Seducción en la barra

12:11:00 a. m. Posted by El Griego

Está sentada en la barra de un bar, bastante ebria, la mirada turbia, la voz pastosa. Él la acompaña. Se ha propuesto no dormir solo esta noche. “Cuando tenía veinte, ¡qué bonita era!, –dice ella con tono melancólico-. No había esquina en la que un taxista no me dijera un piropo. Aún los hombres que iban con sus esposas se daban vuelta a mirarme. Yo veía cómo ellas les tiraban del saco, o los pellizcaban, y me moría de risa. Todos los muchachos del barrio me invitaban a salir y mis amigas se morían de envidia. Pero ahora, vea. Mire estas patas de gallos, ¿ve? ¡Y estas manos! ¡Y aquí, mire el cuello, mire cómo lo tengo! Si me hubiera visto usted en aquel entonces, ah, ¡qué bonita era!”. Él comprende que es momento de decirle algo que la haga sentir bien. “Realmente creo que es mejor que no la haya conocido entonces, y sí ahora y que esté como está”, suelta. Ella lo mira y enarca las cejas. “¿Qué me quiere decir, señor?” “Sucede que, bueno, ante cualquier cosa demasiado bella, ante una mujer muy hermosa por ejemplo, me descompongo, me da algo como un ataque de epilepsia, caigo al piso y babeo como un perro hambriento, los ojos se me desorbitan y me han llegado a tomar por loco. Así que, ya ve”. Ella lo mira y le toma una mano. “Pero qué cosas más dulces me dice, señor”, responde, completamente conmovida.

Tiempos Modernos

11:36:00 p. m. Posted by El Griego

Qué puedo hacer. Ya tiene dieciocho. Es bastante grande. Eso cree ella al menos. Lo que no termino de comprender es para qué lo trajo a casa. Él quiso hablar a solas conmigo en la cocina. Me dijo que la quería y que iba a velar por su bienestar. Estamos de acuerdo, yo también la quiero. Ahora, ¿qué necesidad de venir a mi casa? La trajo él en su auto. Reían. A mí no me causó ni un poco de gracia. Toda esta cuestión de las presentaciones sociales a mí me resbala. Pero qué hacer. Ella ya tiene dieciocho, y él es su padre.

Los culpables de siempre

1:44:00 p. m. Posted by El Griego

La sala está llena. Todas las pruebas presentadas inculpan a la acusada. Su prontuario no ayuda. Cruza las manos, se las frota como si rezara. El abogado defensor está intranquilo, sabe que no está consiguiendo convencer al juez. Mira las caras alrededor. Nadie parece tomar en cuenta el aspecto devoto de su cliente.

-“¿Usted lo mató?”, pregunta el fiscal.
-“No”, dice ella, y sacude enérgicamente la cabeza.
-“¿Y va a negar también que tuvo relaciones sexuales con él la misma noche en que desapareció?”, arremete el fiscal .
-“Sí, es cierto, pero se marchó después, y ya no volví a verlo. Quizás haya estado con alguien más, no sería del todo imposible que…”
-“Remítase a responder sólo lo que se le pregunta”, la interrumpe el juez.
-“Se lo pregunto por última vez, ¿lo mató luego de tener relaciones con él?”
-“Ya le dije que no, señor. Es que era demasiado joven, y bello. Tuve intención, es cierto. Pero cuando vi que era fuerte y hermoso, no pude. Y lo dejé ir”

Con los ojos enturbiados, y casi como pidiendo disculpas, la mantis religiosa mira al juez compungida, y sacude nuevamente la cabeza.

Habitación 47

11:05:00 p. m. Posted by El Griego

Clelia está tendida en una cama. Tiene el rostro pálido, muy pálido. Duerme. A sus pies, tres mujeres velan. Los rasgos de las tres tienen alguna semejanza, lo que hace pensar que son hermanas. Clelia se revuelve en la cama, se le escapa un pequeño quejido, dice alguna cosa incomprensible. Abre los ojos. Mira a las tres figuras a sus pies. No las reconoce. Cree que delira y, por temor a hacer el ridículo, no dice nada. Las observa un buen rato. Ahora Clelia se acomoda en la cama, coloca la almohada como respaldo de modo que casi queda sentada mirando de frente a las tres. Por fin dice con una voz marchita: “¡Qué bonito eso que hacen!”. La primera de las tres mujeres levanta la vista. Acciona un curioso dispositivo, una rueca. Llama la atención ver algo como eso en cualquier parte, pero más aún en un hospital. Hábilmente mueve sus manos, toma pequeños copos de lana virgen, los desarma en pequeñas fibras y luego, en la rueca, las convierte en un fino cordel. Sin dejar de hilar, le devuelve la mirada a la enferma, y dice con voz que delata juventud: “Cierto, señora. Siempre es agradable comenzar una tarea”. Clelia discurre con la vista hacia las manos de la segunda hermana que, absorta, teje. “Ah, qué belleza ese paisaje. Me hace acordar a una viña de mi pueblo natal”. De la bolsa en que cae el hilo que la primera fabrica, la segunda toma el hilo con el que teje tapices con diversos motivos. Mezcla colores, inventa paisajes, dibuja figuras. Levanta la cabeza y, sin dejar un instante su tejido, responde: “Cierto, señora. Ah sido muy bonito ese paisaje de la viña. Me alegro que le haya gustado a usted”. Clelia se siente un tanto más animada. Los últimos días han sido fatales. “¿Y usted, qué hace? ¿Trabaja como ellas?”, le dice a la tercera de las hermanas, que tiene los ojos absortos en las otras dos. No dice nada. Mira cómo teje la segunda. Vuelve la vista a Clelia y pregunta: “¿Qué edad tiene, Clelia?” “Voy a cumplir 82 en Junio. Mis nietos me han prometido que…” La tercera interrumpe a Clelia, mira a las otras dos. Dice: “Está listo” y extrae de una bolsa unas tijeras. “¿Ya?” pregunta la primera, y en su tono hay un dejo de protesta. “Sí, ya” dice la mayor con tono inflexible. Las tres miran a Clelia, que se ha quedado nuevamente dormida. “Adiós, Clelia” dicen, cada una a su vez. Átropos, la hermana mayor, corta el hilo y sale de la habitación. Cloto y Láquesis la siguen.

Derrota eQuestre

10:20:00 p. m. Posted by El Griego

Su padre, que había sido también su maestro, se lo advirtió. “Sobre todo, tené cuidado con los caballos, con esos movimientos ladinos que poseen, podés terminar dañado: un salto y te dejan en la lona”. Por eso siempre tomaba precauciones.

Debía vigilar los caballos, controlarlos, neutralizarlos a como diera lugar.

Pero se distrajo. Confió demasiado en su suerte. Cometió el peor error que se puede cometer: subestimó a su contrincante. Y cayó en una celada. Todo por ese maldito caballo. Sólo podría salvarse si...

Su adversario toma la pieza, mueve. “Jaque mate en tres, si no me equivoco”, dice con tono que no oculta el sarcasmo. Él, que lo sabe desde antes, inclina su Rey, y se levanta.

