asuntos botánicos, no pude evitar que la mirada se me desviara detrás de él. Son muy bellas, ciertamente. Cuando todo el mundo andaba alborotado por aquí, no se hablaba de otra cosa que ellas. Roldán continuaba su charla sobre no sé que cosa acerca del clima, las lluvias que escasean y lo nocivo de los fertilizantes químicos. Yo no podía quitar la vista de ellas. Me han dicho que son orientales o algo así. La verdad, no sé bien si es por el influjo del jardín de mi vecino, con esa fuente artificial, los cerezos en flor o la armonía minimalista que emana su parquizado, lo cierto es que si ellas no son orientales, uno pensaría que tienen todo el derecho a que lo sean. Cuando la policía vino a hacer una requisa a la casa de Roldán, sentí más pena por ellas que por él. Visto desde ahora, pienso que la denuncia anónima de alguno de los vecinos no debió ser tomada en serio. Seguramente el motivo fue que el denunciante estaba celoso de las bellezas que acompañan a Roldán. Pero ya se sabe: se requiere muy poco para que un rumor crezca hasta convertirse en algo de lo que resulta difícil dudar. De haber estado en el lugar de mi vecino, no habría vacilado en abandonar este barrio e irme a un lugar donde vivir sin ser molestado. Roldán eligió quedarse, restó importancia a lo sucedido y lo atribuyó a una forma de ignorancia que da lugar a prejuicios.

La noche del operativo antidroga, toda la cuadra se llenó de móviles policiales y oficiales armados, incluso un grupo iba acompañado de perros adiestrados para detectar estupefacientes ocultos. Yo miraba desde la ventana y veía como la horda pisoteaba pensamientos y nomeolvides, aplastaba azaleas y lirios. Por la mañana pudo verse que las rosas colombianas estaban deshechas, cientos de pétalos quedaron desparramados, la impresión era similar a esas pinturas modernas en las que se ven gotas de distinto color desparramadas sobre la tela. Aunque la policía no encontró absolutamente nada que incriminara a Roldán, lo retuvo hasta la tarde. Entrada la noche lo vi acopiando los despojos de su jardín. La visión semejaba la figura de un hombre que estuviera recogiendo a sus muertos en un campo de batalla. Sorprendentemente, en poco más de dos semanas el jardín de Roldán se había recuperado casi por completo. Aún cuando muchas de sus hermosas plantas hubieran perdido sus flores, la exhuberancia latía en cada una de ellas. Esta mañana, en el momento en que estaba por despedirme de mi vecino porque se me hacía tarde, él miró detrás de sí, y me dijo: “¿Le gustan? He notado que todos los días las mira. Y pensar que todo aquel lío fue por ellas, ¿verdad?”. “Más que gustarme”, le respondí, “Usted quizás me tomará por loco. Pero mientras conversábamos, no sé bien si por el efecto de la brisa que ahora mismo corre, o por el hechizo que tiene su jardín en mí, me pareció ver que ellas se inclinaban hacia mí, como si me hicieran una reverencia o saludo”. Roldán rió con ganas. Me despedí de el y subí por fin a mi automóvil. Antes de arrancar, una vez más miré al cantero grande de las amapolas. Juro que me sonrieron, pícaras.

Disculpe las molestias

12:31:00 p. m. Posted by El Griego

El departamento Relaciones Públicas informa que en breve estaremos nuevamente en actividad. Pedimos disculpas por los posibles transtornos de ansiedad provocados por la falta de actualización de este blog. A la espera del pronto regreso, saludamos cordialmente a nuestros incondicionales lectores.

