Los Hechos, Capítulo 20: 7-12

11:54:00 p. m. Posted by El Griego

7 El primer día de la semana, reunidos los discípulos para partir el pan, Pablo les enseñaba, habiendo de salir al día siguiente; y alargó el discurso hasta la medianoche. 8 Y había muchas lámparas en el aposento alto donde estaban reunidos; 9 y un joven llamado Eutico, que estaba sentado en la ventana, rendido de un sueño profundo, por cuanto Pablo disertaba largamente, vencido del sueño cayó del tercer piso abajo, y fue levantado muerto. 10 Entonces descendió Pablo y se echó sobre él, y abrazándole, dijo: No os alarméis, pues está vivo. 11 Después de haber subido, y partido el pan y comido, habló largamente hasta el alba; y así salió. 12 Y llevaron al joven vivo, y fueron grandemente consolados

Lo que no registra el cronista son las palabras de Pablo a Eutico: "No te apurés, pibe, que dios espera".



Desasosiego

1:00:00 a. m. Posted by El Griego

Voy a prescindir esta vez de un intento literario. Hace semanas que no consigo sentarme a escribir. No, no es que no tenga temas, que las musas anden de vacaciones. Sólo me sucede lo que a muchos, a la mayoría quizás. Literalmente no consigo tiempo para sentarme a escribir. Le robo tiempo al trabajo, privo a mi almohada de compañia en estas altas horas, deberían ver la cantidad de papelitos de tamaños, colores y orígenes disímiles en los que anoto frases, palabras, argumentos e improperios con alguna idea que quiere ser literaria. Allí están ahora, frente a mí, se van amontonando. No busco la excusa fácil, no le quito el cuerpo a los deberes, a los de fuera, los mundanos, tampoco a los anímicos, al íntimo motor que ahora mismo me retiene aquí soltando esto que parece una queja lastimera. Simplemente me sucede lo que a vos y él, hay días que son una batalla a muerte con la vida.

Sucede que me siento hermanado con este hombre gris que padece y grita.

Fernando Pessoa, El libro del Desasosiego.

Encaro serenamente, sin nada más que lo que en el alma represente una sonrisa, el encerrárseme siempre la vida en esta Calle de los Doradores, en esta oficina, en esta atmósfera de esta gente. Tener lo que me dé para comer y beber, y donde vivir, y el poco espacio libre en el tiempo para soñar, escribir -dormir-, ¿qué más puedo yo pedir a los Dioses o esperar del Destino?

He tenido grandes ambiciones y sueños dilatados -pero también los tuvo el cargador o la modistilla, porque sueños los tiene todo el mundo: lo que nos diferencia es la fuerza de conseguir o el destino de conseguirse con nosotros.

En sueños, soy igual al cargador y a la modistilla. Sólo me diferencia de ellos el saber escribir. Sí, es un acto, una realidad mía que me diferencia de ellos. En el alma, soy su igual.

Bien sé que hay islas del Sur y grandes amores cosmopolitas y (...)

Si yo tuviese el mundo en la mano, lo cambiarla, estoy seguro, por un billete para [la] Calle de los Doradores.

Tal vez mi destino sea eternamente ser contable, y la poesía o la literatura una mariposa que, parándoseme en la cabeza, me torne tanto más ridículo cuanto mayor sea su propia belleza.

Sentiré añoranzas de Moreira, ¿pero qué son las añoranzas ante las grandes ascensiones? Sé bien que el día que sea contable de la casa Vasques y C. será uno de los grandes días de mi vida. Lo sé con una anticipación amarga e irónica, pero lo sé con la ventaja intelectual de la certidumbre.

Las Ciudades Invisibles - Ítalo Calvino

8:31:00 p. m. Posted by El Griego

LAS CIUDADES Y LOS INTERCAMBIOS. 2

En Cloe, gran ciudad, las personas que pasan por las calles no se conocen. Al verse imaginan mil cosas las unas de las otras, los encuentros que podrían ocurrir entre ellas, las conversaciones, las sorpresas, las caricias, los mordiscos. Pero nadie saluda a nadie, las miradas se cruzan un segundo y después huyen, husmean otras miradas, no se detienen.

Pasa una muchacha que hace girar una sombrilla apoyada en su hombro, y también un poco la redondez de las caderas. Pasa una mujer vestida de negro que representa todos los años que tiene, con ojos inquietos bajo el velo y los labios trémulos. Pasa un gigante tatuado; un hombre joven con el pelo blanco; una enana; dos mellizas vestidas de coral. Algo corre entre ellos, un intercambio de miradas como líneas que unen una figura a la otra y dibujan flechas, estrellas, triángulos, hasta que todas las combinaciones en un instante se agotan, y otros personajes entran en escena: un ciego con un guepardo sujeto con cadena, una cortesana con abanico de plumas de avestruz, un efebo, una mujer descomunal. Así, entre quienes por casualidad se juntan para guarecerse de la lluvia bajo un soportal, o se apiñan debajo del toldo del bazar, o se detienen a escuchar la banda en la plaza, se consuman encuentros, seducciones, copulaciones, orgías, sin cambiar una palabra, sin rozarse con un dedo, casi sin alzar los ojos. Una vibración lujuriosa mueve continuamente a Cloe, la más casta de las ciudades. Si hombres y mujeres empezaran a vivir sus efímeros sueños, cada fantasma se convertiría en una persona con quien comenzar una historia de persecuciones, de simulaciones, de malentendidos, de choques, de opresiones, y el carrusel de las fantasías se detendría.

Reverencias

12:06:00 a. m. Posted by El Griego

Por fin es primavera. Después de tantos días cubiertos de nubes hoy amaneció espléndido. Mi mal humor matutino suele durar un buen rato, pero esta mañana se esfumó ni bien traspuse el portal. Había sol, el aire estaba tibio y soplaba una brisa agradable. Imposible no interpretarlo como augurio favorable. Recogí del suelo el periódico y lo coloqué en el portafolios. Me gusta repasar las noticias en el bar mientras tomo un café antes de entrar a trabajar. Cerré la casa y caminé en dirección a mi automóvil. Esta es una zona muy tranquila, tanto que aún podemos prescindir del uso de rejas y sistemas de seguridad. En el verano estuve en Buenos Aires, en la casa de unos amigos que viven en un barrio privado. No conseguí sentirme cómodo. Fue una experiencia penosa: por una parte, una suerte de asfixia, una sensación similar a lo que imagino que sienten los que sufren claustrofobia, si es posible tal cosa en plena calle y al aire libre. Eso y la impresión de estar constantemente vigilado. Cámaras de seguridad en los frentes de todas las viviendas, garitas con vigilantes en las esquinas, un vallado en la entrada del barrio, revisión de la documentación de los foráneos. Nunca antes la vuelta a mi hogar me brindó tanto alivio. El frente de mi casa tiene un sendero de piedras laja que corre a través del césped hasta dar en la acera. Entre mi casa y la de Roldán, mi vecino, no hay verjas, apenas unos arbustos pequeños aquí y allá, a modo de medianera, de modo que los frentes de ambas viviendas se suceden sin solución de continuidad. Como estoy más bien poco en casa, nunca he tenido tiempo suficiente para ocuparlo en parquizar. Roldán en cambio tiene un jardín bellísimo. Hace poco más de un año que se ha mudado junto a su familia a nuestro barrio. Es increíble que haya estado a punto de irse hace unos meses.

Cuando salí para el trabajo, mi vecino estaba ocupándose de las plantas de su jardín. Quien haya visto alguna ilustración de los jardines japoneses puede imaginar el aspecto del frente de la casa de Roldán. Tiene dos cerezos que están florecidos, rosas chinas de varios colores, hay azaleas, geranios y varios macizos con herbáceas. Esta mañana crucé unas palabras con mi vecino. Siempre se muestra atento y cortés. Quizás por esto mismo es que algunos en el barrio hayan sospechado. Mientras Roldán me hablaba de las virtudes del abono natural, de ciertos cuidados especiales contra un tipo de arañas rojas y otros asuntos botánicos, no pude evitar que la mirada se me desviara detrás de él. Son muy bellas, ciertamente. Cuando todo el mundo andaba alborotado por aquí, no se hablaba de otra cosa que ellas. Roldán continuaba su charla sobre no sé que cosa acerca del clima, las lluvias que escasean y lo nocivo de los fertilizantes químicos. Yo no podía quitar la vista de ellas. Me han dicho que son orientales o algo así. La verdad, no sé bien si es por el influjo del jardín de mi vecino, con esa fuente artificial, los cerezos en flor o la armonía minimalista que emana su parquizado, lo cierto es que si ellas no son orientales, uno pensaría que tienen todo el derecho a que lo sean. Cuando la policía vino a hacer una requisa a la casa de Roldán, sentí más pena por ellas que por él. Visto desde ahora, pienso que la denuncia anónima de alguno de los vecinos no debió ser tomada en serio. Seguramente el motivo fue que el denunciante estaba celoso de las bellezas que acompañan a Roldán. Pero ya se sabe: se requiere muy poco para que un rumor crezca hasta convertirse en algo de lo que resulta difícil dudar. De haber estado en el lugar de mi vecino, no habría vacilado en abandonar este barrio e irme a un lugar donde vivir sin ser molestado. Roldán eligió quedarse, restó importancia a lo sucedido y lo atribuyó a una forma de ignorancia que da lugar a prejuicios.

La noche del operativo antidroga, toda la cuadra se llenó de móviles policiales y oficiales armados, incluso un grupo iba acompañado de perros adiestrados para detectar estupefacientes ocultos. Yo miraba desde la ventana y veía como la horda pisoteaba pensamientos y nomeolvides, aplastaba azaleas y lirios. Por la mañana pudo verse que las rosas colombianas estaban deshechas, cientos de pétalos quedaron desparramados, la impresión era similar a esas pinturas modernas en las que se ven gotas de distinto color desparramadas sobre la tela. Aunque la policía no encontró absolutamente nada que incriminara a Roldán, lo retuvo hasta la tarde. Entrada la noche lo vi acopiando los despojos de su jardín. La visión semejaba la figura de un hombre que estuviera recogiendo a sus muertos en un campo de batalla. Sorprendentemente, en poco más de dos semanas el jardín de Roldán se había recuperado casi por completo. Aún cuando muchas de sus hermosas plantas hubieran perdido sus flores, la exhuberancia latía en cada una de ellas. Esta mañana, en el momento en que estaba por despedirme de mi vecino porque se me hacía tarde, él miró detrás de sí, y me dijo: “¿Le gustan? He notado que todos los días las mira. Y pensar que todo aquel lío fue por ellas, ¿verdad?”. “Más que gustarme”, le respondí, “Usted quizás me tomará por loco. Pero mientras conversábamos, no sé bien si por el efecto de la brisa que ahora mismo corre, o por el hechizo que tiene su jardín en mí, me pareció ver que ellas se inclinaban hacia mí, como si me hicieran una reverencia o saludo”. Roldán rió con ganas. Me despedí de el y subí por fin a mi automóvil. Antes de arrancar, una vez más miré al cantero grande de las amapolas. Juro que me sonrieron, pícaras.