Liberación

9:02:00 p. m. Posted by El Griego

Cada ataque manifestaba síntomas similares: transpiraba copiosamente, sudor helado; se movía de forma compulsiva de un lado a otro, como se mueven los tigres encerrados en jaulas; jadeaba furiosamente como si acabara de correr una distancia larga; temblaba, sacudida por espasmos trepidantes. Podía tener varios de estos síntomas a la vez, pero cuando no caía desvanecida en un desmayo, el final era siempre el mismo: pánico, terror, gritos desesperados. Llegó a arrancarse mechones de cabello, arañarse la cara e intentó saltar desde una ventana en un cuarto piso.

Le diagnosticaron claustrofobia. Fue a un psicólogo, le dieron medicación, intentó con terapias alternativas. Nada parecía traerle alivio duradero.

Martín, su pareja desde hacía varios años, hacía lo imposible porque Alejandra se sintiera bien. Cada vez que los ataques comenzaban a hacerse frecuentes en la casa donde estuvieran, alquilaba otra más grande. Cuando no hubo departamento que la pudiera contener, buscó una casa con jardín. Luego otra más, de dos plantas, con un pequeño parque y árboles. Pero allí también, con el tiempo, se sintió asfixiada.

Finalmente, se mudaron al campo. Martín, que era arquitecto, diseñó una casa muy peculiar: un gran rectángulo sin división alguna, grandes ventanas por todas partes, techos altísimos con zonas semitransparentes, muebles bajos que no cortaban la visión, luces, muchas luces para cuando fuera de noche o estuviera nublado.

Cuando Alejandra vio la casa, supo que allí podría por fin sentirse tranquila, respirar a pulmón lleno el límpido aire campestre, correr sin que nada la detuviera. Aire, aire, aire, por fin.

Es de madrugada. Martín se despierta cuando oye el resuello de Alejandra, sabe que ha comenzado de nuevo. Las sábanas están empapadas, ella corre de un lado a otro de la casa, tropieza, cae al suelo, se lastima. Se arrastra pidiendo más aire, más. Se sofoca, tose, grita sordamente. Las aletas de su nariz se ensanchan, se golpea el pecho con ambas manos, se toma el cuello. Se arranca la ropa a jirones, abre la boca desmesuradamente queriendo tragar un aire que para ella no existe. Corre hacia el sector de la cocina. Revuelve todo, tira los cajones al piso, se rompen platos, copas, caen cacerolas estruendosamente.

Es una visión atroz. Martín sabe qué busca. Está cansado, muy cansado. Y la deja hacer.

Alejandra toma un cuchillo y se abre el pecho.

Estación Terminal

2:55:00 a. m. Posted by El Griego

El hijo mayor viajó a Buenos Aires para hacer la conscripción. Cuando salió buscó trabajo, se casó y se quedó a vivir en la ciudad. El segundo, que siempre tuvo en la cabeza una bandada de teros, colgó su guitarra al hombro y se fue de gira con un grupito de folklore. No volvió nunca más. La hija, la menor y única, se enamoró de un viajante que se la llevó a vivir a Santa Fe. A todos sus hijos se los llevó el tren. Y a su esposa, la última en irse, allá por el ’92, cuando al mítico “Estrella del Norte” le quedaba todavía un año de vida. A su mujer le quedaba menos. Antes de subir al tren, ella le pidió que pasara lo que pasara, no abandonase su puesto como Jefe de Estación. Era hombre de palabra y respetó su voluntad. Ella falleció en el quirófano, mientras la operaban del corazón en la Capital.

Por las tardes sale a caminar por el pueblo en compañía de su perro. Las calles están casi siempre desiertas. El bar, otrora rebosante de turistas que se quedaban a hacer noche allí, viajantes y lugareños bulliciosos, es ahora la cueva de un puñado de antiguos ferroviarios que, como Don Gregorio, se han quedado resistiendo el avance de los yuyos. Junto a la ventana, contempla la estación. Tiene la mirada fija en el punto donde los rieles se desdibujan. Está cansado y triste. Todos los que amó ya no están. Ni siquiera el tren, que se los llevó uno por uno. Él también se quiere ir.

Cuando los amigos del bar no vieron a Don Gregorio en dos días, se acercaron a su casa en la estación. La puerta estaba abierta y todo estaba en orden. Encontraron el cuerpo tendido en la cama. En sus manos tenía cuatro fotos y su carnet de ferroviario. Su perro fiel aún espera con la vista perdida en el punto donde los rieles se desdibujan.

Flores de lis

1:12:00 a. m. Posted by El Griego

En la vaina se ven dos serpientes que ascienden enroscadas. En el centro, un escudo frigio que dos manos sostienen. Ambos bordes con ribetes en forma de greca. Todo trabajado en finísima plata, trabajo de un artesano de tierra adentro. La hoja del facón tiene grabadas dos flores de lis.  

Se contaban muchas historias sobre el facón y su dueño. De él se decía que había venido buscando vengar una ofensa; que era fugitivo y que debía a la ley alguna muerte. Del cuchillo, que había sido traído de Europa, que tenía un grabado extraño en la hoja, un signo antiguo de los condenados; pero nadie había visto el arma fuera de la vaina.

Tan errados no estaban.

El correntino cometió el error de volver por la pulpería. Andaba necesitado de dinero y vino a vender unos cueros. Si hubo conjura o no, no se sabe. Lo cierto es que nadie le avisó nada. Cuando tiró el montón de cueros sobre el mostrador, oyó un grito, y la sangre se le puso espesa:

-“¡Correntino!”

El correntino apenas tuvo tiempo de buscar en el cinto su arma. El otro se le vino encima como tigre. El correntino cayó muerto ahí mismo.

Los pocos parroquianos que vieron el corto combate cuentan lo que sucedió después. El vencedor se sentó en la barra y pidió caña. Limpió la sangre del cuchillo y, con una especie de estilete, dibujó otra flor de lis en la hoja del facón, pagó su bebida y salió.

Riachuelo

3:44:00 p. m. Posted by El Griego

Le habían recomendado no dejar de visitar el barrio de San Telmo, la plaza Dorrego y la calle Caminito, en La Boca. Era martes, no había casi nadie en la calle. Un amigo le había prestado un departamento en la calle Las Heras, cerca del parque. Caminó una cuadra y esperó que llegara el colectivo 64. Se bajó después de pasar el viejo puente Avellaneda.

Anduvo un rato sin apuro por la rambla. Vio un grupo de gente con cámaras fotográficas y lentes para sol. “Turistas, como yo”, pensó. Aminoró el paso.

“La verdad no sé qué le ven de lindo a todo esto”, decía una señora, mientras fruncía la nariz enérgicamente.

“Fijate, agua podrida, botellas, basura. Quién sabe qué enfermedad se puede pescar una respirando este aire. Mejor, vamos”.

Esperó a que se alejaran las señoras. Abrió el bolso en que traía su cámara y eligió un teleobjetivo. Tomó fotos de de la Rambla, de los boteros que cruzaban a los turistas a la isla Maciel, al Viejo Puente Avellaneda, a los cascos de los barcos encallados, a las aves que se posaban y escarbaban entre los desperdicios.

Cuando presentó las fotografías en una muestra en su propia ciudad, sus retratos del puerto de La Boca ganaron el primer premio. Una revista de cultura publicó algunas de la serie titulada “Formas de belleza y suciedad”.

Aquella señora tenía una suscripción anual.