El Griego

Undine - Abelardo Castillo

2:01:00 p. m. Posted by El Griego

La sirenita viene a visitarme de vez en cuando. Me cuenta historias que cree inventar, sin saber que son recuerdos. Sé que es una sirena, aunque camina sobre dos piernas. Lo sé porque dentro de sus ojos hay un camino de dunas que conduce al mar. Ella no sabe que es una sirena, cosa que me divierte bastante. Cuando ella habla yo simulo escucharla con atención pero, al mínimo descuido, me voy por el camino de las dunas, entro en el agua y llego a un pueblo sumergido donde hay una casa, donde también está ella, sólo que con escamada cola de oro y una diadema de pequeñas flores marinas en el pelo. Sé que mucha gente se ha preguntado cuál es la edad real de las sirenas, si es lícito llamarlas monstruos, en qué lugar de su cuerpo termina la mujer y empieza el pez, cómo es eso de la cola. Sólo diré que las cosas no son exactamente como cuenta la tradición y que mis encuentros con la sirena, allá en el mar, no son del todo inocentes. La de acá, naturalmente, ignora todo esto. Me trata con respeto, como corresponde hacerlo con los escritores de cierta edad. Me pide consejos, libros, cuenta historias de balandras y prepara licuados de zanahoria y jugo de tomate. La otra está un poco más cerca del animal. Grita cuando hace el amor. Come pequeños pulpos, anémonas de mar y pececitos crudos. No le importa en absoluto la literatura. Las dos, en el fondo, sospechan que en ellas hay algo raro. No sé si debo decirles cómo son las cosas.

Ficción en Sepia

4:19:00 p. m. Posted by El Griego

Una de sus nietas le regaló para su cumpleaños el libro Purgatorio, de Tomás Eloy Martínez. El personaje principal de la novela, Emilia Dupuy, es una cartógrafa que ha padecido la pérdida de su esposo, con el que compartía además la misma profesión. Miguel Ángel Riera, lo mismo que la Emilia de Purgatorio, trabajó en otros tiempos dibujando mapas en el Instituto Geográfico Militar. Es domingo y el clima está espléndido, así que Miguel Ángel toma el libro y sale al patio trasero de la casa. Le gusta leer en su mecedora debajo de la parra grande, amparado por el bálsamo natural de la sombra cenicienta. El mate aprontado, la pipa cargada y el libro. La tarde no precisa nada más para ser completa. Lee: “Los mapas son copias imperfectas de la realidad, que describen en superficies planas lo que en verdad son volúmenes, cursos de agua en movimiento, montañas afectadas por la erosión y derrumbes. Los mapas son ficciones mal escritas”. Se detiene un momento, ceba el mate y acaricia la cabeza del mastín que ha venido a echarse a sus pies. Continúa la lectura: “Mapas eran los de antes: donde había nada creaban mundos”. Algo se revuelve en la memoria de Miguel Ángel. Baja el libro, y mientras sorbe el mate amargo piensa: “Es cierto que los mapas inventan el mundo, pero también es cierto que otras veces lo ocultan”. Hace mucho tiempo que no pensaba en aquello, pero la lectura lo ha devuelto tres décadas atrás, a los años del Instituto, a cierto suceso que jamás consiguió explicarse por completo.

Está llegando la noche. El mate yace en el suelo junto a la pava. Miguel Ángel Riera sigue sentado bajo la parra. Fuma su pipa con la mirada abandonada en despojo incendiado que queda del día. Así lo encuentra su nieta Inés, que ha venido a saludarlo. “¿Le gustó el libro abuelo?”, dice, y Miguel Ángel da un respingo. Inés ríe del gesto asustado de su abuelo. “¿Cuántas veces te dije que no me llames abuelo, Inés? Ni que fuera un fósil, che. Y esa manía que tenés de moverte como gato, si es como para…” Miguel Ángel se interrumpe y mira el semblante burlón de Inés. Ríe él también. “Del libro, la verdad, leí unas pocas páginas. Este Purgatorio me ha recordado viejas épocas”, continúa. “¿Te acordás que hace unos años hicimos un viaje a Península Valdez?”, pregunta. “Claro, fue uno de los viajes más bonitos que hemos hecho juntos. Pero me pareció que a usted no le gustó tanto como a mí”. “No, no fue así. Te voy a contar. Alcanzame por favor esa caja que está ahí, mirá”. Inés alcanza a su abuelo una caja que reposa sobre la mesa de jardín. Miguel Ángel abre la caja y busca alguna cosa dentro. Aparecen unos pliegos de láminas que utilizaba en sus tiempos de cartógrafo y varios mapas originales hechos por él. “Es éste, mirá”, dice, y mientras habla a su nieta, va señalando algún punto del mapa.