Disculpe las molestias

12:31:00 p. m. Posted by El Griego

El departamento Relaciones Públicas informa que en breve estaremos nuevamente en actividad. Pedimos disculpas por los posibles transtornos de ansiedad provocados por la falta de actualización de este blog. A la espera del pronto regreso, saludamos cordialmente a nuestros incondicionales lectores.

El Griego

Undine - Abelardo Castillo

2:01:00 p. m. Posted by El Griego

La sirenita viene a visitarme de vez en cuando. Me cuenta historias que cree inventar, sin saber que son recuerdos. Sé que es una sirena, aunque camina sobre dos piernas. Lo sé porque dentro de sus ojos hay un camino de dunas que conduce al mar. Ella no sabe que es una sirena, cosa que me divierte bastante. Cuando ella habla yo simulo escucharla con atención pero, al mínimo descuido, me voy por el camino de las dunas, entro en el agua y llego a un pueblo sumergido donde hay una casa, donde también está ella, sólo que con escamada cola de oro y una diadema de pequeñas flores marinas en el pelo. Sé que mucha gente se ha preguntado cuál es la edad real de las sirenas, si es lícito llamarlas monstruos, en qué lugar de su cuerpo termina la mujer y empieza el pez, cómo es eso de la cola. Sólo diré que las cosas no son exactamente como cuenta la tradición y que mis encuentros con la sirena, allá en el mar, no son del todo inocentes. La de acá, naturalmente, ignora todo esto. Me trata con respeto, como corresponde hacerlo con los escritores de cierta edad. Me pide consejos, libros, cuenta historias de balandras y prepara licuados de zanahoria y jugo de tomate. La otra está un poco más cerca del animal. Grita cuando hace el amor. Come pequeños pulpos, anémonas de mar y pececitos crudos. No le importa en absoluto la literatura. Las dos, en el fondo, sospechan que en ellas hay algo raro. No sé si debo decirles cómo son las cosas.

Ficción en Sepia

4:19:00 p. m. Posted by El Griego

Una de sus nietas le regaló para su cumpleaños el libro Purgatorio, de Tomás Eloy Martínez. El personaje principal de la novela, Emilia Dupuy, es una cartógrafa que ha padecido la pérdida de su esposo, con el que compartía además la misma profesión. Miguel Ángel Riera, lo mismo que la Emilia de Purgatorio, trabajó en otros tiempos dibujando mapas en el Instituto Geográfico Militar. Es domingo y el clima está espléndido, así que Miguel Ángel toma el libro y sale al patio trasero de la casa. Le gusta leer en su mecedora debajo de la parra grande, amparado por el bálsamo natural de la sombra cenicienta. El mate aprontado, la pipa cargada y el libro. La tarde no precisa nada más para ser completa. Lee: “Los mapas son copias imperfectas de la realidad, que describen en superficies planas lo que en verdad son volúmenes, cursos de agua en movimiento, montañas afectadas por la erosión y derrumbes. Los mapas son ficciones mal escritas”. Se detiene un momento, ceba el mate y acaricia la cabeza del mastín que ha venido a echarse a sus pies. Continúa la lectura: “Mapas eran los de antes: donde había nada creaban mundos”. Algo se revuelve en la memoria de Miguel Ángel. Baja el libro, y mientras sorbe el mate amargo piensa: “Es cierto que los mapas inventan el mundo, pero también es cierto que otras veces lo ocultan”. Hace mucho tiempo que no pensaba en aquello, pero la lectura lo ha devuelto tres décadas atrás, a los años del Instituto, a cierto suceso que jamás consiguió explicarse por completo.

Está llegando la noche. El mate yace en el suelo junto a la pava. Miguel Ángel Riera sigue sentado bajo la parra. Fuma su pipa con la mirada abandonada en despojo incendiado que queda del día. Así lo encuentra su nieta Inés, que ha venido a saludarlo. “¿Le gustó el libro abuelo?”, dice, y Miguel Ángel da un respingo. Inés ríe del gesto asustado de su abuelo. “¿Cuántas veces te dije que no me llames abuelo, Inés? Ni que fuera un fósil, che. Y esa manía que tenés de moverte como gato, si es como para…” Miguel Ángel se interrumpe y mira el semblante burlón de Inés. Ríe él también. “Del libro, la verdad, leí unas pocas páginas. Este Purgatorio me ha recordado viejas épocas”, continúa. “¿Te acordás que hace unos años hicimos un viaje a Península Valdez?”, pregunta. “Claro, fue uno de los viajes más bonitos que hemos hecho juntos. Pero me pareció que a usted no le gustó tanto como a mí”. “No, no fue así. Te voy a contar. Alcanzame por favor esa caja que está ahí, mirá”. Inés alcanza a su abuelo una caja que reposa sobre la mesa de jardín. Miguel Ángel abre la caja y busca alguna cosa dentro. Aparecen unos pliegos de láminas que utilizaba en sus tiempos de cartógrafo y varios mapas originales hechos por él. “Es éste, mirá”, dice, y mientras habla a su nieta, va señalando algún punto del mapa.

“En el año ‘77 nos asignaron el relevamiento de Península Valdez. Por aquel tiempo había muy poca gente viviendo allí. La población estable de Puerto Pirámides, algunos ranchos de ovejas, un par de empresas que trabajaban en la salina grande y no mucho más. Algunos años antes Jacques Cousteau había estado por la península, enterado de que en el golfo San José se habían avistado algunas ballenas. La ballena franca austral, seguro que la viste en la televisión. A partir de esa visita, la península comenzó a cobrar interés turístico a nivel mundial. Se instalaron algunas empresas que organizaban salidas de avistamiento de ballenas y del resto de la fauna autóctona: lobos marinos, pingüinos, focas, aves marinas, etc. Empezaron a venir contingentes de turistas europeos, norteamericanos, japoneses, en fin, de todas partes del mundo. No hace falta que te explique que el gobierno militar no quería dar una mala imagen a nivel internacional y menos que hubiera quejas de algún tipo. Cualquier extranjero era mucho más valioso y mejor tratado que la mayoría de los propios argentinos. Pero me estoy saliendo de tema, si sigo así no te voy a contar qué es lo que me recordó tu obsequio".

"El caso es que al Instituto Geográfico se le ordenó relevar la costa sur y registrar todo dato relativo a la población, los caminos y la actividad económica. Hicimos contacto con el dueño de una empresa de turismo que operaba en Valdez con base en Puerto Pirámides y estuvo dispuesto a alojarnos y darnos asesoramiento mientras durara nuestro trabajo allí. Resultó ser un verdadero personaje ¿sabes? Era oriundo de Buenos Aires, y había llegado a la Península varios años antes trabajando como viajante para el negocio familiar. Le decían “El Rey de las Ballenas” y la contextura robusta del hombre justificaba sobradamente el mote. Así que todos los lugareños lo conocían por “Rey”, a secas. Acordamos con Rey que nos quedaríamos las dos últimas semanas de Febrero y tal vez la mitad de Marzo, siempre que hiciera buen clima. Pocas veces conocí gente tan hospitalaria y amigable. Rey nos facilitó enormemente el trabajo. Conocía a la perfección cada palmo de Valdez, los mejores caminos, el nombre de cada persona de Pirámides y también los del resto de la gente en la península. No podíamos tener mejor guía. Cuando llevábamos quince o veinte días de trabajo, sucedió que Rey tuvo que salir en un recorrido de avistamiento con un contingente de australianos que llegaron a Valdez, así que nos quedamos sin guía por aquel día. Los hombres que me acompañaban aprovecharon para ponerse al día con el trabajo técnico, ordenar los datos que hasta ese momento habíamos recogido, repasar el itinerario para el día siguiente y, de paso, descansar. Vos sabes que a mí nunca me molestó demasiado estar solo, al contrario, hacía días que deseaba tener algún tiempo libre para hacer una travesía sin la obligación del trabajo de por medio. Así que se me presentaba una buena oportunidad de salir de paseo y tomar fotografías, en fin, hacer un poco de turismo".

"Cargué el automóvil con todo lo que necesitaba y salí temprano con rumbo a la costa oeste de la península, que da a mar abierto, fuera de la zona que teníamos asignada. Fui bordeando los grandes acantilados, siguiendo un viejo camino de ripio que corría a unos tres o cuatro kilómetros de la línea costera. Iba sin prisa y me detuve varias veces a tomar fotos, creo que ahí en la caja deben quedar algunas. En cierto punto, quise recorrer un poco más de cerca la costa, así que me salí del camino y avance a campo traviesa. Después de recorrer algunos kilómetros, di con un camino que no figuraba en ninguno de los mapas que teníamos en el Instituto. No tenía nada de extraño, claro, estábamos allí precisamente porque los mapas disponibles databan de la primeras décadas del siglo. El camino tenía señales de que el tránsito de vehículos no era demasiado frecuente, incluso en algunas zonas la maleza lo invadía casi por completo. Lo seguí hasta que di con un pequeño poblado. No serían más de veinte o treinta casas, pero aquello sí que era toda una sorpresa. En los registros oficiales, la única población estable en toda la península era Puerto Pirámides y las cuatro o cinco estancias que había en la zona noreste. Incluso la gente que trabajaba en la salina tenía residencia fija en Pirámides. Las casas del poblado estaban dispuestas a uno y otro lado de dos calles, las únicas, que se atravesaban entre sí perpendicularmente; las cuatro esquinas entonces quedaban en el centro. Una suerte de cruz, así las recuerdo. Bajé del auto y caminé. El silencio era completo y no había ninguna señal de que hubiera alguien. De no ser porque las casas estaban en general bien mantenidas, pintadas y limpias, algunas incluso con pequeños jardines delante, bien podría pensarse que era un sitio abandonado. Había algo en el aire me despertó la sospecha de que estaba siendo vigilado. No tuve que esperar demasiado para descubrir que estaba en lo cierto. Abrí una pequeña verja que había en una de las casas, me paré en el pórtico y cuando estaba a punto de llamar, sentí un golpe en la cabeza. Me desmayé".