Filantropía

11:29:00 p. m. Posted by El Griego

En un lujoso hotel céntrico se realizó el VI Congreso Internacional sobre Niñez y Adolescencia. Asistieron políticos, empresarios, periodistas e importantes personalidades de los ámbitos más variados. El temario de los disertantes abarcó la necesidad de asegurar contención social, educación y bienestar a cada niño del país. Se habló mucho acerca de planes de alfabetización, la eliminación del trabajo infantil y la violencia familiar de la que muchos niños son víctima. Se leyeron ensayos de prestigiosos sociólogos de fama mundial. Se habló del futuro, que debe ser construido sobre una niñez y adolescencia sanas y con respeto absoluto por los derechos universales del menor.

Finalizado el encuentro, los participantes del Congreso fueron saliendo. Era una noche tibia y agradable, así que se vio a muchos dirigirse restoranes, casinos y teatros que la ciudad ofrecía a manos llenas.

A pocas cuadras del hotel donde hasta hace minutos se habló de proteger la niñez, un grupo niños de no más de diez años de edad lavan parabrisas de automóviles, hacen torpes malabares con pelotitas de tenis o naranjas, abren puertas de taxis, miran pasar a la gente y piden “una monedita”.

Ellos jamás sabrán lo importantes que son para los políticos, para los empresarios, para toda la gente de bien que se preocupa porque sus derechos no sean violentados. Jamás sabrán todo lo bueno que esta noche se ha planeado para ellos, y las cosas hermosas que los mayores les tienen preparadas. No lo sabrán, simplemente porque están ocupados en conseguir un par de monedas que llevar a la casa de sus padres, o para entregar a algún mecenas que les exigirá siempre más.

Manera correcta de interpretar una imagen

10:01:00 p. m. Posted by El Griego

Tiene diez años y es un chico inteligente. Lo que logra con su inteligencia, sin embargo, muchas veces deja boquiabiertos a sus mayores.

La madre de Ramiro es docente. Se podrá pensar que esta circunstancia resulta en ventaja, que su amante madre ayudará al pequeño a salir airoso en la lid escolar. Quien piense así, seguramente no ha tenido una madre que pertenezca al gremio docente.

Hoy Ramiro ha traído de la escuela tareas para realizar en casa. La tarea consiste en escribir una narración dejándose llevar por lo que le pueda sugerir una imagen que la maestra entregó al alumnado. La imagen tiene una composición más bien simple: un prado herboso, un hombre con apariencia de leñador, algunas herramientas de campo y de fondo, una tupida arboleda.

Ramiro termina la tarea y llama a su mamá. “Ya está, ma”, dice, y sonríe con aire triunfal. Cree que ha escrito un texto bonito y que esto llenará de alegría a su madre. Un momento más y tendrá permiso para salir a jugar con los demás chicos de la cuadra.

La madre de Ramiro toma el cuaderno y lee. En su rostro empiezan a desdibujarse los rasgos relajados que tenía hasta hace un momento. Ahora tiene el ceño fruncido, parpadea nerviosamente y mira de soslayo a su pequeño que espera ansioso el veredicto. Termina de leer. Mira fijamente a su hijo. Hay un segundo de silencio que a Ramiro le parece eterno.

"¿Esta es tu tarea?”, pregunta con un tono que no consigue solapar una reprobación que es ya inminente.

“Si… ¿qué tiene, ma?”. 

“A ver, Ramiro. La maestra te pidió que escribas sobre la fotito, ¿no?”

“Si, ma, ya sé. ¿Y?”

“¿Y? ¡Cómo “¿y?”, Ramiro! Fijate, acá contás de un señor que tenía un campo, y que compró una vaca a la que ordeñaba y que luego vendía la leche en el pueblo, que a la gente le gustaba la leche que vendía el señor, y que entonces el señor compró más vacas y después hizo queso y manteca y dulce de leche, y que la gente estaba contenta con el señor que tenía muchas vacas y hacía cosas tan ricas.”

“Ya sé que escribí eso, ma. ¿Y?”

“¡Cómo “¿Y?”! ¿Me podés explicar qué tiene que ver lo que escribiste con la imagen?”

"Ay, ma. Es que vos no entendés nada. Esos árboles ahí en el dibujo, ¿ves?”, dice, mientras señala a la arboleda en el fondo de la imagen.

"Sí, ¿qué tienen?”

“Bueno, vos no las ves. Pero detrás de esos árboles de ahí hay un montón de vacas que dan leche, y un señor las ordeña y hace cosas riquísimas, como dulce de leche y queso, y la gente se pone contenta".

La madre, efectivamente, no entendía nada. Reprendió a Ramiro por hacer las cosas mal, y él tuvo que volver a hacer la tarea, pero esta vez escribió algo que la madre aprobó. En el texto habló de un señor con apariencia de leñador, que tenía un hacha, que vivía en un prado cubierto de hierbas y en el que había árboles enormes. Cuando terminó, ya no tuvo ganas de salir a jugar con los chicos de la cuadra.

Reflejos

12:31:00 a. m. Posted by El Griego

Cuenta Ovidio que Narciso poseía una gran belleza. Tanto así, que todas las chicas del barrio morían por él. Algunas, literalmente, como la ninfa Eco. Pero Narciso las rechazaba a todas, ninguna le caía en gracia. Según el poeta, Némesis, la diosa Venganza, castigó al insensible. Narciso siente sed, se inclina a beber en un arroyito, y ve su imagen reflejada en el agua. Inmediatamente se enamora. Pero Narciso fracasa en la seducción de la imagen de Narciso. Por fin, muere contemplando su imagen, y su cuerpo se convierte en flor.

Esa es la versión de Ovidio. Sucede que al poeta le gustaban los finales dramáticos. Lo cierto es que hubo una mujer que sí consiguió enamorar al fundador del narcisismo. Por lo demás, era natural: era una gitana morena; sus ojos los más bellos en varias leguas a la redonda. Narciso la vio, y murió de amor. Los ojos de la morocha eran perfectos espejos.

Amor a prueba de almanaques

12:09:00 a. m. Posted by El Griego

Estaba enamorado de ella hasta los huesos. Conocía cada rasgo de su rostro, sus horarios, las cosas que le gustaban, las que no, su color preferido, el perfume que usaba los domingos. Sin embargo, era demasiado tímido. Siempre ensimismado, vio transcurrir treinta años sin poder confesarle su amor. Treinta años: la juventud, la universidad, ella se casó, tuvo dos hijos.

Hoy es su funeral.

La mira enternecido. Ausculta su corazón y sabe que lo que siente por ella es inmutable. Se decide. Hoy le confesará su amor incondicional. Después de todo, sabe bien que en este cementerio no hay fantasma que tenga la pinta de él.

Doble Click

11:51:00 p. m. Posted by El Griego

Después de mucha vacilación, decide crear un blog. En una suerte de plan antropológico, lee en la Web a fin de comprender la dinámica de la blogósfera. Hecho esto, pone manos a la obra. Publica al menos un post diario, se cuida de que tenga ritmo, que sea llamativo, con un toque de humor, pero sin olvidarse de dejar al menos un idea, algo en qué pensar.

Pasan varios meses. Nadie comenta sus publicaciones, nadie le envía mails, no tiene un solo seguidor.

NADA.