“En el año ‘77 nos asignaron el relevamiento de Península Valdez. Por aquel tiempo había muy poca gente viviendo allí. La población estable de Puerto Pirámides, algunos ranchos de ovejas, un par de empresas que trabajaban en la salina grande y no mucho más. Algunos años antes Jacques Cousteau había estado por la península, enterado de que en el golfo San José se habían avistado algunas ballenas. La ballena franca austral, seguro que la viste en la televisión. A partir de esa visita, la península comenzó a cobrar interés turístico a nivel mundial. Se instalaron algunas empresas que organizaban salidas de avistamiento de ballenas y del resto de la fauna autóctona: lobos marinos, pingüinos, focas, aves marinas, etc. Empezaron a venir contingentes de turistas europeos, norteamericanos, japoneses, en fin, de todas partes del mundo. No hace falta que te explique que el gobierno militar no quería dar una mala imagen a nivel internacional y menos que hubiera quejas de algún tipo. Cualquier extranjero era mucho más valioso y mejor tratado que la mayoría de los propios argentinos. Pero me estoy saliendo de tema, si sigo así no te voy a contar qué es lo que me recordó tu obsequio".

"El caso es que al Instituto Geográfico se le ordenó relevar la costa sur y registrar todo dato relativo a la población, los caminos y la actividad económica. Hicimos contacto con el dueño de una empresa de turismo que operaba en Valdez con base en Puerto Pirámides y estuvo dispuesto a alojarnos y darnos asesoramiento mientras durara nuestro trabajo allí. Resultó ser un verdadero personaje ¿sabes? Era oriundo de Buenos Aires, y había llegado a la Península varios años antes trabajando como viajante para el negocio familiar. Le decían “El Rey de las Ballenas” y la contextura robusta del hombre justificaba sobradamente el mote. Así que todos los lugareños lo conocían por “Rey”, a secas. Acordamos con Rey que nos quedaríamos las dos últimas semanas de Febrero y tal vez la mitad de Marzo, siempre que hiciera buen clima. Pocas veces conocí gente tan hospitalaria y amigable. Rey nos facilitó enormemente el trabajo. Conocía a la perfección cada palmo de Valdez, los mejores caminos, el nombre de cada persona de Pirámides y también los del resto de la gente en la península. No podíamos tener mejor guía. Cuando llevábamos quince o veinte días de trabajo, sucedió que Rey tuvo que salir en un recorrido de avistamiento con un contingente de australianos que llegaron a Valdez, así que nos quedamos sin guía por aquel día. Los hombres que me acompañaban aprovecharon para ponerse al día con el trabajo técnico, ordenar los datos que hasta ese momento habíamos recogido, repasar el itinerario para el día siguiente y, de paso, descansar. Vos sabes que a mí nunca me molestó demasiado estar solo, al contrario, hacía días que deseaba tener algún tiempo libre para hacer una travesía sin la obligación del trabajo de por medio. Así que se me presentaba una buena oportunidad de salir de paseo y tomar fotografías, en fin, hacer un poco de turismo".