"Cuando desperté, estaba dentro de una casa, atado de pies y manos sobre una silla. Cuatro hombres y dos mujeres me rodeaban. La cabeza me daba vueltas, sentía un dolor agudo en la nuca, donde recibí el golpe. Cuando se dieron cuenta de que los estaba observando, el mayor de los hombres se acercó a mí evidentemente alterado. “¿Qué hace usted en Valdez? ¿Por qué vino aquí? ¿Quién lo envía? ¿Con cuantos ha venido?” Parecía que jamás se iba a detener la catarata de preguntas. Cuando por fin dejó de hablar, intenté dar una que lo serenara. “Soy cartógrafo, dibujo mapas. Trabajo para el Instituto Geográfico Militar y estamos en Valdez por orden del gobierno, que desea un relevamiento del trazado de caminos de la península con intención de fomentar la actividad turística y empresarial”. Bastó que oyeran las palabras “militar”, “gobierno” y “relevamiento” para que se apoderara de ellos el nerviosismo. En sus ojos se podía ver inquietud, un estado de terror que los abofeteaba. El hombre que dirigía el interrogatorio pidió detalles. Quiso saber si yo era militar, si había soldados en Pirámides, si éramos un cuerpo de avanzada, si vendrían hacia este punto. Quién sabe qué ideas tendría el pobre hombre. Le dije toda la verdad. Luego de un buen rato de explicar y volver explicar lo mismo, me dejaron solo. Pasado un momento, volvieron sólo tres de ellos. El que parecía el jefe ordenó a los otros dos que me soltaran. “Le pido disculpas por el golpe que recibió, señor. Tuvimos que hacerlo”, me dijo. “Hemos revisado sus bolsillos y encontramos este portafolios en su auto, vimos la credencial del instituto en que usted trabaja y el resto de sus documentos, el montón de mapas y dibujos. Parece que usted no nos está mintiendo. Tome, aquí están sus pertenencias”. Estaba a punto de preguntarle sobre el motivo de su reacción violenta, pero antes de que pudiera decir nada, el hombre habló de nuevo. ”Señor, este lugar no debe quedar asentado en ningún registro oficial. La vida de muchas personas depende de ello. No le pido que comprenda, pero sepa que si usted hace alguna mención de este sitio, si en esos mapas que dibuja usted señala este lugar, estará condenando a muerte a las personas que viven aquí”. El tono en que hablaba era casi una súplica. Ciertamente que no comprendía. Por más preguntas que hice, no pude obtener otra respuesta que lo que ya había oído. Cuando me hubieron devuelto mis cosas y me sentí mejor, me dispuse a irme. Las dos mujeres que había visto cuando desperté del desmayo se acercaron al automóvil. El hombre mayor venía andando tras ellas. “Señor, si usted tiene hermanas, si su madre vive, por ellas se lo rogamos. Por favor, no diga nada de nosotros”, rogaron las mujeres. No podría explicar el motivo, pero renuncié a comprender qué cosa escondía aquella gente, qué cosa hacían allí o por qué debían mantener el anonimato. Les prometí que no diría nada, y mientras estuviera a cargo de la misión, nuestra gente no se acercaría a aquella zona. Me dejaron ir. Volví con una sensación extraña, con la misma impresión que uno tiene al salir del sueño, o cuando ha pasado muchas horas sin dormir y se siente agotado. Cumplí con mi promesa y nunca dije nada. En los mapas que confeccionamos con el equipo no figuró ningún nuevo asentamiento en la costa oeste, ningún dato de población tomó en cuenta a la gente que yo había visto. No existían más que para mí. No dejé constancia alguna de su existencia en los informes oficiales. Solo en este mapa. ¿Ves esta leve mancha? Cuando hube confeccionado mi borrador, hice unos trazos leves, levísimos con un lápiz sepia en aquel sitio. Luego froté un trozo de papel sobre las marcas, hasta que se hubieron diluido casi por completo. Es todo lo que quedó del pueblo de las calles en cruz.

Cuando viajamos con vos a Valdez hace dos años, la tarde en que te fuiste a hacer el viaje en barco y yo me quedé, volví a ver a Rey. Estaba aún más enorme de lo que era en aquel entonces. Su empresa prosperaba gracias al turismo y tenía dos barcos de pasajeros y varios empleados. No me extrañó que no me recordara. Después de todo habían pasado más de veinticinco años desde la última vez que estuve alojado en su casa. Como si se tratara de un turista, le hice algunas preguntas sobre la actividad en la península, sobre la temporada de avistamiento de ballenas y otros asuntos de ese orden. Aquella primera vez no tuve el valor de preguntar a Rey si conocía qué hacía esa gente en el poblado de la costa oeste, pero esta vez no pude contenerme. “En la costa oeste no hay ningún poblado, señor. Le deben haber dado mal las señas. Es más, le puedo asegurar que jamás ha habido poblado alguno en esa costa. Vivo hace casi cuarenta años en este lugar y se todo lo que pasa por aquí”. No insistí, por supuesto. Le pregunté si había algún sitio donde alquilaran vehículos, y Rey me indicó a donde ir. Un cartógrafo que se precie no necesita mapas para encontrar un sitio en el que ya estuvo. Tomé rumbo oeste nuevamente, y en poco más de una hora estaba de nuevo en el camino que aquella vez me condujera al poblado de las calles en cruz. A poco de trasponer una lomada, lo vi. Detuve el auto. Estaba tal como lo recordaba. Sus dos calles perpendiculares, sus casas enfrentadas, las cuatro esquinas señalándose mutuamente. Algo sin embargo había cambiado. El color de las casas, sus blancas paredes, los jardines coloridos, todo lo que aquella otra vez me había mostrado un signo vital, lucía ahora como un daguerrotipo, como una fotografía en sepia tomada un siglo antes; los contornos del pueblo se veían difuminados y borrosos como una visión acuosa. Cuando percibí aquel color apagado y las líneas que tendían a desdibujarse, pensé que podría ser un efecto del sol. Pero estoy seguro de que no fue así: cuando dibujé el mapa, en aquella zona no dejé más que una mancha sepia en el borrador. Pero al mar, ese que ahora se removía, a ese mar que ahora hervía con el frenesí con que se agitan las cosas vivas, a ese mar lo había pintado intensamente azul.”

“Ya ves, Inés. Tu Purgatorio me recordó aquel poblado, esa mancha que ves ahí mismo y esta historia, de la que jamás había hablado con nadie”. Inés mira sin pestañar a Miguel Ángel. El abuelo ha logrado conmoverla. Sus ojos van de la caja a su abuelo, y de éste al mapa que descansa entre ambos, en el suelo. “Ay, abuelo. Casi lo conseguiste. ¿Ves por qué me gusta visitarte? Mirá el trabajo en que te pusiste sólo para contarme una historia. Esas fotos, y el mapa. ¡Y la mancha! Cualquiera creería esa historia, abuelo. Pero yo no, ¡a mí no me vas a engañar!”. Inés se levanta y abraza a su abuelo y ríe a carcajadas.

Cuando Inés se va, Miguel Ángel Riera recoge las láminas y mapas para guardarlas nuevamente en la caja. Antes de colocar las cosas allí, toma una fotografía que ha quedado en el fondo. La mira: se alcanza a ver una esquina, una calle que avanza hasta que la corta la línea del horizonte. Si no fuera por el azul intenso del mar que se ve al fondo, el color sepia del resto de la imagen haría pensar en un daguerrotipo de un siglo atrás.

La nervadura de las hojas

9:00:00 a. m. Posted by El Griego

Una sala de reuniones. Una gran mesa oval. Dos personas. “Sabemos que usted es un excelente empleado y que ha dejado varios años de su vida en ese escritorio. Sus reportajes y crónicas han contribuido al reconocimiento de nuestra revista como referente en el medio cultural. Sin embargo, los cambios en las exigencias del mercado demandan una reorientación profunda de nuestra estructura y el tipo de contenidos que publiquemos de ahora en más -está diciendo el nuevo director editorial-. Nuestra editorial es una gran familia, y la Gerencia ha tomado nota del deber que tiene: vigilar los intereses de la mayoría y asumir como primordial responsabilidad velar por el bienestar común. Ese, y no otro, es el motivo por el que prescindiremos de sus servicios. Lo sentimos mucho”. Eugenio Alonso hace rato ha dejado de oír. Mira el movimiento de la boca del director y oye las palabras, pero su mente está por completo en otro lugar. De la mañana para la tarde ha pasado de redactor estable a desempleado.

A pesar de que la noticia de su despido le provoca natural inquietud, Eugenio no permite que la desazón ocupe por completo su ánimo. Dedica algunos días a varios asuntos domésticos que hace tiempo viene posponiendo para más adelante. Arregla unas gotereas en el techo del garaje, pinta los frentes de la casa, poda los árboles y corta el césped del jardín. En esas labores anda cuando un vecino que pasea su perro lo aborda: “Ey, Alonso, ¡qué raro usted tan temprano en casa! ¿No trabaja hoy?”. Eugenio piensa en alguna mentira que inventar porque lo avergüenza estar desempleado. Sin embargo, contesta: “La verdad, Seoane, hace una semana me han despedido, así que aprovecho mientras tanto para reparar un poco la casa que se nos esta viniendo abajo”. “Cuánto lo siento, Eugenio, con el talento que tiene usted, no se entiende que hagan eso. Vea que yo compraba esa revista sólo por esos artículos tan interesantes que usted escribe”. “Parece que la nueva gerencia no opina como usted, Dalmiro”, murmura Eugenio, más para sí que para el otro, y vuelve al trabajo. Dalmiro Seoane saluda y se marcha, sacudiendo la cabeza de un lado a otro. Esa misma noche, mientras está cenando, Eugenio recibe una llamada telefónica. “Alonso, cómo le va, buenas noches. ¿Está ocupado?” “Nada importante. Diga Dalmiro, ¿en que le puedo ser útil?” “Vea. Tengo una idea que quizás le interese. ¿Podría pasar por mi casa mañana por la tarde?” “Consultaré la agenda. Ya sabe que soy un hombre con demasiadas ocupaciones”, dice Eugenio, y Dalmiro festeja la broma.