Lee sobre marketing digital orientado a bloggers. Pide consejos, se los dan. Entonces peregrina la red comentando blogs que tratan sobre literatura, música, moda, política, arte, gastronomía, viajes, sobre cómo hacer bonsáis, sobre corte y confección, peluquería y ortodoncia. Llega incluso a comentar en un blog de cierto hombre que dice ser la reencarnación del poeta Homero.

Seis meses.

NADA.

Desespera. Se deprime. No encuentra sentido a seguir escribiendo. Sus amigos de Facebook le dicen que lo leen, pero no se toman la molestia de dejar testimonio de sus lecturas. Siente la frustración de la derrota. Se apiada de ese hombre que pensó que vender agua en el desierto era un negocio excelente y jamás tuvo un solo cliente. Comprende el desamparo del profeta Jeremías predicando en la soledad de una Jerusalén indolente y blasfema. Su corazón se hermana con todos los locos, alunados, los incomprendidos de la historia.

Debe cerrar su blog.

Angustiado, abraza la resignación. Enciende su computadora. Por mera inercia y costumbre abre su Outlook. Espera. Un único mensaje nuevo. Tres veces relee el encabezado para estar seguro de que no es un error. No hay dudas. “Nuevo comentario en su blog”. La última vez que sintió el redoble de un tambor en el pecho como ahora fue con motivo de recibirse en la universidad. Se toma su tiempo. Mira la pantalla y sonríe estúpidamente. Se siente Edmund Hillary en la cumbre del Everest y con el mundo a sus pies.

Doble click. Abre el mensaje. Es un spam.

Sorprendeme

12:49:00 a. m. Posted by El Griego

“Estoy embarazada”, dijo su novia. Primero, se quedó sin habla. Luego, se enojó con ella. Cuando estuvo más tranquilo, pensó: “Bueno, después de todo, dicen que un bebé es una bendición de dios”. Abrazó a su novia y la llenó de besos.

Tercer mes.

-Estoy embarazada... pero...
-¿Qué?
-Son trillizos.

Se desmayó. Cuando se despertó se hizo ateo.

(Para mi amigo, Hernán)

Amor de principiante

9:09:00 p. m. Posted by El Griego

Ella está sentada sola, tiene una pequeña cartera sobre la falda y enormes antejos de sol le cubren los ojos;  hojea una revista. Él viene caminando distraído, las manos en los bolsillos. Silba, mal, una canción que acaba de inventar. La ve, se detiene, le parece muy bonita. Le dice, "hola". Ella apenas levanta la mirada, lo ignora. Él la sigue mirando. "¿Como te llamás?", insiste. Con el dedo índice ella baja sus anteojos, frunce un poco los labios, lo mira sin mover un músculo. No dice nada. Se sube nuevamente los anteojos, mira hacia otra parte. Él camina tres pasos, se adelanta hacia donde ella mira. Se agacha, toma unos guijarros del suelo, se los arroja. Ella grita, sale corriendo. El niño sonríe mientras ve que la niña llora junto a su madre. Amor de cachorro.

Deseo cumplido

8:21:00 p. m. Posted by El Griego

Sobre los motivos, para qué hablar. Lo cierto es que hubo discusiones, se especuló sobre si era conveniente hacerlo o no. Ya se sabe: no importa cuáles sean las razones en tanto que sean convincentes. Así fue como la locura tomó el mando. Entonces los hombres se pusieron en marcha, invocaron al efrit, lo dejaron libre. Es mentira que haya genios malignos, el genio embotellado no tiene moral, concede para bien, o para mal, le es indiferente. Los hombres le solicitaron sólo dos deseos. El efrit se los concedió y supo que sería lo más aterrador que jamás se viera.

Little Boy, se llamó el primero. Fat man, el segundo. El primero, devastó Hiroshima. El segundo, Nagasaki.

El genio volvió a su morada, luego de cumplir su misión. Allí aguarda aún la llamada de algún hombre que se atreva a invocarlo. Aunque esté prohibido, algunos desearían verlo libre.

Cartas de un asesino insignificante - José Carlos Somoza

4:30:00 p. m. Posted by El Griego

Estimada señorita: Voy a matarla y usted lo sabe, así que me asombra su silencio. La flor del almendro ya destella de blancura en las ramas, pero no advierto la flor de sus cartas en el muro. Eso no es lo convenido. Yo me tomo en serio mi papel de verdugo: haga lo mismo con el suyo de víctima. Le sugiero, por ejemplo, que se vuelva romántica.

He aquí algunos ejercicios.

Ejercicios románticos

a) Aproveche la geofísica de Roquedal. El viento tiene fuerza en los pueblos costeros: escuche atentamente su silbido cuando azota las ventanas de su casa. Pensará: «No puede ser. No es el viento. Es el horror».

b) El mar y la soledad. Camine sola hacia la playa a horas inusuales, idealmente el crepúsculo, y diríjase al espigón. Acceda a salpicarse con los rociones de espuma. Contemple la poderosa túnica azul oscura y la guadaña blanca de las olas. Y hágase nuevas preguntas: «¿Qué significa esta gélida mortaja? ¿Cómo es posible que esto sea "el mar"? ¿Cómo he podido pensar alguna vez que esto era "el mar"?».

c) De noche, escoja la ruta de los solares, hacia el norte, para que las luces del pueblo no la estorben. Entonces levante la cabeza y observe detenidamente las estrellas. Piense en la Tierra con minúsculas: tierra, un pedazo de ella que gira sin vértigo en la pulcritud del espacio. Concédale, en cambio, mayúsculas a la luna: Luna, una roca helada y blanca, un satélite muerto. Y piense: «En teoría, mientras admiro esta negrura, debería amar. Pero ¿acaso podemos amar bajo la noche?». Haga como si, por un descuido, el mundo se le hubiese caído en la oscuridad y usted lo perdiera.

d) Aceche los ángulos de las paredes; perciba el inagotable trajín de los fantasmas; vague por los pasillos hasta que un espejo emboscado la sor¬prenda; encienda velas y columbre la forma de las sombras; plántese en medio de la oscuridad y recele de su propio cuerpo respirador.

e) Y si no puede evitarlo, ríase. Pero descifre la risa, compruebe su semejanza con la agonía —garganta convulsa, espasmos de vientre, gritos—. Cese de reír riéndose.

Sobre su muerte, señorita, elaboramos una ilusión: la de que todo lo que usted haga antes de morir será trascendental. La solución perfecta consiste en que se vuelva romántica.

José Carlos Somoza, Cartas de un asesino insignificante

Las manos del artesano

4:28:00 p. m. Posted by El Griego

El abuelo Anselmo era músico. Muchos de sus amigos lo venían a buscar para que tocara con ellos en las fiestas patronales de los distintos pueblitos santiagueños. Fue artista revelación en el festival Cosquín del '58, lo que le valió fama entre sus colegas. Sin embargo, cuando uno le preguntaba qué era lo que más le gustaba hacer, el abuelo decía sin dudar: "Trabajar la madera, construir instrumentos. Eso es darle cuerpo y vida a la música, es como tener hijos, un acto de amor". El abuelo Anselmo era músico, pero por sobre todo era un artesano exquisito. De todas partes del mundo le pedían sus primorosos violines, guitarras, bombos legüeros y charangos. Cada uno de ellos era tan único como las manos que lo habían construido.