"Cargué el automóvil con todo lo que necesitaba y salí temprano con rumbo a la costa oeste de la península, que da a mar abierto, fuera de la zona que teníamos asignada. Fui bordeando los grandes acantilados, siguiendo un viejo camino de ripio que corría a unos tres o cuatro kilómetros de la línea costera. Iba sin prisa y me detuve varias veces a tomar fotos, creo que ahí en la caja deben quedar algunas. En cierto punto, quise recorrer un poco más de cerca la costa, así que me salí del camino y avance a campo traviesa. Después de recorrer algunos kilómetros, di con un camino que no figuraba en ninguno de los mapas que teníamos en el Instituto. No tenía nada de extraño, claro, estábamos allí precisamente porque los mapas disponibles databan de la primeras décadas del siglo. El camino tenía señales de que el tránsito de vehículos no era demasiado frecuente, incluso en algunas zonas la maleza lo invadía casi por completo. Lo seguí hasta que di con un pequeño poblado. No serían más de veinte o treinta casas, pero aquello sí que era toda una sorpresa. En los registros oficiales, la única población estable en toda la península era Puerto Pirámides y las cuatro o cinco estancias que había en la zona noreste. Incluso la gente que trabajaba en la salina tenía residencia fija en Pirámides. Las casas del poblado estaban dispuestas a uno y otro lado de dos calles, las únicas, que se atravesaban entre sí perpendicularmente; las cuatro esquinas entonces quedaban en el centro. Una suerte de cruz, así las recuerdo. Bajé del auto y caminé. El silencio era completo y no había ninguna señal de que hubiera alguien. De no ser porque las casas estaban en general bien mantenidas, pintadas y limpias, algunas incluso con pequeños jardines delante, bien podría pensarse que era un sitio abandonado. Había algo en el aire me despertó la sospecha de que estaba siendo vigilado. No tuve que esperar demasiado para descubrir que estaba en lo cierto. Abrí una pequeña verja que había en una de las casas, me paré en el pórtico y cuando estaba a punto de llamar, sentí un golpe en la cabeza. Me desmayé".

"Cuando desperté, estaba dentro de una casa, atado de pies y manos sobre una silla. Cuatro hombres y dos mujeres me rodeaban. La cabeza me daba vueltas, sentía un dolor agudo en la nuca, donde recibí el golpe. Cuando se dieron cuenta de que los estaba observando, el mayor de los hombres se acercó a mí evidentemente alterado. “¿Qué hace usted en Valdez? ¿Por qué vino aquí? ¿Quién lo envía? ¿Con cuantos ha venido?” Parecía que jamás se iba a detener la catarata de preguntas. Cuando por fin dejó de hablar, intenté dar una que lo serenara. “Soy cartógrafo, dibujo mapas. Trabajo para el Instituto Geográfico Militar y estamos en Valdez por orden del gobierno, que desea un relevamiento del trazado de caminos de la península con intención de fomentar la actividad turística y empresarial”. Bastó que oyeran las palabras “militar”, “gobierno” y “relevamiento” para que se apoderara de ellos el nerviosismo. En sus ojos se podía ver inquietud, un estado de terror que los abofeteaba. El hombre que dirigía el interrogatorio pidió detalles. Quiso saber si yo era militar, si había soldados en Pirámides, si éramos un cuerpo de avanzada, si vendrían hacia este punto. Quién sabe qué ideas tendría el pobre hombre. Le dije toda la verdad. Luego de un buen rato de explicar y volver explicar lo mismo, me dejaron solo. Pasado un momento, volvieron sólo tres de ellos. El que parecía el jefe ordenó a los otros dos que me soltaran. “Le pido disculpas por el golpe que recibió, señor. Tuvimos que hacerlo”, me dijo. “Hemos revisado sus bolsillos y encontramos este portafolios en su auto, vimos la credencial del instituto en que usted trabaja y el resto de sus documentos, el montón de mapas y dibujos. Parece que usted no nos está mintiendo. Tome, aquí están sus pertenencias”. Estaba a punto de preguntarle sobre el motivo de su reacción violenta, pero antes de que pudiera decir nada, el hombre habló de nuevo. ”Señor, este lugar no debe quedar asentado en ningún registro oficial. La vida de muchas personas depende de ello. No le pido que comprenda, pero sepa que si usted hace alguna mención de este sitio, si en esos mapas que dibuja usted señala este lugar, estará condenando a muerte a las personas que viven aquí”. El tono en que hablaba era casi una súplica. Ciertamente que no comprendía. Por más preguntas que hice, no pude obtener otra respuesta que lo que ya había oído. Cuando me hubieron devuelto mis cosas y me sentí mejor, me dispuse a irme. Las dos mujeres que había visto cuando desperté del desmayo se acercaron al automóvil. El hombre mayor venía andando tras ellas. “Señor, si usted tiene hermanas, si su madre vive, por ellas se lo rogamos. Por favor, no diga nada de nosotros”, rogaron las mujeres. No podría explicar el motivo, pero renuncié a comprender qué cosa escondía aquella gente, qué cosa hacían allí o por qué debían mantener el anonimato. Les prometí que no diría nada, y mientras estuviera a cargo de la misión, nuestra gente no se acercaría a aquella zona. Me dejaron ir. Volví con una sensación extraña, con la misma impresión que uno tiene al salir del sueño, o cuando ha pasado muchas horas sin dormir y se siente agotado. Cumplí con mi promesa y nunca dije nada. En los mapas que confeccionamos con el equipo no figuró ningún nuevo asentamiento en la costa oeste, ningún dato de población tomó en cuenta a la gente que yo había visto. No existían más que para mí. No dejé constancia alguna de su existencia en los informes oficiales. Solo en este mapa. ¿Ves esta leve mancha? Cuando hube confeccionado mi borrador, hice unos trazos leves, levísimos con un lápiz sepia en aquel sitio. Luego froté un trozo de papel sobre las marcas, hasta que se hubieron diluido casi por completo. Es todo lo que quedó del pueblo de las calles en cruz.