Tal cual lo acordaran el día previo, Eugenio Alonso visita a Dalmiro Seoane en su casa. Entre dos tazas de café, Dalmiro explica a Eugenio cuál es el motivo de la cita. Quiere escribir su biografía. Más bien, quiere que Eugenio la escriba. Eugenio no comprende del todo qué interés podría tener para alguien un libro que relate la vida de un hombre que no ha sido político, ni artista, ni se ha destacado en el deporte. Como siente respeto hacia su vecino, ensaya otra excusa: “Pero Dalmiro, yo no soy escritor, soy periodista. Y ni siquiera he cursado estudios, soy lo que se dice, Escribiente. No creo que alguien como yo podría hacer lo que usted necesita”. Pero Seoane no suelta prenda fácilmente. Aunque Eugenio no lo sabe, Dalmiro fue durante muchos años un excelente negociador cuando trabajó en una empresa dedicada al comercio de ultramar. “Vea, Eugenio. No le pediría esto si no supiera que está usted capacitado para escribir mi biografía. Tengo la intención de dejar a mis nietos el relato de mi vida como obsequio, como una compensación por el tiempo en que estuve demasiado ocupado en mis negocios como para estar con ellos. Como le dije ayer, los reportajes que usted ha escrito para esa revista son una clara muestra que usted sí sabe como hacer atractivo el relato de una vivencia. Es eso lo que me ha decidido a hacerle esta oferta”. Tanto insistió Dalmiro que Eugenio no pudo negarse. Más allá de lo extraña que resultaba la propuesta, se sentía halagado. Por otra parte, hacer el trabajo de restaurador de viviendas no era precisamente lo que más le agradaba, y la cifra que Dalmiro Seoane le ofreció por el trabajo completo lo terminó de decidir en favor de hacer el intento. A fin de cuentas, estaba sin trabajo y precisaba dinero.

Para su sorpresa, Eugenio Alonso sentía verdadero placer en convertir la narración que Dalmiro Seoane hacía de su vida en algo mucho más rico que una mera enumeración de hechos singulares. Los hechos en si mismos tenían como único mérito servir como una suerte de explicación a acontecimientos ulteriores que precisaban de ese antecedente. Como buen lector que era, Eugenio sabía las ideas generales que pueda tener una persona, no son las que hacen único a un ser. La nervadura de una hoja, el rastro que deja un caracol a su paso, una gota de lluvia que estalla en tierra, lo mismo que la sinuosidad de una vena, las manías y caprichos o las manifestaciones de carácter, ésas son las cosas que convierten a un ser en algo sin paralelo en el universo. Allí residía el secreto del arte de Eugenio, en su capacidad para poder ver estos detalles en cada persona a la que entrevistaba y en que luego, cuando volcaba sus impresiones en palabras, tenía el valor estético de escoger, de nombrar lo que convertía a un ser en único entre todos los posibles. Seis meses pasaron luego de la primera charla en la que Dalmiro Seoane le solicitara a Eugenio Alonso que fuera su biógrafo. Cuando estuvo concluida su biografía, Dalmiro supo que no se había equivocado. Sin que las débiles protestas de Eugenio valieran como impedimento, Dalmiro consiguió que un editor que era amigo suyo imprimiera el libro. Si bien la tirada fue más bien modesta, en poco tiempo se habían vendido todos los ejemplares. La editorial pronto tuvo que lanzar una segunda edición, ya que varias librerías habían hecho pedidos urgentes. Con no poca sorpresa, Eugenio Alonso se convirtió de desempleado en un biógrafo solicitado por hombres y mujeres que veían en sus vidas algo digno de quedar escrito.

Juan Rivera, un jockey que regalara tardes memorables a muchos amantes del turf, está sentado en un sillón del estudio de Eugenio. Con un vaso de whiskey el la mano, el hombre cuenta a Eugenio un sinfín de eventos de su vida. Es vivaz y siempre tiene alguna salida humorística. Ahora se inclina un poco hacia Eugenio y baja la voz hasta convertirla en un susurro. Le cuenta una anécdota sobre un amorío con una actriz poco conocida. “Oiga, pero no se le ocurra escribir eso, ¿eh? Que sea un secreto profesional, ¿de acuerdo?”, dice, y Juan Rivera suelta una risotada que hace temblar los cristales. Eugenio Alonso también ríe, pero guarda en su memoria lo que el otro le ha contado. Años más tarde, esa historia será parte del libro que conseguirá un premio internacional. Pero eso, ya es parte de otra historia.

El pedestal de las estatuas - Antonio Gala

12:17:00 a. m. Posted by El Griego

"Sé, como nadie, de qué está hecho el pedestal de las estatuas: de abusos, sangre, llanto y muertes, unos; de soberbia, desprecios y avidez, otros; de negación a la vida, los demás. Cuando la primera obligación de un ser vivo es vivir a toda costa, con todas sus fatales consecuencias, buenas o malas, y también con el Hermoso riesgo de la felicidad, tan pasajero y tan intransferible. Todo lo que se oponga a la vida, libre en su tránsito, efímera, iluminada o tenebrosa, todo eso será lo opuesto a lo bueno. A lo que Dios, si es que creó la vida, nos ordena. No conozco otra ética ni otra religión; no más teología que ésa... En estos papeles tengo que ser sincero: sólo para eso los escribo o los dicto. He estado demasiado cerca del poder, de cualquiera, como para creer en él. Lo he tenido; me ha manchado las manos; he hurgado en sus entrañas; me salpicó los vestidos más caros, que son los que debe uno ponerse cuando se va a hacer el daño verdadero... No creo en la generosidad del poderoso; sin embargo, no he deseado en mi vida otra cosa que serlo".

Edén

9:56:00 p. m. Posted by El Griego

Camina con los ojos entrecerrados mientras atraviesa una penumbra ciega. Avanza con paso seguro entre los altos anaqueles atiborrados de libros. Extiende una mano y con el dedo índice va rozando uno a uno el lomo convexo de cada libro. Se detiene. “El alimento de los Dioses, H. G. Wells, pasillo C5, cuarto estante, 1905”, susurra entre dientes. Toma un libro y sigue su camino. Un poco más adelante un haz de claridad recorta el marco de una puerta. Entra al estudio y recién entonces puede ver que el libro que ha tomado es el que necesitaba. Sonríe. Hace mucho tiempo que conoce de memoria el orden de la mayoría de los tomos. Después de que el último visitante se hubo marchado, recorre las mesas de lectura, recoge los libros que han quedado abandonados indolentemente y, como una madre que acuna a sus hijos, los coloca en sus respectivos estantes. Es extremadamente minucioso en su trabajo y no tolera que uno solo de sus libros esté fuera de lugar. Tres décadas hace que es titular de la Biblioteca y se precia de dirigir el único recinto público ordenado de toda la ciudad. Vive en una pequeña buhardilla en los altos de la sala mayor de lectura. Muy pocas veces sale, sólo cuando alguno de sus amigos libreros le informa que hay a la venta un ejemplar valioso o alguna colección rara, aunque de ser posible hace que se la envíen allí mismo. Le disgusta el mundo que existe fuera de los límites del edificio de la Biblioteca, la selva de calles estrepitosas, la maraña de gente atropellándose, el ruido abrumador de los motores que rugen, de las bocinas que braman improperios, el pulso frenético. La ciudad de día. En las venas oscuras en que los subtes y los trenes discurren, en el hambre voraz de los colectivos que engullen y vomitan pasajeros, en las flechas de los carteles que en cada esquina apuntan en todas direcciones y a ninguna, el bibliotecario presiente la obra de una mano que delinea las aristas de un dibujo maléfico. Los pasillos de la Biblioteca en cambio son su Edén, su tierra de promisión. Allí las cosas tienen un aroma doméstico y acogedor. Sólo en compañía de los silentes infolios siente tranquilidad por saberse en el hogar, acunado en el abrazo cálido de lo cotidiano que serena su espíritu. Piensa en la veracidad de estas palabras y recita: “El desorden de fuera no lo entendemos porque es más grande que nuestro corazón. Lo que entendemos es el orden del jardín, siempre tan confortable”, El dueño de la herida, Antonio Gala, pasillo N12, tercer estante, 2003”.

Después de Fin

11:15:00 p. m. Posted by El Griego

Alguna razón tienen los que nos acusan de que cuando precipitamos los acontecimientos fatalmente buscamos no complicarnos demasiado la vida. Quizás es un manera más fácil de hacer el trabajo y así evitar las dificultades que provocaría intentar otros caminos. Yo creo que nos hemos enviciado. Es que uno se siente un poco divino provocándoles la muerte, haciendo que tiemblen y sucumban en esa última imagen, que se espanten ante lo inevitable del desenlace. Entonces todo nuestro ingenio se pone en movimiento para que esas muertes completen un catálogo: que parezcan un accidente o que salten de un décimo piso, que caigan debajo de un tren empujados por una mano anónima. Entonces, satisfechos, los dejamos ahí, tendidos e inertes. Están también las muertes fantásticas, las que dan lugar a especulaciones de lo más inesperadas o bizarras: esas son la moda en nuestra profesión. Nos critican, y algo de razón tienen. Quizás fue esa y no otra la razón. El caso es que hoy quise que fuera diferente. Creo que lo conseguí. He revisado lo hecho. Puedo respirar tranquilo. Hoy no he matado a nadie, no provoqué ningún accidente ni empujé a otro a cometer una acción mortífera. El trabajo está listo. Un relato breve en el que nadie muere.

Demostración de un teorema

10:59:00 p. m. Posted by El Griego

Carlos Alfonso Arrambide es profesor de la cátedra de Análisis de Señales y Sistemas en la Universidad Tecnológica de Córdoba. El contenido de la Unidad IV del programa anual tiene como tema “Funciones Analíticas Complejas / Integrales en el Plano Complejo”. Llegado a este punto del año lectivo, el profesor Arrambide toma una decisión sobre un asunto en el que ha venido pensando desde hace años. No permitirá en su cátedra ningún medio de registro: no más grabadores a cinta, ni micrófonos, ni cámaras de video, ni sistemas digitales de registro del tipo mp3. El anuncio causa estupor en el alumnado. Se oye la voz de un alumno que, al borde de la desesperación, dice: “Pero profesor ¿cómo estudiaremos si no permite que grabemos sus clases?” Arrambide camina dos pasos en dirección al alumno que ha hablado y solemnemente le responde: “El único dispositivo de registro que necesitará por el resto de su vida lo tiene precisamente aquí – y señala su oreja derecha-. Combine eso con este súper procesador –señala sien- y conseguirá resultados asombrosos. Y ahora, sirva quedarse callado, y escuche”. Carraspeó, y con una entonación digna de Demóstenes, se le oyó decir: “El Teorema Fundamental del Álgebra dice que todo polinomio a coeficientes complejos tiene un raíz compleja, es decir, existe un número complejo donde el polinomio evalúa a cero”. Arrambide levantó la mirada por sobre sus lentes para comprobar que nadie hubiera desobedecido su orden. Continuó: “Dicho de otra manera, un polinomio en una variable no constante y con coeficientes complejos tiene tantas raíces como su grado dado que las raíces se cuentan con sus multiplicidades”. El profesor respiró hondo, y muy sonriente, dijo: “¿Lo ven? Clarísimo”.