Fue mi abuelo quien hizo especialmente para mí la que sería mi única guitarra. Me la regaló cuando cumplí diez años. “En este instrumento te regalo todo lo que soy, y todo lo que sé hacer. Cada vez que toques alguna música en esta guitarra, vas a escucharme cantar con vos, y cada vez que la tengas cerca tuyo, voy a ser yo mismo a quien abraces”, me dijo. Sólo él creyó que yo podría tener algo de talento, porque a decir verdad, eso mismo que a mis hermanos mayores les era tan natural y hacían sin esfuerzo alguno, quiero decir, la música, hasta ese momento era para mí todo un misterio, algo bello, pero incomprensible.

Contra todos los pronósticos familiares, a los pocos días de recibida mi guitarra, podía tocar las chacareras que el abuelo me enseñaba, y en poco más de un año, había superado a todos mis hermanos en técnica y expresividad musical. Aprendí los distintos idiomas que puede hablar una guitarra: desde la bossa nova al jazz, desde el folklore al tango, desde la música clásica a la andina y la amazónica. Toqué en muchas partes del mundo. Grabé discos con artistas internacionales. Me supe con talento, y el mundo me parecía un lugar agradable. Pero todo eso terminó.

Estaba de gira. Fuimos a un bar a festejar con algunos músicos de una banda de jazz con los que habíamos estado tocando. Tomé de más, me descompuse y decidí volver al hotel. Me detuve frente al ascensor a esperar que bajase. Unos muchachos, tan o más borrachos que yo, esperaban detrás de mí y gritaban. Cuando el ascensor llegó les cedí el paso. No quise subir con ellos para evitar problemas. Como el ascensor tardaba en bajar, decidí subir por las escaleras. Eran tan sólo dos pisos. El cansancio y la embriaguez me perdieron. Cuando llegué al último tramo de la escalera, sentí vértigo y náuseas, por poco ruedo escaleras abajo. Tuve un reflejo rápido a pesar de todo, y conseguí asirme de la baranda. Rápido, sí… pero por no romperme el alma, solté el estuche en el que llevaba la guitarra, y fue ella la que cayó . El estuche se abrió y la guitarra desnuda golpeó una y otra vez hasta que por fin se detuvo. Cuando llegué al rellano, vi que estaba destruida. Las cuerdas estaban sueltas y ensortijadas, y ambos clavijeros pendían como manos rotas. Los puentes se habían soltado y el cuerpo de madera estaba todo astillado, roto en varias partes. Lloré como un niño.

El abuelo no estaba ya para arreglar mi guitarra, o fabricarme otra igual. Había muerto hacía ya algunos años. Visité luthiers de todas partes, los mejores del mundo. Ninguno pudo hacer nada. Compré otra, y otra, y otra más. Ninguna servía para nada. No podía tocar, mis manos habían olvidado cómo hacer música. Peor que eso. La música se había ido de mí. Jamás pude volver a tocar siquiera una melodía simple. La música era un regalo del abuelo, vivía en en el instrumento que sus manos habían modelado para mí con amor. Eran sus manos las que tocaban por mí. El abuelo Anselmo se fue. Los pedazos de mi guitarra los conservo en el mismo estuche que aquella noche no la pudo salvar de mi torpeza. La música, como mi abuelo, está ya perdida para siempre. Ya no habrá música en mis manos.

Furibundo Chop Suey

10:32:00 p. m. Posted by El Griego

Ese maldito perro. Ahí está de nuevo. Parece que me oliera, no sé. O quizás escucha que arrastro los pies, o el “tac – tac” que hace mi bastón cuando voy por la vereda. Animal del demonio. Si tuviera veinte años menos acá mismo me paro y lo reviento a patadas. Es la cuarta vez que me muerde. Y esa estúpida mujer que lo deja suelto. Ni siquiera consigo asustarlo ya. Le grito, le tiro piedras y el muy miserable se me viene encima. Si fuera joven no me hubiese alcanzado. Si hubo alguien que corriera rápido, ese era yo. Pero ahora… Bicho de porquería, me dejó sin aire. Pero ya no más. Ya no me vas a volver a morder, perro de mierda.

Esa noche don Julián preparaba una especie de chop suey. Se sentó, luego de llenar una copa de vino y servirse un plato rebosante. Sonreía con malicia.  “La venganza es un plato que se sirve frío", dijo en voz alta, mientras se llevaba a la boca el primer bocado.

Mensajes anudados

2:00:00 a. m. Posted by El Griego

Mi abuela materna descendía de un Khipu Kamayuq, gran sabio del imperio inca, y de él heredó el conocimiento del ancestral lenguaje de los nudos. El quipu, o khipu, era un sistema mnemotécnico basado en cuerdas de colores en las que se hacían nudos. Se usaba también como forma de escritura, para transmitir mensajes cifrados.

Mi abuela me enseñó el misterioso lenguaje del khipu. Yo, por mi parte , inicié a una novia en el arte de hacer nudos khipu. Cierto día, para ver cuánto había aprendido, le envié por correo un khipu pidiéndole que se casara conmigo. Ella lloró desconsoladamente. Es natural: confundió los nudos, y leyó "Ya no te quiero más"

Por eso ahora, cuando voy a la plaza de los artesanos los días de feria para vender mensajes anudados, nunca olvido colocar debajo de cada uno la traducción en español. Y por si acaso, en dos o tres idiomas más.

Rex Nemorensis

1:23:00 a. m. Posted by El Griego

Junto al lago de Nemi, en lo que es la actual provincia de Lazio en Italia, había un bosquecillo sagrado y en él, un templo consagrado a Diana Nemorensis, Diana del Bosque. Según relata James Georges Frazer, un hombre vigilaba día y noche delante de cierto árbol. El hombre no era otro que el Rey del Bosque. La continua vigilia no era vana: sabía que cualquiera que tomara una rama del árbol sagrado, tendría el derecho a desafiarlo en combate, y si lo vencía, sería el nuevo Rey. Un hombre más joven, más fuerte, o más hábil asesinaba al Rey, y lo sucedía, y se convertía en ese momento en el que esperaba la muerte. Un hombre mata a otro, y es rey, hasta que llega otro y lo mata.

Quizás esto no sea tan distinto de lo que sucede en el amor. Un hombre sucede a otro en el corazón de una mujer por una especie de asesinato, lo sustituye brutalmente y empieza a reinar en él, sabiendo que, más tarde o más temprano alguien intentará asesinarlo, y quizás alguien lo matará. Mientras el amor existe, existe también un cierto estado de riesgo, de inseguridad. Afortunadamente, el caso de una mujer es mucho más complejo: el bosque de Nemi es mucho menos mutable que una mujer, mientras el bosque no interviene en el asesinato del rey, la mujer también es ella misma patrona de ese bosque que es el hombre y también ella misma puede ser asesinada y sucedida por otra.






Elogio de la ociosidad - Bertrand Russell

1:20:00 a. m. Posted by El Griego

La idea de que el pobre deba disponer de tiempo libre siempre ha sido escandalosa para los ricos. En Inglaterra, a principios del siglo XIX, la jornada normal de trabajo de un hombre era de quince horas; los niños hacían la misma jornada algunas veces, y, por lo general, trabajrán doce horas al día. Cuando los entrometidos apuntaron que quizá tal cantidad de horas fuese excesiva, les dijeron que el trabajo aleja a los adultos de la bebida y a los niños del mal. Cuando yo era niño, poco después de que los trabajadores urbanos hubieran adquirido el voto, fueron establecidas por ley ciertas fiestas públicas, con gran indignación de las clases altas. Recuerdo haber oído a una anciana duquesa decir: "¿Para qué quieren las fiestas los pobres? Deberían trabajar". Hoy, las gentes son menos francas, pero el sentimiento persiste, y es la fuente de gran parte de nuestra confusión económica.