Cuando viajamos con vos a Valdez hace dos años, la tarde en que te fuiste a hacer el viaje en barco y yo me quedé, volví a ver a Rey. Estaba aún más enorme de lo que era en aquel entonces. Su empresa prosperaba gracias al turismo y tenía dos barcos de pasajeros y varios empleados. No me extrañó que no me recordara. Después de todo habían pasado más de veinticinco años desde la última vez que estuve alojado en su casa. Como si se tratara de un turista, le hice algunas preguntas sobre la actividad en la península, sobre la temporada de avistamiento de ballenas y otros asuntos de ese orden. Aquella primera vez no tuve el valor de preguntar a Rey si conocía qué hacía esa gente en el poblado de la costa oeste, pero esta vez no pude contenerme. “En la costa oeste no hay ningún poblado, señor. Le deben haber dado mal las señas. Es más, le puedo asegurar que jamás ha habido poblado alguno en esa costa. Vivo hace casi cuarenta años en este lugar y se todo lo que pasa por aquí”. No insistí, por supuesto. Le pregunté si había algún sitio donde alquilaran vehículos, y Rey me indicó a donde ir. Un cartógrafo que se precie no necesita mapas para encontrar un sitio en el que ya estuvo. Tomé rumbo oeste nuevamente, y en poco más de una hora estaba de nuevo en el camino que aquella vez me condujera al poblado de las calles en cruz. A poco de trasponer una lomada, lo vi. Detuve el auto. Estaba tal como lo recordaba. Sus dos calles perpendiculares, sus casas enfrentadas, las cuatro esquinas señalándose mutuamente. Algo sin embargo había cambiado. El color de las casas, sus blancas paredes, los jardines coloridos, todo lo que aquella otra vez me había mostrado un signo vital, lucía ahora como un daguerrotipo, como una fotografía en sepia tomada un siglo antes; los contornos del pueblo se veían difuminados y borrosos como una visión acuosa. Cuando percibí aquel color apagado y las líneas que tendían a desdibujarse, pensé que podría ser un efecto del sol. Pero estoy seguro de que no fue así: cuando dibujé el mapa, en aquella zona no dejé más que una mancha sepia en el borrador. Pero al mar, ese que ahora se removía, a ese mar que ahora hervía con el frenesí con que se agitan las cosas vivas, a ese mar lo había pintado intensamente azul.”

“Ya ves, Inés. Tu Purgatorio me recordó aquel poblado, esa mancha que ves ahí mismo y esta historia, de la que jamás había hablado con nadie”. Inés mira sin pestañar a Miguel Ángel. El abuelo ha logrado conmoverla. Sus ojos van de la caja a su abuelo, y de éste al mapa que descansa entre ambos, en el suelo. “Ay, abuelo. Casi lo conseguiste. ¿Ves por qué me gusta visitarte? Mirá el trabajo en que te pusiste sólo para contarme una historia. Esas fotos, y el mapa. ¡Y la mancha! Cualquiera creería esa historia, abuelo. Pero yo no, ¡a mí no me vas a engañar!”. Inés se levanta y abraza a su abuelo y ríe a carcajadas.