¿Alguna duda?

10:59:00 p. m. Posted by El Griego

El sindicato de dentistas precisaba regular los honorarios a cobrar por los servicios prestados. Parte del reglamento establecido decía más o menos esto:

“El párrafo II del artículo 3 del reglamento reformado deberá ser sustituido por el siguiente párrafo:

II. En cualquiera de los meses del mismo año la remuneración no excederá la que resulte de sumar a la remuneración de los meses anteriores del año, la cantidad que sea el producto de la suma standard, multiplicada por el número de meses del año que haya expirado al fin del mes para el cual se está realizando el cálculo, agregado a la mitad de cualquier exceso autorizado de honorarios respecto de ese producto que, salvo los artículos de este reglamento, hubiera derecho a cobrar en dichos meses, excluyendo, para todos los fines de este párrafo, el mes de enero”

Sobra decir que nunca ningún profesional supo cuánto debía cobrar por la extracción de un premolar, la reparación de una caries y mucho menos por qué el mes de enero quedó fuera del convenio.

La puerta Falsa

1:17:00 a. m. Posted by El Griego

El auditorio se puso de pie, los aplausos ascendieron fervorosos desde la platea al escenario, bajaron en torrente de los palcos colmados y por treinta minutos nadie se retiró del teatro. La crítica teatral eligió la obra como el éxito de la temporada. Fue la consagración definitiva para Joaquín Robinho, el coreógrafo que toda compañía de danza codició en adelante para sí. Para Joaquín, sin embargo, el éxito con que en aquella noche se lo premió tenía sabor a mentira. Nadie más que él lo sabía. Durante meses antes de la presentación de la obra había trabajado en el diseño de cada uno de los pasos, los veía en su mente, los hacia cuerpo y se los enseñaba a los bailarines uno por uno. El acto final era el más intenso, el verso final de un poema que había escrito con delicados movimientos y sutiles sinuosidades, con suaves ondulaciones de cuerpos que tenían en carne viva el alma. Era el que más técnica y destreza requería. Precisamente en ese último cuadro de la obra residía el defecto. Joaquín Robinho sabía que le faltaba un paso, la transición de una posición a otra, el eslabón dorado que completaría toda esa cadena de exquisitos movimientos. Más que saberlo, lo presentía como una verdad latente, como una presencia vital que se le escurría delante de los ojos cuando intentaba hacerlo movimiento corpóreo. Sin aquel movimiento la obra era un diamante impuro.

Pasó días y noches en busca de ese paso extraviado, pero nunca lo encontró. La fecha prevista para el estreno llegó sin que él hubiera hallado el movimiento que debía hacer perfecta su obra. Nunca se lo dijo a nadie, pero guardó dentro de sí la amargura de saber que la obra que le abrió las puertas al éxito era una puerta falsa.

Pasaron años, varias décadas. Joaquín Robinho envejeció y una enfermedad hizo que fuera necesario que se internara en una clínica especializada. Una noche, mientras Joaquín descansaba sabiendo que estaba tocando el borde último de su vida, una brisa veraniega se coló entre las celosías que habían quedado entornadas. El viento revolvió las cortinas sedosas y transparentes. Allí lo vio. El paso que durante años se le había escurrido se le presentó nítidamente en los pliegues que el viento imprimió en las cortinas de gasa. Joaquín Robinho cerró los ojos y en su mente vio a la compañía de danza ejecutar el último acto de su mejor obra. Por fin descansó, sabiendo que la obra era perfecta.

Esencia Sombría

12:14:00 a. m. Posted by El Griego

Algunos aseguran haber visto serpientes cruzar calles polvorientas en el ardor del verano, o enroscadas en las ramas de los árboles que hay en los vados del arroyo. Yo en todos los años en que he venido a pasar mis vacaciones a la estancia Juárez nunca vi más que alguna lagartija apresurada por esconderse tras de alguna maceta, o debajo de las tejas marsellesas. Es cierto que no vi ninguna serpiente. Viva no, pero en cierta forma la vi. Como si un taxidermista de lo etéreo hubiera operado su arte sobre un fantasma, o como si alguna sombra hubiera perdido una capa tal como las pierde una cebolla, así la piel de la serpiente había quedado tendida sobre un tronco seco que yacía en tierra. La forma de la cabeza y el espacio de los ojos copiaban tan fielmente su origen que uno bien podía dudar de que no fuera más que un recipiente vacío y yerto. La trama y el dibujo de la piel, la otra piel, la helada y latente, pero viva, también se había quedado dibujada como un sello tenue, como marca de agua. El despojo de la serpiente era a su vez oscuro y transparente, residía por completo allí y a la vez estaba enteramente ausente. Al cambiar de piel había dejado su porción más superficial y sin embargo la forma abandonada de su belleza guardaba toda su fuerza. Yo no vi una serpiente viva. Yo vi la esencia de un amor perdido.

Futuro Imperfecto

12:47:00 a. m. Posted by El Griego

Alguno de los dos enviará un mensaje de texto, o un correo electrónico, o llamará por teléfono al salir del trabajo. Quedarán de acuerdo en encontrarse en una confitería enfrente del viejo Abasto. Los dos reirán cuando miren hacia adentro y descubran esa fauna citadina que se aglomera en mesas con copas altas y tres cubiertos. Comentarán entonces que las confiterías modernas no tienen ya el encanto de los viejos bares, con esos mozos eternos que conocen los resultados de la quiniela, y están al tanto de cada disputa política y el precio del dólar. Decidirán que es mejor caminar un rato y buscar otro sitio sin aquella iluminación groseramente fluorescente. Hallarán en una calle un poco oscura un sitio que ostenta un soberbio nombre, “Tanguería”, que vacila entre lo tan tarde que se ha hecho para cerrar el día y lo demasiado pronto que será para iniciar la noche. Ya dentro descubrirán cuatro parejas que ensayan firuletes en un piso ajedrezado, que disparan ganchos entre piernas y tacos, que se miran apasionadamente, porque han aprendido que en eso reside el alma del tango. Se sentarán en una mesa apartada, a un lado de la pista, sin que apenas nadie note su llegada. Ella será la primera en hablar, en hablar no ya de cosas mundanas y sin importancia, sino del asunto que más importa a esa hora en esa cuadra, en ese barrio, en ese cosmos. Ellos dos. Le preguntará “¿Cómo estás?”, y él, con un gesto rápido y la voz jocosa responderá entre sonrisas “Estoy fantástico”. Ella festejará la ocurrencia y estará de acuerdo, “Es verdad que estás muy bien”, dirá, y ambos reirán de la mala broma. Pero a ella se le ensombrecerá de pronto el rostro, mirará nerviosamente hacia afuera, y volverá a mirar el rostro de él. “Decime, realmente, ¿cómo estás?”. Él no podrá evitar sonrojarse. Cruzará los dedos, los soltará, hará un gesto vago, como espantando moscas o fantasmas y apoyará el mentón entre las manos que habrán tomado la postura de quien inventa una paloma con sombras de la China. Se quitará los lentes como hace cada vez que está nervioso y finalmente le dirá : “Está bien. Fue una semana de mierda”. Le contará entonces que ha estado con problemas de trabajo, que le ha dado un resfrío que aún le dura, que le han llegado las boletas del gas y la corriente eléctrica, que el banco le notificado una deuda en la hipoteca, que su madre llegará en una semana. “Pero lo peor, lo intolerable, fue la continua y metódica forma en que te extrañé, aunque se bien que no tengo derecho”, dirá, y en los ojos de ambos asomará apenas el brillo de las que no llegarán a ser lágrimas.

Conservación de los recuerdos - Julio Cortázar

11:12:00 p. m. Posted by El Griego

Los famas para conservar sus recuerdos proceden a embalsamarlos en la siguiente forma: luego de fijado el recuerdo con pelos y señales, lo envuelven de pies a cabeza en una sábana negra y lo colocan parado contra la pared de la sala, con un cartelito que dice: "Excursión a Quilmes", o: "Frank Sinatra".

Los cronopios, en cambio, esos seres desordenados y tibios, dejan los recuerdos sueltos por la casa, entre alegres gritos, y ellos andan por el medio y cuando pasa corriendo uno, lo acarician con suavidad y le dicen: "No vayas a lastimarte", y también: "Cuidado con los escalones". Es por eso que las casas de los famas son ordenadas y silenciosas, mientras que en las de los cronopios hay gran bulla y puertas que golpean. Los vecinos se quejan siempres de los cronopios, y los famas mueven la cabeza comprensivamente y van a ver si las etiquetas están todas en su sitio.

Viva la tristeza! (Spleen)

2:22:00 a. m. Posted by El Griego

                                                                 I

Fue un niño silencioso. No hubo padres insomnes por ocuparse de calmar su llanto, ni corridas al hospital por quemaduras de primer grado. No hubo vecinos con protestas por vidrios rotos, ni abuelos que se quejaran de su vocabulario soez. Es más, poca gente escuchó alguna palabra de su boca los primeros cinco años de su vida. En la escuela se colocaba a un lado del patio de juegos y miraba a los demás niños jugar con una pelota, o perseguirse en el juego del escondite. Él leía una revista de historietas, o dibujaba redondeles en el suelo con la punta del pie o con algún palito. Cuando alguna maestra le preguntaba por qué no jugaba con los otros niños, no respondía. Si la maestra insistía, su cara comenzaba a congestionarse y sin motivo aparente, rompía en llanto. Era como si las lágrimas estuvieran siempre en estado de alerta, y ante cualquier tipo de emoción se agolparan en sus ojos y brotaban profusamente, incontenibles. Ese carácter ensimismado le daba un cierto aire de fragilidad que combinaba a la perfección con una estampa angelical que lo absolvía de cualquier sospecha de maldad. Cuando creció, su carácter se mantuvo esencialmente igual. Las lágrimas ya no eran tan frecuentes, pero su rostro constantemente daba cuenta de que estaba abrumado de vacío, si eso es posible. Con todo, tenía algunos amigos que lo apreciaban, tal vez fuera precisamente por su forma de ser, tan poco dada a la alegría. Por lo demás, no son tan extrañas este tipo de relaciones: pareciera que la debilidad o fragilidad de otros fuera un punto de atracción para algunas almas, que se sienten menos miserables en compañía de alguno que constantemente tiene el peso del mundo en sus ojos. Cuando le preguntaban, “Ey, esa cara… ¿por qué estás tan triste?”, respondía: “No lo sé. Mi tristeza es sólo tristeza. Es una de esas palabras que no se define con ninguna otra palabra. Y ustedes ¿por qué no están tristes?”. Callaba entonces, y todo el que lo oía no podía dejar de sentirse tocado por esa obscuridad que latía en él, sintiéndose un poco triste también por no tener una respuesta válida a esa pregunta.