Si el asalariado Ordinario trabajase cuatro horas al día, alcanzaría para todos y no habría paro -dando por supuesta cierta muy moderada cantidad de organización sensata-. Esta idea escandaliza a los ricos porque están convencidos de que el pobre no sabría cómo emplear tanto tiempo libre. En Norteamérica, los hombres suelen trabajar largas horas, aun cuando ya estén bien situados; estos hombres, naturalmente, se indignan ante la idea del tiempo libre de los asalariados, excepto bajo la forma del inflexible castigo del paro; en realidad, les disgusta el ocio aun para sus hijos. Y, lo que es bastante extraño, mientras desean que sus hijos trabajen tanto que no les quede tiempo para civilizarse, no les importa que sus mujeres y sus hijas no tengan ningún trabajo en absoluto. La esnob atracción por la inutilidad, que en una sociedad aristocrática abarca a los dos sexos, queda, en una plutocracia, limitada a las mujeres; ello, sin embargo, no la pone en situación más acorde con el sentido común.

Consideremos por un momento francamente, sin superstición, la ética del trabajo. Todo ser humano, necesariamente, consume en el curso de su vida cierto volumen del producto del trabajo humano. Aceptando, cosa que podemos hacer, que el trabajo es, en conjunto, desagradable, resulta injusto que un hombre consuma más de lo que produce. Por supuesto, puede prestar algún servicio en lugar de producir artículos de consumo, como en el caso de un médico, por ejemplo; pero algo ha de aportar a cambio de su manutención y alojamiento. En esta medida, el deber de trabajar ha de ser admitido; pero solamente en esta medida.

El sabio empleo del tiempo libre -hemos de admitirlo- es un producto de la civilización y de la educación. Un hombre que ha trabajado largas horas durante toda su vida se aburrirá si queda súbitamente ocioso. Pero, sin una cantidad considerable de tiempo libre, un hombre se verá privado de muchas de las mejores cosas. Y ya no hay razón alguna para que el grueso de la gente haya de sufrir tal privación; solamente un necio ascetismo, generalmente vicario, nos lleva a seguir insistiendo en trabajar en cantidades excesivas, ahora que ya no es necesario.

Bertrand Russell, "Elogio de la ociosidad"
(1932)

Oráculos

11:58:00 p. m. Posted by El Griego

En la plaza Miserere hay una gitana que lee las manos. Una mujer se acerca y se sienta en el banquito que la gitana tiene para sus clientes.

Lee en las lineas de la mano de la mujer. Dice:

"Tus hijos no pasarán hambre, mujer. Crecerán saludables y serán gente de trabajo"

Y algo de razón tiene.

La mujer se levanta y camina unas cuadras hasta una zona donde hay varias casas de comida rápida. Se detiene en una esquina y hace gestos con los brazos. Dos niños regordetes traen una bolsa con hamburguesas de Mc'Donalds. Se las dan a su madre.

Con tono cariñoso, ella dice: "¿Ustedes ya comieron?" "Si, esta vez estaba la chica buena, nos dejó que saquemos estas hamburguesas del tacho y no nos echó".

Un casi niño, una completa noche.

9:38:00 p. m. Posted by El Griego

Me dolés en la boca,
me dolés en las manos,
me dolés en los ojos,
en el pecho me dolés.
Meto la mano en el fuego,
mi boca reseca sucumbe,
rendida de hielo.
Y eso parece la muerte
Erte, erte.
Amor es erte hoy
Solo, en idioteces vanas.
Para respuesta, el gran enigma.
Me dolés, me dolés en el alma.
En el cuerpo me dolés.
Si hay un alma o un cuerpo.
Que termine mañana, eterno dolor.
Que termine hoy.

Una flor de nomeolvides - Milan Kundera

9:19:00 p. m. Posted by El Griego

“Se dijo: cuando el asalto de la fealdad se vuelva completamente insoportable, compraré en la floristería un nomeolvides, un único nomeolvides, ese delgado tallo con una florecita azul en miniatura, saldré con él a la calle y lo sostendré delante de la cara con la vista fija en él para no ver más que ese único hermoso punto azul, para verlo como lo último que quiero conservar para mí y para mis ojos de un mundo que he dejado de querer. Iré así por las calles de París, la gente comenzará pronto a conocerme, los niños irán corriendo pronto tras de mí, se reirán de mí, me tirarán cosas y todo París me llamará: La loca del nomeolvides”

(Milan Kundera, La inmortalidad)

Antinomias.

12:22:00 a. m. Posted by El Griego

Y bien sé que hubiera podido escribir un relato atiborrado de vejámenes e insultos, con escenas cargadas de violentas palabras, una invención tan símil de todo esto que en pocas horas o días se hizo cieno y borrasca. La sangre se espesa, el cuerpo, el alma se agobian. La ligadura de cordones umbilicales infinitamente encadenados. Todos esos rostros que se parecen tanto a mí, todos son ningún yo, son un anti mí. Anti no mi a. Y una palabra viene a ocupar el espacio de lo que no se acumulará en cientos. Hartazgo. La suma del cansancio que no tengo ganas de escarbar. Hartazgo. Vulgaridad del rito, prejuicio estúpido, vena abierta expulsando linfa negra. Hartazgo.

Metamorfosis

10:07:00 p. m. Posted by El Griego

¿Cuánto de carbón sobrevive en un diamante? ¿Qué fue de la oscura savia que la matriz del mundo le imprimió en su seno? Y ese fulgor con que gobierna cualquier mirada, ¿de dónde vino? ¿Qué parte de oruga persiste en la crisálida? Y más, ¿cuánto de ambas perdura en la mariposa final? Por fin, ¿quiénes son esos dos que nos miran desde una distancia imposible y que supimos nombrar nosotros? No sos vos, no soy yo. El diamante se ha hecho polvo y esa mariposa yace en tierra con las alas rotas. Ya no somos, amor.

Era bella la cabellera del caballero. Era.

1:19:00 a. m. Posted by El Griego

Cuando en las tardes Ernesto paseaba por el parque, cuando en las mañanas corría con pasos ágiles las veredas adormiladas, cuando en las noches su motocicleta azabache lo transportaba por las calles céntricas, todas las mujeres, aún las señoras ya maduras, todas, en fin, sin excepción, se daban vuelta a mirar a Ernesto. Él sabía porqué en ellas despertaba el deseo: tenía la cabellera más hermosa que se viera en toda la ciudad. Y su cabellera derramaba sobre él esa impronta irreprimible que despierta cualquier obsequio de carácter divino. Envidia de modelos de revistas, codicia de bailarinas de flamenco, anhelo de cuanta hija de vecino lo viera pasar, la cabellera ensortijada era objeto de cuidados infinitos. Ernesto se sabía bendecido por la fortuna, y como cualquiera que recibe una gracia de tal calibre, era por completo indiferente a cualquier manifestación de sus adoratrices. Aún cuando él mismo excitara la ya dispuesta libido de las féminas, por ejemplo, cuando se paraba sin objeto alguno frente a un local de ropa de dama, y con ambas manos revolvía su melena, o con un brusco giro la hacía flotar sutil y ondulante, no era más que para sentirse mirado, para divertirse viendo esos rostros trastornados de mujeres que aman, y envidian, y codician, y suspiran hondamente por lo que les está vedado: tener esa cabellera, o lo que por extensión es lo mismo, ser bellas.