Cuando Inés se va, Miguel Ángel Riera recoge las láminas y mapas para guardarlas nuevamente en la caja. Antes de colocar las cosas allí, toma una fotografía que ha quedado en el fondo. La mira: se alcanza a ver una esquina, una calle que avanza hasta que la corta la línea del horizonte. Si no fuera por el azul intenso del mar que se ve al fondo, el color sepia del resto de la imagen haría pensar en un daguerrotipo de un siglo atrás.

La nervadura de las hojas

9:00:00 a. m. Posted by El Griego

Una sala de reuniones. Una gran mesa oval. Dos personas. “Sabemos que usted es un excelente empleado y que ha dejado varios años de su vida en ese escritorio. Sus reportajes y crónicas han contribuido al reconocimiento de nuestra revista como referente en el medio cultural. Sin embargo, los cambios en las exigencias del mercado demandan una reorientación profunda de nuestra estructura y el tipo de contenidos que publiquemos de ahora en más -está diciendo el nuevo director editorial-. Nuestra editorial es una gran familia, y la Gerencia ha tomado nota del deber que tiene: vigilar los intereses de la mayoría y asumir como primordial responsabilidad velar por el bienestar común. Ese, y no otro, es el motivo por el que prescindiremos de sus servicios. Lo sentimos mucho”. Eugenio Alonso hace rato ha dejado de oír. Mira el movimiento de la boca del director y oye las palabras, pero su mente está por completo en otro lugar. De la mañana para la tarde ha pasado de redactor estable a desempleado.

A pesar de que la noticia de su despido le provoca natural inquietud, Eugenio no permite que la desazón ocupe por completo su ánimo. Dedica algunos días a varios asuntos domésticos que hace tiempo viene posponiendo para más adelante. Arregla unas gotereas en el techo del garaje, pinta los frentes de la casa, poda los árboles y corta el césped del jardín. En esas labores anda cuando un vecino que pasea su perro lo aborda: “Ey, Alonso, ¡qué raro usted tan temprano en casa! ¿No trabaja hoy?”. Eugenio piensa en alguna mentira que inventar porque lo avergüenza estar desempleado. Sin embargo, contesta: “La verdad, Seoane, hace una semana me han despedido, así que aprovecho mientras tanto para reparar un poco la casa que se nos esta viniendo abajo”. “Cuánto lo siento, Eugenio, con el talento que tiene usted, no se entiende que hagan eso. Vea que yo compraba esa revista sólo por esos artículos tan interesantes que usted escribe”. “Parece que la nueva gerencia no opina como usted, Dalmiro”, murmura Eugenio, más para sí que para el otro, y vuelve al trabajo. Dalmiro Seoane saluda y se marcha, sacudiendo la cabeza de un lado a otro. Esa misma noche, mientras está cenando, Eugenio recibe una llamada telefónica. “Alonso, cómo le va, buenas noches. ¿Está ocupado?” “Nada importante. Diga Dalmiro, ¿en que le puedo ser útil?” “Vea. Tengo una idea que quizás le interese. ¿Podría pasar por mi casa mañana por la tarde?” “Consultaré la agenda. Ya sabe que soy un hombre con demasiadas ocupaciones”, dice Eugenio, y Dalmiro festeja la broma.