                                                                 II

Con el tiempo sucedió algo sorprendente. Sin que mediara intencionalidad de su parte, poco a poco fueron reuniéndose en torno a él personas tristes. Jóvenes ávidos de poesía amorosa y desencadenada, novias enamoradas plantadas en el altar, muchachos que, como el Werther de Goethe, coqueteaban con la idea de barrerse de un plumazo del mundo, poderosos empresarios insatisfechos que habían descubierto que todo su dinero no compraba lealtad sino obediencia, y la lista englobaba a tristes de los más diversos orígenes y estratos. La tristeza se hizo un estilo de vida. Marcaba el modo de mover las manos, la manera de entrecerrar los párpados, la cadencia de la voz. Dictaba los temas de conversación e imponía los colores de moda, tristes también. Se organizaron tertulias literarias para leer a los poetas y escritores más sombríos. Desfilaban por el aire las voces de Rimbaud y Baudelaire, de Dostoievsky y Strindberg, de Walter Benjamin y Thomas S. Elliot. Era notable ver la concurrencia a estas reuniones: la gente llegaba triste, y tristemente declamaba versos o leía atormentadas historias. Los nocturnos de Chopin afligían el aire y las paredes lucían ataviadas con reproducciones de los tenebristas: Tintoretto, Caravaggio, Rembrandt y toda la escuela flamenca. No pasó mucho tiempo antes de que el mundillo cultural se hiciera eco del renacimiento del Spleen, esa rara afición por la melancolía que tanto auge había tenido en el siglo XIX. Lo invitaron a dar conferencias en las universidades y firmó artículos en cuanta revista de difusión cultural hubiera. Entonces, prestigiosos editores se interesaron por el fenómeno de la tristeza revitalizada. A nadie extrañó que sus libros desaparecieran a las pocas horas de llegados a las librerías. Los escritores noveles copiaban su estilo y sus temas, le pedían consejo, querían saber si sus escritos reflejaban suficientemente la tristeza y desolación de sus almas abatidas.

                                                                IV

Para cualquiera, todo esto que le sucedía tendría un nombre unívoco: éxito. Sus amigos, los mismos que antes se preocupaban por su rostro alicaído, ahora lo felicitaban y le enviaban misivas afectuosas y admirativas. Uno de los más allegados, orgulloso de contar con su amistad y afecto, le preguntó: “Y ahora, con todo esto que te sucede, ¿no estás contento con el éxito logrado? ¿No te alegra haber conseguido lo que tantos otros desean y buscan toda una vida sin llegar jamás a poseerlo?”. Y él, sin mostrar el menor signo de emoción, con la mirada perdida en alguna parte del horizonte, dijo: “Esto que llamas éxito, amigo, es lo que más me entristece. Ahora, más que nunca, la tristeza es la única perspectiva de vida posible. No podría, por más que alguna vez llegara a desearlo, cosa que me parece imposible, dejar de ser triste. Tengo como obligación la tristeza: me debo a mis admiradores”.

                                                                 V

No hubo forma de detener la catástrofe. De tan ridícula resulta inverosímil. Sucedió así: lo invitaron a participar como jurado en un evento que tenía fines benéficos. No es que le interesara demasiado hacer caridad, pero sus promotores insistían en que su público tenía derecho a contar con su presencia activa. Entre otros espectáculos, una afamada bailarina daría una demostración de danza artística sobre hielo. Si fue por un error en la ejecución o por mal estado de la pista, no se sabe. Lo cierto es que la fatalidad quiso que en un giro la patinadora fuese a dar con toda la humanidad en el suelo helado. El golpe no pasó a mayores, pero en medio del silencio y la tensión que provocó la caída, una risa demoníaca resonó en toda la sala. Las miradas convergieron en un solo punto: allí estaba el cultor de la tristeza, doblado de risa, completamente fuera de sí. Reía como poseso, indiferente por completo a las miradas de reprobación del público. Con el mismo furor con que el ambiente cultural lo exaltó a la cumbre de la admiración, los críticos literarios, las gacetillas, los diarios y revistas, todo el que tenía posibilidad de alzar la voz por algún medio público, lo condenaron al ostracismo. Ya nadie tomó en serio su tristeza. El mundo le endilgó haber fingido una pose, creada sólo con el fin de dar vida a un personaje llamativo, pero con un fondo fatuo e insensato. Se quedó solo. Completamente solo. Ni siquiera sus amigos de antaño se dolieron de él. Ya nadie hizo apología de la tristeza. Incluso sus libros fueron retirados de circulación por nulidad de ventas.

                                                                Coda

Algunas tardes puede vérselo sentado en algún banco de plaza o en algún café. En sus ojos se ve el peso de un mundo opaco y triste; todo su ser emana una melancolía densa, casi palpable. Cuando piensa en lo ridícula que es su existencia, asiente con la cabeza, frunce un poco el entrecejo y sonríe, apenas, tristemente.

Oficio Ingrato

10:56:00 p. m. Posted by El Griego

Calixto, el herrero, trabaja en su forja. Una máscara cubre por completo su rostro. El delantal de fieltro lo protege de las chipas candentes que vuelan. Golpean la puerta. Calixto levanta su máscara, deja las piezas en las que trabaja sobre el banco y se quita los guantes. Abre. Es la Muerte.

Cualquier otro, ante semejante visión, caería de hinojos. Pero Calixto conoce a la Señora -así la llama él- por el trabajo de herrero. Cada tanto ella trae su instrumental para que Calixto lo repare. “Calixto ¿tendrás un poco de tiempo para afilarme la guadaña? La hoja está casi roma. ¡No sabés lo que me hace renegar!” dice la muerte en un tono que, si no conociéramos la naturaleza del visitante, diríamos, parece amistoso. “¿Así que anda con mucho trabajo, Señora?”, dice Calixto, mientras hace un gesto que la invita a entrar. La Muerte toma asiento a un lado del banco del herrero, que ya ha puesto a funcionar la piedra de afilar. “Mucho trabajo, sí. Ya sabés, es plenilunio… Los enamorados, los partos, los lunáticos, en fin, época de cosecha. Para empeorar las cosas, cada vez hay más barrios, y la zona de trabajo crece, y crece”, explica la Muerte, mientras Calixto hace saltar chipas de la guadaña. “Ya sabés, este es uno de esos trabajos que nadie valora. Si supiera hacer otra cosa, cambiaría de rubro. No sé, un aserradero, un taller mecánico, una casa de comercio. Pero no puedo, esto es lo único que sé hacer”.

La Muerte se ha parado justamente al lado de Calixto, que repasa con una lima de mano los rebordes de la hoja. “¿Sabés, Calixto? Quedan cada día menos artesanos del metal como vos. Mirá que conozco muchos barrios, pero nadie sabe trabajar el metal de esta manera”. Calixto entrega la herramienta a la Muerte, y le pregunta: “¿Le pasa algo Señora? Yo no sé mucho sobre… bueno, sobre seres como usted, pero cualquiera diría que algo le preocupa”. “Calixto, es tal como te lo digo. Queda cada vez menos gente capaz de hacer bien su trabajo, como vos. Como yo, también. Hago lo que tengo que hacer, aunque nadie lo valore y los perros me ladren. Yo tengo que hacer mi trabajo, es mi deber. No sé quién me va a afilar mi guadaña ahora, Calixto. Te voy a extrañar”.

Seducción en la barra

12:11:00 a. m. Posted by El Griego

Está sentada en la barra de un bar, bastante ebria, la mirada turbia, la voz pastosa. Él la acompaña. Se ha propuesto no dormir solo esta noche. “Cuando tenía veinte, ¡qué bonita era!, –dice ella con tono melancólico-. No había esquina en la que un taxista no me dijera un piropo. Aún los hombres que iban con sus esposas se daban vuelta a mirarme. Yo veía cómo ellas les tiraban del saco, o los pellizcaban, y me moría de risa. Todos los muchachos del barrio me invitaban a salir y mis amigas se morían de envidia. Pero ahora, vea. Mire estas patas de gallos, ¿ve? ¡Y estas manos! ¡Y aquí, mire el cuello, mire cómo lo tengo! Si me hubiera visto usted en aquel entonces, ah, ¡qué bonita era!”. Él comprende que es momento de decirle algo que la haga sentir bien. “Realmente creo que es mejor que no la haya conocido entonces, y sí ahora y que esté como está”, suelta. Ella lo mira y enarca las cejas. “¿Qué me quiere decir, señor?” “Sucede que, bueno, ante cualquier cosa demasiado bella, ante una mujer muy hermosa por ejemplo, me descompongo, me da algo como un ataque de epilepsia, caigo al piso y babeo como un perro hambriento, los ojos se me desorbitan y me han llegado a tomar por loco. Así que, ya ve”. Ella lo mira y le toma una mano. “Pero qué cosas más dulces me dice, señor”, responde, completamente conmovida.

Tiempos Modernos

11:36:00 p. m. Posted by El Griego

Qué puedo hacer. Ya tiene dieciocho. Es bastante grande. Eso cree ella al menos. Lo que no termino de comprender es para qué lo trajo a casa. Él quiso hablar a solas conmigo en la cocina. Me dijo que la quería y que iba a velar por su bienestar. Estamos de acuerdo, yo también la quiero. Ahora, ¿qué necesidad de venir a mi casa? La trajo él en su auto. Reían. A mí no me causó ni un poco de gracia. Toda esta cuestión de las presentaciones sociales a mí me resbala. Pero qué hacer. Ella ya tiene dieciocho, y él es su padre.

Los culpables de siempre

1:44:00 p. m. Posted by El Griego

La sala está llena. Todas las pruebas presentadas inculpan a la acusada. Su prontuario no ayuda. Cruza las manos, se las frota como si rezara. El abogado defensor está intranquilo, sabe que no está consiguiendo convencer al juez. Mira las caras alrededor. Nadie parece tomar en cuenta el aspecto devoto de su cliente.