Si hubiese tenido un poco de cuidado, si tan sólo hubiera medido las consecuencias, seguramente se hubiera abstenido de hacer lo que hizo. Un poco por diversión, otro tanto porque ese día tenía poco tiempo y le urgía deslumbrar a una dama particularmente deseable, Ernesto decidió hacer una visita al salón de belleza más afamado del barrio. Como sucede en toda tragedia, las circunstancias se combinaron con la fatalidad de una maldición. La hora a la que traspuso el umbral del salón era la más concurrida del día. Era viernes, y las damas colmaban la sala de espera, ávidas de lucir su belleza, o disimular esos rasgos groseros que natura les impone a las no tan agraciadas. Él era atendido allí con privilegiada celeridad: las mujeres le franqueaban el paso, el coiffeur, en caso de no haber lugar, dejaba en mitad de un corte, o un lavado, o una tintura a la dama que por azar hubiese ocupado el sillón reservado para Ernesto. El coiffeur tuvo gran parte de culpa. Había visto cómo las mujeres miraban a Ernesto, cómo ellas se hubieran entregado enteras al dueño de esa cabellera, y quiso un poco de esa devoción para sí. Ernesto, indiferente al mundo como siempre, se dejó hacer el lavado de costumbre. El coiffeur ensayó unos masajes capilares que adormecieron al agraciado melenudo. Sin que nadie previera qué iba a hacer, el coiffeur tomó del bolsillo de su chaqueta una tijera y recortó un encrespado mechón de cabello. Quizás tuvo la idea de usarlo como amuleto, como un talismán que conquistara la voluntad de al menos alguna dama, o caballero, quién puede decirlo ahora. El grito no lo dio el robado, sino una mujer que desde atrás contemplaba la operación. Con el grito, el coiffeur se asustó y, sin quererlo, dejó caer el rizo. Todas las miradas de las mujeres apuntaron a la misma dirección. La primera en arrojarse al suelo fue la mujer que un momento antes había gritado. Tras ella, todas las demás: una a una se lanzaron con ánimos de conseguir tan siquiera un cabello. Ernesto las observaba, ya desppabilado por completo, y reía fríamente, aún sentado en el sillón, con la cabeza inclinada hacia atrás. Lo que sucedió después es arduo de relatar. La horda de mujeres trastornadas seguía revolcándose, peleaban, se arañaban el rostro. Una levantó en su mano la parte del despojo que logró arrebatar a sus contrincantes. La mano quedó a la altura del rostro de Ernesto, que reía a carcajadas. Ahora las miradas estaban en la mano que sostenía el mechón de cabellos. La dueña del botín miró también su mano. Y quiso más. Con terror Ernesto vio cómo las enloquecidas fieras se le echaban encima, le clavaban las uñas, lo zamarreaban, indiferentes a los gritos y el dolor de Ernesto. Todas querían asir la belleza, todas tenían derecho a tomar una porción  de divina cabellera.

Cuando la policía llegó sólo encontró el suelo tiznado de un miasma renegrido, el local destrozado, jirones de ropa manchados de sangre. Una oficial que tomaba notas se agachó a recoger algo del suelo. Miró a un lado y a otro. Sin que nadie la viera, se metió al bolsillo el último rizo de cabello de Ernesto, el de la más bella cabellera que jamás tendrá la ciudad.

Cursilerías que quieren dejar de ser.

11:53:00 p. m. Posted by El Griego

Pucha que sos difícil de arrancar, piba. Mirá que hago todo lo que puedo por llenar los cuadritos de la agenda con impostergables del tipo “pagar la luz y el gas”, “visitar al dentista”, “cumpleaños del amigo tal”, “llamar por teléfono al banco”, “llevar el auto al taller”, “ir al estreno del cine”, “no olvidar, hoy teatro”. Por más que me ocupe en sacar el sempiterno polvo de los libros, zurcir medias, cortar el pasto del jardín, cambiar el cuerito de la canilla, barrer la vereda, la propia y la del vecino. No importa que trabaje como un alemán alienado que se empeña con precisión suiza en no dilapidar como un norteamericano el tiempo que antes le sobraba como a un argentino.

Ni así, piba. Cuando comienzo a creer que por fin pensar no va a ser sinónimo de pensar-te y mirar con nostalgia el banco de la plaza donde vos me esperabas a la salida del conservatorio, y sentarme en la mesa de un bar duplicando un encuentro con vos en un tiempo que ahora parece imposible, y mirar hacia atrás o a la vereda de enfrente o a la esquina, esperando que aparezcas de la nada, por accidente y sin casualidad, y nos riamos estúpidamente de lo admirable del azar que nos rige, en fin, cuando creo que logré de una buena vez pensar sin pensarte, no hago más que esto que leés ahora, una enumeración necia de agujeros de nostalgia.

Ya ves, piba. El espíritu está presto, pero con eso no se paga el cielo.

Hay días en que soy absuelto de vos y entonces vuelvo a sentir el viejo placer de naufragar las historias de otras vidas o muertes o amores en los libros. Consigo incluso escribir algunas pocas palabras, sin necesidad de nombrar honduras del alma, sentires etéreos. En esos días la música suena transparente y es sólo música, no ese implacable fijador de la memoria que me abruma con imágenes y voces y aromas, toda la prosapia de presencias, el recuerdo que ríe ante la impotencia del olvido.

Pero basta que las sombras lleguen, basta que busque ampararme en la almohada, para que crezcas en los intersticios de la noche, y atornillada en medio de mi insomnio te ponés a tallar la baraja de los sueños que ya no serán sin que pongas en marcha una permutación del tiempo y seas vos, en todos siempre vos.

Si a veces ya me parece que antes de vos…

Pero qué digo, antes de vos, piba, ya no me acuerdo de nada. Es insensato que esto sea como es, tan inútil, tan vergonzosamente adolescente, si es para que me den cuatro sopapos en medio de mi humanidad. En cuanto me dejo ir un poco escribo cursilerías de tal calibre, que para qué. Como ésta piba, ¿ves? Un soliloquio sin un solo gramo de peso poético.

Y sé que esta piedrita que ahora golpea sordamente tu ventana no tiene cómo franquearme paso; no espero un réplica que la venga a corregir o confirmar. Es tan sólo la voz de uno que ya no sabe qué hacer para dejar de quererte, piba.

La ceguera. Epístola para quien se queda

11:30:00 p. m. Posted by El Griego

Recuerdo que era oscuro pero brillante, seguramente difícil de quitar (¿de dónde?), algo así como una brea espesa y pegajosa. Entonces otro recuerdo: un niño, cowboys, malos, buenos, castigos, cosas que nunca pasan. Recuerdo sólo que era oscuro y difícil de traspasar, recuerdo el sopor, los párpados dejándose vencer por el peso de la desidia, la tristeza corrosiva irrumpiendo, haciendo trepidar la epidermis, pulverizando cuanto vestigio osara levantarse en su contra.