Tal cual lo acordaran el día previo, Eugenio Alonso visita a Dalmiro Seoane en su casa. Entre dos tazas de café, Dalmiro explica a Eugenio cuál es el motivo de la cita. Quiere escribir su biografía. Más bien, quiere que Eugenio la escriba. Eugenio no comprende del todo qué interés podría tener para alguien un libro que relate la vida de un hombre que no ha sido político, ni artista, ni se ha destacado en el deporte. Como siente respeto hacia su vecino, ensaya otra excusa: “Pero Dalmiro, yo no soy escritor, soy periodista. Y ni siquiera he cursado estudios, soy lo que se dice, Escribiente. No creo que alguien como yo podría hacer lo que usted necesita”. Pero Seoane no suelta prenda fácilmente. Aunque Eugenio no lo sabe, Dalmiro fue durante muchos años un excelente negociador cuando trabajó en una empresa dedicada al comercio de ultramar. “Vea, Eugenio. No le pediría esto si no supiera que está usted capacitado para escribir mi biografía. Tengo la intención de dejar a mis nietos el relato de mi vida como obsequio, como una compensación por el tiempo en que estuve demasiado ocupado en mis negocios como para estar con ellos. Como le dije ayer, los reportajes que usted ha escrito para esa revista son una clara muestra que usted sí sabe como hacer atractivo el relato de una vivencia. Es eso lo que me ha decidido a hacerle esta oferta”. Tanto insistió Dalmiro que Eugenio no pudo negarse. Más allá de lo extraña que resultaba la propuesta, se sentía halagado. Por otra parte, hacer el trabajo de restaurador de viviendas no era precisamente lo que más le agradaba, y la cifra que Dalmiro Seoane le ofreció por el trabajo completo lo terminó de decidir en favor de hacer el intento. A fin de cuentas, estaba sin trabajo y precisaba dinero.

Para su sorpresa, Eugenio Alonso sentía verdadero placer en convertir la narración que Dalmiro Seoane hacía de su vida en algo mucho más rico que una mera enumeración de hechos singulares. Los hechos en si mismos tenían como único mérito servir como una suerte de explicación a acontecimientos ulteriores que precisaban de ese antecedente. Como buen lector que era, Eugenio sabía las ideas generales que pueda tener una persona, no son las que hacen único a un ser. La nervadura de una hoja, el rastro que deja un caracol a su paso, una gota de lluvia que estalla en tierra, lo mismo que la sinuosidad de una vena, las manías y caprichos o las manifestaciones de carácter, ésas son las cosas que convierten a un ser en algo sin paralelo en el universo. Allí residía el secreto del arte de Eugenio, en su capacidad para poder ver estos detalles en cada persona a la que entrevistaba y en que luego, cuando volcaba sus impresiones en palabras, tenía el valor estético de escoger, de nombrar lo que convertía a un ser en único entre todos los posibles. Seis meses pasaron luego de la primera charla en la que Dalmiro Seoane le solicitara a Eugenio Alonso que fuera su biógrafo. Cuando estuvo concluida su biografía, Dalmiro supo que no se había equivocado. Sin que las débiles protestas de Eugenio valieran como impedimento, Dalmiro consiguió que un editor que era amigo suyo imprimiera el libro. Si bien la tirada fue más bien modesta, en poco tiempo se habían vendido todos los ejemplares. La editorial pronto tuvo que lanzar una segunda edición, ya que varias librerías habían hecho pedidos urgentes. Con no poca sorpresa, Eugenio Alonso se convirtió de desempleado en un biógrafo solicitado por hombres y mujeres que veían en sus vidas algo digno de quedar escrito.

Juan Rivera, un jockey que regalara tardes memorables a muchos amantes del turf, está sentado en un sillón del estudio de Eugenio. Con un vaso de whiskey el la mano, el hombre cuenta a Eugenio un sinfín de eventos de su vida. Es vivaz y siempre tiene alguna salida humorística. Ahora se inclina un poco hacia Eugenio y baja la voz hasta convertirla en un susurro. Le cuenta una anécdota sobre un amorío con una actriz poco conocida. “Oiga, pero no se le ocurra escribir eso, ¿eh? Que sea un secreto profesional, ¿de acuerdo?”, dice, y Juan Rivera suelta una risotada que hace temblar los cristales. Eugenio Alonso también ríe, pero guarda en su memoria lo que el otro le ha contado. Años más tarde, esa historia será parte del libro que conseguirá un premio internacional. Pero eso, ya es parte de otra historia.