-“¿Usted lo mató?”, pregunta el fiscal.
-“No”, dice ella, y sacude enérgicamente la cabeza.
-“¿Y va a negar también que tuvo relaciones sexuales con él la misma noche en que desapareció?”, arremete el fiscal .
-“Sí, es cierto, pero se marchó después, y ya no volví a verlo. Quizás haya estado con alguien más, no sería del todo imposible que…”
-“Remítase a responder sólo lo que se le pregunta”, la interrumpe el juez.
-“Se lo pregunto por última vez, ¿lo mató luego de tener relaciones con él?”
-“Ya le dije que no, señor. Es que era demasiado joven, y bello. Tuve intención, es cierto. Pero cuando vi que era fuerte y hermoso, no pude. Y lo dejé ir”

Con los ojos enturbiados, y casi como pidiendo disculpas, la mantis religiosa mira al juez compungida, y sacude nuevamente la cabeza.

Habitación 47

11:05:00 p. m. Posted by El Griego

Clelia está tendida en una cama. Tiene el rostro pálido, muy pálido. Duerme. A sus pies, tres mujeres velan. Los rasgos de las tres tienen alguna semejanza, lo que hace pensar que son hermanas. Clelia se revuelve en la cama, se le escapa un pequeño quejido, dice alguna cosa incomprensible. Abre los ojos. Mira a las tres figuras a sus pies. No las reconoce. Cree que delira y, por temor a hacer el ridículo, no dice nada. Las observa un buen rato. Ahora Clelia se acomoda en la cama, coloca la almohada como respaldo de modo que casi queda sentada mirando de frente a las tres. Por fin dice con una voz marchita: “¡Qué bonito eso que hacen!”. La primera de las tres mujeres levanta la vista. Acciona un curioso dispositivo, una rueca. Llama la atención ver algo como eso en cualquier parte, pero más aún en un hospital. Hábilmente mueve sus manos, toma pequeños copos de lana virgen, los desarma en pequeñas fibras y luego, en la rueca, las convierte en un fino cordel. Sin dejar de hilar, le devuelve la mirada a la enferma, y dice con voz que delata juventud: “Cierto, señora. Siempre es agradable comenzar una tarea”. Clelia discurre con la vista hacia las manos de la segunda hermana que, absorta, teje. “Ah, qué belleza ese paisaje. Me hace acordar a una viña de mi pueblo natal”. De la bolsa en que cae el hilo que la primera fabrica, la segunda toma el hilo con el que teje tapices con diversos motivos. Mezcla colores, inventa paisajes, dibuja figuras. Levanta la cabeza y, sin dejar un instante su tejido, responde: “Cierto, señora. Ah sido muy bonito ese paisaje de la viña. Me alegro que le haya gustado a usted”. Clelia se siente un tanto más animada. Los últimos días han sido fatales. “¿Y usted, qué hace? ¿Trabaja como ellas?”, le dice a la tercera de las hermanas, que tiene los ojos absortos en las otras dos. No dice nada. Mira cómo teje la segunda. Vuelve la vista a Clelia y pregunta: “¿Qué edad tiene, Clelia?” “Voy a cumplir 82 en Junio. Mis nietos me han prometido que…” La tercera interrumpe a Clelia, mira a las otras dos. Dice: “Está listo” y extrae de una bolsa unas tijeras. “¿Ya?” pregunta la primera, y en su tono hay un dejo de protesta. “Sí, ya” dice la mayor con tono inflexible. Las tres miran a Clelia, que se ha quedado nuevamente dormida. “Adiós, Clelia” dicen, cada una a su vez. Átropos, la hermana mayor, corta el hilo y sale de la habitación. Cloto y Láquesis la siguen.

Derrota eQuestre

10:20:00 p. m. Posted by El Griego

Su padre, que había sido también su maestro, se lo advirtió. “Sobre todo, tené cuidado con los caballos, con esos movimientos ladinos que poseen, podés terminar dañado: un salto y te dejan en la lona”. Por eso siempre tomaba precauciones.

Debía vigilar los caballos, controlarlos, neutralizarlos a como diera lugar.

Pero se distrajo. Confió demasiado en su suerte. Cometió el peor error que se puede cometer: subestimó a su contrincante. Y cayó en una celada. Todo por ese maldito caballo. Sólo podría salvarse si...

Su adversario toma la pieza, mueve. “Jaque mate en tres, si no me equivoco”, dice con tono que no oculta el sarcasmo. Él, que lo sabe desde antes, inclina su Rey, y se levanta.

Liberación

9:02:00 p. m. Posted by El Griego

Cada ataque manifestaba síntomas similares: transpiraba copiosamente, sudor helado; se movía de forma compulsiva de un lado a otro, como se mueven los tigres encerrados en jaulas; jadeaba furiosamente como si acabara de correr una distancia larga; temblaba, sacudida por espasmos trepidantes. Podía tener varios de estos síntomas a la vez, pero cuando no caía desvanecida en un desmayo, el final era siempre el mismo: pánico, terror, gritos desesperados. Llegó a arrancarse mechones de cabello, arañarse la cara e intentó saltar desde una ventana en un cuarto piso.

Le diagnosticaron claustrofobia. Fue a un psicólogo, le dieron medicación, intentó con terapias alternativas. Nada parecía traerle alivio duradero.

Martín, su pareja desde hacía varios años, hacía lo imposible porque Alejandra se sintiera bien. Cada vez que los ataques comenzaban a hacerse frecuentes en la casa donde estuvieran, alquilaba otra más grande. Cuando no hubo departamento que la pudiera contener, buscó una casa con jardín. Luego otra más, de dos plantas, con un pequeño parque y árboles. Pero allí también, con el tiempo, se sintió asfixiada.

Finalmente, se mudaron al campo. Martín, que era arquitecto, diseñó una casa muy peculiar: un gran rectángulo sin división alguna, grandes ventanas por todas partes, techos altísimos con zonas semitransparentes, muebles bajos que no cortaban la visión, luces, muchas luces para cuando fuera de noche o estuviera nublado.

Cuando Alejandra vio la casa, supo que allí podría por fin sentirse tranquila, respirar a pulmón lleno el límpido aire campestre, correr sin que nada la detuviera. Aire, aire, aire, por fin.

Es de madrugada. Martín se despierta cuando oye el resuello de Alejandra, sabe que ha comenzado de nuevo. Las sábanas están empapadas, ella corre de un lado a otro de la casa, tropieza, cae al suelo, se lastima. Se arrastra pidiendo más aire, más. Se sofoca, tose, grita sordamente. Las aletas de su nariz se ensanchan, se golpea el pecho con ambas manos, se toma el cuello. Se arranca la ropa a jirones, abre la boca desmesuradamente queriendo tragar un aire que para ella no existe. Corre hacia el sector de la cocina. Revuelve todo, tira los cajones al piso, se rompen platos, copas, caen cacerolas estruendosamente.

Es una visión atroz. Martín sabe qué busca. Está cansado, muy cansado. Y la deja hacer.

Alejandra toma un cuchillo y se abre el pecho.

Estación Terminal

2:55:00 a. m. Posted by El Griego

El hijo mayor viajó a Buenos Aires para hacer la conscripción. Cuando salió buscó trabajo, se casó y se quedó a vivir en la ciudad. El segundo, que siempre tuvo en la cabeza una bandada de teros, colgó su guitarra al hombro y se fue de gira con un grupito de folklore. No volvió nunca más. La hija, la menor y única, se enamoró de un viajante que se la llevó a vivir a Santa Fe. A todos sus hijos se los llevó el tren. Y a su esposa, la última en irse, allá por el ’92, cuando al mítico “Estrella del Norte” le quedaba todavía un año de vida. A su mujer le quedaba menos. Antes de subir al tren, ella le pidió que pasara lo que pasara, no abandonase su puesto como Jefe de Estación. Era hombre de palabra y respetó su voluntad. Ella falleció en el quirófano, mientras la operaban del corazón en la Capital.

Por las tardes sale a caminar por el pueblo en compañía de su perro. Las calles están casi siempre desiertas. El bar, otrora rebosante de turistas que se quedaban a hacer noche allí, viajantes y lugareños bulliciosos, es ahora la cueva de un puñado de antiguos ferroviarios que, como Don Gregorio, se han quedado resistiendo el avance de los yuyos. Junto a la ventana, contempla la estación. Tiene la mirada fija en el punto donde los rieles se desdibujan. Está cansado y triste. Todos los que amó ya no están. Ni siquiera el tren, que se los llevó uno por uno. Él también se quiere ir.

Cuando los amigos del bar no vieron a Don Gregorio en dos días, se acercaron a su casa en la estación. La puerta estaba abierta y todo estaba en orden. Encontraron el cuerpo tendido en la cama. En sus manos tenía cuatro fotos y su carnet de ferroviario. Su perro fiel aún espera con la vista perdida en el punto donde los rieles se desdibujan.

Flores de lis

1:12:00 a. m. Posted by El Griego

En la vaina se ven dos serpientes que ascienden enroscadas. En el centro, un escudo frigio que dos manos sostienen. Ambos bordes con ribetes en forma de greca. Todo trabajado en finísima plata, trabajo de un artesano de tierra adentro. La hoja del facón tiene grabadas dos flores de lis.  

Se contaban muchas historias sobre el facón y su dueño. De él se decía que había venido buscando vengar una ofensa; que era fugitivo y que debía a la ley alguna muerte. Del cuchillo, que había sido traído de Europa, que tenía un grabado extraño en la hoja, un signo antiguo de los condenados; pero nadie había visto el arma fuera de la vaina.

Tan errados no estaban.

El correntino cometió el error de volver por la pulpería. Andaba necesitado de dinero y vino a vender unos cueros. Si hubo conjura o no, no se sabe. Lo cierto es que nadie le avisó nada. Cuando tiró el montón de cueros sobre el mostrador, oyó un grito, y la sangre se le puso espesa:

-“¡Correntino!”

El correntino apenas tuvo tiempo de buscar en el cinto su arma. El otro se le vino encima como tigre. El correntino cayó muerto ahí mismo.

Los pocos parroquianos que vieron el corto combate cuentan lo que sucedió después. El vencedor se sentó en la barra y pidió caña. Limpió la sangre del cuchillo y, con una especie de estilete, dibujó otra flor de lis en la hoja del facón, pagó su bebida y salió.

Riachuelo

3:44:00 p. m. Posted by El Griego

Le habían recomendado no dejar de visitar el barrio de San Telmo, la plaza Dorrego y la calle Caminito, en La Boca. Era martes, no había casi nadie en la calle. Un amigo le había prestado un departamento en la calle Las Heras, cerca del parque. Caminó una cuadra y esperó que llegara el colectivo 64. Se bajó después de pasar el viejo puente Avellaneda.