Entonces se me terminan las palabras, no sé si hablo de un pantano de la niñez o de un escenario contemporáneo. De todas formas mis habitantes se niegan a juntarse, a jugar a ser Uno, a regalarme una palabra para un amigo, una madre, el vecino de enfrente o un funcionario público. Qué hacer. Será un capricho mamado de la tierra infértil que las quiere seguir atesorando.

Así es que he perdido todas las luces que me quedaban, me he sumido en la ceguera más estúpida y tengo ya varios moretones, pero nada de palabras. Sabrá disculpar la brevedad y ofuscación de estos vocablos. Hubiera querido que las cosas fuesen de otra manera, de verdad que lo hubiera querido, pero he perdido todas las luces y la oscuridad me llena de fantasmas innombrables (Quizás esta sea la primera verdad que escribo).

Aún así, si la espera, el tiempo, la vida, los desencuentros, la irremediable soledad, han sido demasiados o muy pocos y no puede perdonar, alimente su odio día a día, no se olvide de regarlo y celebre y ame y atesore desde el primero hasta el más reciente brote; aliméntelos con las palabras más crueles, seleccione los fonemas más sanguinarios, que cada frase que les dé de comer sea tan atroz, tan inhumana que dé a luz gruesas raíces que se hinquen en su corazón atravesándolo de una brutalidad tal que cada vez que con ojos enrojecidos lea y relea estas palabras no pueda más que consolarse con la débil imagen de mi estertor.

Este sudor barato de impotencia semántica es una señal de humo.

Hasta nuevo aviso.

Lo que queda de mí.

Utopías

11:05:00 p. m. Posted by El Griego

Hay canciones que se enlazan a momentos especiales de la vida, que recuerdan la infancia, que tienen ecos de adolescencia. Hay canciones que nos hablan de personas en pasado, en presente, en gerundio. Hay música que funciona como un fijador de colores en un cuadro, como un barniz que resalta matices y preserva un recuerdo del efecto del tiempo. Hay melodías que nos hacen reír de solo oírlas. Hay música que nos emociona hasta las lágrimas. Hay canciones que nos sacuden el cuerpo. Hay canciones que nos sacuden el alma, que tienen poesía por duplicado, que tienen esa rara cualidad de condensar un pensamiento con sonidos y generar un microuniverso que cabe en cinco minutos. 

Esta canción se ha quedado conmigo porque es una de estas últimas. No sólo porque me guste. No sólo porque me recuerde un verano, una mujer, un sitio especial. Se ha quedado en mí porque me ha ofrecido un ideal en un momento en que tener ideales es una cuestión pasada de moda. Una canción que me sacudió las entrañas cuando Fito Páez me la cantó hace ya tantos años. Luego la voz de la Negra Sosa la reinventó, la hizo himno perfecto.

“¿Cómo abrir el pecho y sacar el alma?”. Y sin embargo, creo, alguien aquí ha conseguido dejar el alma en una canción.

Como todo adolescente tuve que aprender a fuerza de no pocas decepciones: decepción y descreimiento en el sistema político, a derecha e izquierda, decepción en la religión, la tradicional y otras menos ortodoxas, decepción también, como no puede ser de otra forma a esa edad, del amor.

Y es ahí en donde la música, esta música, estos saetas que se clavaron tan hondo, me han dado una luz para ver otra realidad. Honrar la vida, de Eladia Blázquez. Aprendizaje y otras tantas canciones de Sui Generis. El jazz de Miles Davis y el tango de Piazzolla, Silvio Rodríguez y la trova cubana, Serrat y El Sur también existe. El arte toda: la música, la literatura, la poesía especialmente. Invenciones que me ayudan a vivir.

Tantas veces cuando uno mira la televisión, oye radio o lee los diarios, se pregunta: “¿Y para qué?”. Y aquí el arte nos viene a rescatar. Nos recuerda que mientras exista el corazón, uno solo, que se ofrezca a sí mismo, no todo estará perdido. Nos propone unir esfuerzos, mejorar nuestra casa. Aunque nos digan que siempre fue igual, que no vale la pena. Aunque parezca que no hay nadie cerca y estamos solos. Esta canción me habla de los que apuestan por lo diferente y dejan la sangre para conseguirlo.

Por eso creo que esta canción es atemporal. Porque aún hoy sigo creyendo en el valor de lo que se da incondicionalmente, en la amistad, en lo que queda de bondad en el mundo. Y es ese el ideal que me guía: ofrecer algo de mi propio corazón que le sirva a algún otro para creer que otro mundo es posible, siempre que se crea en él.

Imasumac, la más hermosa

12:06:00 a. m. Posted by El Griego

Llegó al Cuzco llamado por su tío, don Diego Maldonado, aquel que había participado en la captura del Inca Atahualpa, y que recibiera una tercera parte del rescate que el Inca había prometido a cambio de su vida: dos habitaciones con plata y una con oro "hasta la altura donde alcanzara una mano". No era casual que a su tío le llamaran “El Rico”.

Cuando el capitán Francisco Hernández Girón se rebeló contra la Corona española y puso en jaque a la Real Audiencia de Lima, Juan Maldonado y Buendía demostró la madera de la que estaba hecho. Si hubo victoria, fue en buena parte por los hechos de armas del joven Capitán, que le valieron reconocimiento entre las tropas leales a Carlos V de España. Pacificado el Perú, Juan Maldonado se retiró a sus propiedades en el Cuzco.
 
Ñusta era la palabra quichua que se usaba para decir “princesa” entre los incas. Si venció con armas y coraje a los rebeldes a la Corona, el Capitán sucumbió a redes sutiles en los ojos de una ñusta joven, Imasumac, que quiere decir «Hermosa entre las hermosas». Y como si el nombre fuera un presagio de lo que sería, Imasumac era realmente bella. Los amores entre el Capitán y la Princesa se mantuvieron a salvo de miradas y maledicencias. Bosques, parajes, vados de arroyos y casi cualquier sitio recóndito fueron testigos de los furtivos encuentros entre los amantes.

El Capitán sale al camino: una legua de sendero boscoso, luego un trecho que atraviesa el llano, y poco más allá está Imasumac, que lo espera. Camina sin prisa, como quien está seguro de que la dicha aguarda. Desde la posición en que se encuentra puede ver el refulgir del colorido traje de Imasumac, que se apoya en un peñasco junto a un arroyo. Ella se levanta y sale al encuentro del Capitán. Juan Maldonado sabe que el destino no avisa, y por eso lleva siempre su arcabuz cargado; si algo le ha dado el campo de batalla es templanza. El Capitán lo ve antes que ella. Sabe bien que es peligroso y más veloz que cualquier hombre; sabe que ha matado a valientes más valientes que él. Cuando levanta el brazo con el arcabuz en mano, Imasumac gira la cabeza hacia donde él apunta el brazo y se sabe perdida. El aterrado grito que ella lanza lo oirá el Capitán en muchas noches de pesadillas e insomnio. A la vez que corre hacia ella dispara, recarga el arma y hace fuego nuevamente. Alcanza a darle en medio del cuerpo, lo ve sangrar. Cuando llega al lado de Imasumac, el puma está muerto, con dos agujeros que manan sangre negra. Debajo del puma, Imasumac, la más bella, con cuatro cortes profundos en el cuello por donde se le escapa la vida.