Anduvo un rato sin apuro por la rambla. Vio un grupo de gente con cámaras fotográficas y lentes para sol. “Turistas, como yo”, pensó. Aminoró el paso.

“La verdad no sé qué le ven de lindo a todo esto”, decía una señora, mientras fruncía la nariz enérgicamente.

“Fijate, agua podrida, botellas, basura. Quién sabe qué enfermedad se puede pescar una respirando este aire. Mejor, vamos”.

Esperó a que se alejaran las señoras. Abrió el bolso en que traía su cámara y eligió un teleobjetivo. Tomó fotos de de la Rambla, de los boteros que cruzaban a los turistas a la isla Maciel, al Viejo Puente Avellaneda, a los cascos de los barcos encallados, a las aves que se posaban y escarbaban entre los desperdicios.

Cuando presentó las fotografías en una muestra en su propia ciudad, sus retratos del puerto de La Boca ganaron el primer premio. Una revista de cultura publicó algunas de la serie titulada “Formas de belleza y suciedad”.

Aquella señora tenía una suscripción anual.

Filantropía

11:29:00 p. m. Posted by El Griego

En un lujoso hotel céntrico se realizó el VI Congreso Internacional sobre Niñez y Adolescencia. Asistieron políticos, empresarios, periodistas e importantes personalidades de los ámbitos más variados. El temario de los disertantes abarcó la necesidad de asegurar contención social, educación y bienestar a cada niño del país. Se habló mucho acerca de planes de alfabetización, la eliminación del trabajo infantil y la violencia familiar de la que muchos niños son víctima. Se leyeron ensayos de prestigiosos sociólogos de fama mundial. Se habló del futuro, que debe ser construido sobre una niñez y adolescencia sanas y con respeto absoluto por los derechos universales del menor.

Finalizado el encuentro, los participantes del Congreso fueron saliendo. Era una noche tibia y agradable, así que se vio a muchos dirigirse restoranes, casinos y teatros que la ciudad ofrecía a manos llenas.

A pocas cuadras del hotel donde hasta hace minutos se habló de proteger la niñez, un grupo niños de no más de diez años de edad lavan parabrisas de automóviles, hacen torpes malabares con pelotitas de tenis o naranjas, abren puertas de taxis, miran pasar a la gente y piden “una monedita”.

Ellos jamás sabrán lo importantes que son para los políticos, para los empresarios, para toda la gente de bien que se preocupa porque sus derechos no sean violentados. Jamás sabrán todo lo bueno que esta noche se ha planeado para ellos, y las cosas hermosas que los mayores les tienen preparadas. No lo sabrán, simplemente porque están ocupados en conseguir un par de monedas que llevar a la casa de sus padres, o para entregar a algún mecenas que les exigirá siempre más.

Manera correcta de interpretar una imagen

10:01:00 p. m. Posted by El Griego

Tiene diez años y es un chico inteligente. Lo que logra con su inteligencia, sin embargo, muchas veces deja boquiabiertos a sus mayores.

La madre de Ramiro es docente. Se podrá pensar que esta circunstancia resulta en ventaja, que su amante madre ayudará al pequeño a salir airoso en la lid escolar. Quien piense así, seguramente no ha tenido una madre que pertenezca al gremio docente.

Hoy Ramiro ha traído de la escuela tareas para realizar en casa. La tarea consiste en escribir una narración dejándose llevar por lo que le pueda sugerir una imagen que la maestra entregó al alumnado. La imagen tiene una composición más bien simple: un prado herboso, un hombre con apariencia de leñador, algunas herramientas de campo y de fondo, una tupida arboleda.

Ramiro termina la tarea y llama a su mamá. “Ya está, ma”, dice, y sonríe con aire triunfal. Cree que ha escrito un texto bonito y que esto llenará de alegría a su madre. Un momento más y tendrá permiso para salir a jugar con los demás chicos de la cuadra.

La madre de Ramiro toma el cuaderno y lee. En su rostro empiezan a desdibujarse los rasgos relajados que tenía hasta hace un momento. Ahora tiene el ceño fruncido, parpadea nerviosamente y mira de soslayo a su pequeño que espera ansioso el veredicto. Termina de leer. Mira fijamente a su hijo. Hay un segundo de silencio que a Ramiro le parece eterno.

"¿Esta es tu tarea?”, pregunta con un tono que no consigue solapar una reprobación que es ya inminente.

“Si… ¿qué tiene, ma?”. 

“A ver, Ramiro. La maestra te pidió que escribas sobre la fotito, ¿no?”

“Si, ma, ya sé. ¿Y?”

“¿Y? ¡Cómo “¿y?”, Ramiro! Fijate, acá contás de un señor que tenía un campo, y que compró una vaca a la que ordeñaba y que luego vendía la leche en el pueblo, que a la gente le gustaba la leche que vendía el señor, y que entonces el señor compró más vacas y después hizo queso y manteca y dulce de leche, y que la gente estaba contenta con el señor que tenía muchas vacas y hacía cosas tan ricas.”

“Ya sé que escribí eso, ma. ¿Y?”

“¡Cómo “¿Y?”! ¿Me podés explicar qué tiene que ver lo que escribiste con la imagen?”

"Ay, ma. Es que vos no entendés nada. Esos árboles ahí en el dibujo, ¿ves?”, dice, mientras señala a la arboleda en el fondo de la imagen.

"Sí, ¿qué tienen?”

“Bueno, vos no las ves. Pero detrás de esos árboles de ahí hay un montón de vacas que dan leche, y un señor las ordeña y hace cosas riquísimas, como dulce de leche y queso, y la gente se pone contenta".

La madre, efectivamente, no entendía nada. Reprendió a Ramiro por hacer las cosas mal, y él tuvo que volver a hacer la tarea, pero esta vez escribió algo que la madre aprobó. En el texto habló de un señor con apariencia de leñador, que tenía un hacha, que vivía en un prado cubierto de hierbas y en el que había árboles enormes. Cuando terminó, ya no tuvo ganas de salir a jugar con los chicos de la cuadra.

Reflejos

12:31:00 a. m. Posted by El Griego

Cuenta Ovidio que Narciso poseía una gran belleza. Tanto así, que todas las chicas del barrio morían por él. Algunas, literalmente, como la ninfa Eco. Pero Narciso las rechazaba a todas, ninguna le caía en gracia. Según el poeta, Némesis, la diosa Venganza, castigó al insensible. Narciso siente sed, se inclina a beber en un arroyito, y ve su imagen reflejada en el agua. Inmediatamente se enamora. Pero Narciso fracasa en la seducción de la imagen de Narciso. Por fin, muere contemplando su imagen, y su cuerpo se convierte en flor.

Esa es la versión de Ovidio. Sucede que al poeta le gustaban los finales dramáticos. Lo cierto es que hubo una mujer que sí consiguió enamorar al fundador del narcisismo. Por lo demás, era natural: era una gitana morena; sus ojos los más bellos en varias leguas a la redonda. Narciso la vio, y murió de amor. Los ojos de la morocha eran perfectos espejos.

Amor a prueba de almanaques

12:09:00 a. m. Posted by El Griego

Estaba enamorado de ella hasta los huesos. Conocía cada rasgo de su rostro, sus horarios, las cosas que le gustaban, las que no, su color preferido, el perfume que usaba los domingos. Sin embargo, era demasiado tímido. Siempre ensimismado, vio transcurrir treinta años sin poder confesarle su amor. Treinta años: la juventud, la universidad, ella se casó, tuvo dos hijos.

Hoy es su funeral.

La mira enternecido. Ausculta su corazón y sabe que lo que siente por ella es inmutable. Se decide. Hoy le confesará su amor incondicional. Después de todo, sabe bien que en este cementerio no hay fantasma que tenga la pinta de él.

Doble Click

11:51:00 p. m. Posted by El Griego

Después de mucha vacilación, decide crear un blog. En una suerte de plan antropológico, lee en la Web a fin de comprender la dinámica de la blogósfera. Hecho esto, pone manos a la obra. Publica al menos un post diario, se cuida de que tenga ritmo, que sea llamativo, con un toque de humor, pero sin olvidarse de dejar al menos un idea, algo en qué pensar.

Pasan varios meses. Nadie comenta sus publicaciones, nadie le envía mails, no tiene un solo seguidor.

NADA.

Lee sobre marketing digital orientado a bloggers. Pide consejos, se los dan. Entonces peregrina la red comentando blogs que tratan sobre literatura, música, moda, política, arte, gastronomía, viajes, sobre cómo hacer bonsáis, sobre corte y confección, peluquería y ortodoncia. Llega incluso a comentar en un blog de cierto hombre que dice ser la reencarnación del poeta Homero.

Seis meses.

NADA.

Desespera. Se deprime. No encuentra sentido a seguir escribiendo. Sus amigos de Facebook le dicen que lo leen, pero no se toman la molestia de dejar testimonio de sus lecturas. Siente la frustración de la derrota. Se apiada de ese hombre que pensó que vender agua en el desierto era un negocio excelente y jamás tuvo un solo cliente. Comprende el desamparo del profeta Jeremías predicando en la soledad de una Jerusalén indolente y blasfema. Su corazón se hermana con todos los locos, alunados, los incomprendidos de la historia.

Debe cerrar su blog.

Angustiado, abraza la resignación. Enciende su computadora. Por mera inercia y costumbre abre su Outlook. Espera. Un único mensaje nuevo. Tres veces relee el encabezado para estar seguro de que no es un error. No hay dudas. “Nuevo comentario en su blog”. La última vez que sintió el redoble de un tambor en el pecho como ahora fue con motivo de recibirse en la universidad. Se toma su tiempo. Mira la pantalla y sonríe estúpidamente. Se siente Edmund Hillary en la cumbre del Everest y con el mundo a sus pies.

Doble click. Abre el mensaje. Es un spam.

Sorprendeme

12:49:00 a. m. Posted by El Griego

“Estoy embarazada”, dijo su novia. Primero, se quedó sin habla. Luego, se enojó con ella. Cuando estuvo más tranquilo, pensó: “Bueno, después de todo, dicen que un bebé es una bendición de dios”. Abrazó a su novia y la llenó de besos.

Tercer mes.

-Estoy embarazada... pero...
-¿Qué?
-Son trillizos.

Se desmayó. Cuando se despertó se hizo ateo.

(Para mi amigo, Hernán)