Ficción en Sepia

4:19:00 p. m. Posted by El Griego

Una de sus nietas le regaló para su cumpleaños el libro Purgatorio, de Tomás Eloy Martínez. El personaje principal de la novela, Emilia Dupuy, es una cartógrafa que ha padecido la pérdida de su esposo, con el que compartía además la misma profesión. Miguel Ángel Riera, lo mismo que la Emilia de Purgatorio, trabajó en otros tiempos dibujando mapas en el Instituto Geográfico Militar. Es domingo y el clima está espléndido, así que Miguel Ángel toma el libro y sale al patio trasero de la casa. Le gusta leer en su mecedora debajo de la parra grande, amparado por el bálsamo natural de la sombra cenicienta. El mate aprontado, la pipa cargada y el libro. La tarde no precisa nada más para ser completa. Lee: “Los mapas son copias imperfectas de la realidad, que describen en superficies planas lo que en verdad son volúmenes, cursos de agua en movimiento, montañas afectadas por la erosión y derrumbes. Los mapas son ficciones mal escritas”. Se detiene un momento, ceba el mate y acaricia la cabeza del mastín que ha venido a echarse a sus pies. Continúa la lectura: “Mapas eran los de antes: donde había nada creaban mundos”. Algo se revuelve en la memoria de Miguel Ángel. Baja el libro, y mientras sorbe el mate amargo piensa: “Es cierto que los mapas inventan el mundo, pero también es cierto que otras veces lo ocultan”. Hace mucho tiempo que no pensaba en aquello, pero la lectura lo ha devuelto tres décadas atrás, a los años del Instituto, a cierto suceso que jamás consiguió explicarse por completo.

Está llegando la noche. El mate yace en el suelo junto a la pava. Miguel Ángel Riera sigue sentado bajo la parra. Fuma su pipa con la mirada abandonada en despojo incendiado que queda del día. Así lo encuentra su nieta Inés, que ha venido a saludarlo. “¿Le gustó el libro abuelo?”, dice, y Miguel Ángel da un respingo. Inés ríe del gesto asustado de su abuelo. “¿Cuántas veces te dije que no me llames abuelo, Inés? Ni que fuera un fósil, che. Y esa manía que tenés de moverte como gato, si es como para…” Miguel Ángel se interrumpe y mira el semblante burlón de Inés. Ríe él también. “Del libro, la verdad, leí unas pocas páginas. Este Purgatorio me ha recordado viejas épocas”, continúa. “¿Te acordás que hace unos años hicimos un viaje a Península Valdez?”, pregunta. “Claro, fue uno de los viajes más bonitos que hemos hecho juntos. Pero me pareció que a usted no le gustó tanto como a mí”. “No, no fue así. Te voy a contar. Alcanzame por favor esa caja que está ahí, mirá”. Inés alcanza a su abuelo una caja que reposa sobre la mesa de jardín. Miguel Ángel abre la caja y busca alguna cosa dentro. Aparecen unos pliegos de láminas que utilizaba en sus tiempos de cartógrafo y varios mapas originales hechos por él. “Es éste, mirá”, dice, y mientras habla a su nieta, va señalando algún punto del mapa.

“En el año ‘77 nos asignaron el relevamiento de Península Valdez. Por aquel tiempo había muy poca gente viviendo allí. La población estable de Puerto Pirámides, algunos ranchos de ovejas, un par de empresas que trabajaban en la salina grande y no mucho más. Algunos años antes Jacques Cousteau había estado por la península, enterado de que en el golfo San José se habían avistado algunas ballenas. La ballena franca austral, seguro que la viste en la televisión. A partir de esa visita, la península comenzó a cobrar interés turístico a nivel mundial. Se instalaron algunas empresas que organizaban salidas de avistamiento de ballenas y del resto de la fauna autóctona: lobos marinos, pingüinos, focas, aves marinas, etc. Empezaron a venir contingentes de turistas europeos, norteamericanos, japoneses, en fin, de todas partes del mundo. No hace falta que te explique que el gobierno militar no quería dar una mala imagen a nivel internacional y menos que hubiera quejas de algún tipo. Cualquier extranjero era mucho más valioso y mejor tratado que la mayoría de los propios argentinos. Pero me estoy saliendo de tema, si sigo así no te voy a contar qué es lo que me recordó tu obsequio".

"El caso es que al Instituto Geográfico se le ordenó relevar la costa sur y registrar todo dato relativo a la población, los caminos y la actividad económica. Hicimos contacto con el dueño de una empresa de turismo que operaba en Valdez con base en Puerto Pirámides y estuvo dispuesto a alojarnos y darnos asesoramiento mientras durara nuestro trabajo allí. Resultó ser un verdadero personaje ¿sabes? Era oriundo de Buenos Aires, y había llegado a la Península varios años antes trabajando como viajante para el negocio familiar. Le decían “El Rey de las Ballenas” y la contextura robusta del hombre justificaba sobradamente el mote. Así que todos los lugareños lo conocían por “Rey”, a secas. Acordamos con Rey que nos quedaríamos las dos últimas semanas de Febrero y tal vez la mitad de Marzo, siempre que hiciera buen clima. Pocas veces conocí gente tan hospitalaria y amigable. Rey nos facilitó enormemente el trabajo. Conocía a la perfección cada palmo de Valdez, los mejores caminos, el nombre de cada persona de Pirámides y también los del resto de la gente en la península. No podíamos tener mejor guía. Cuando llevábamos quince o veinte días de trabajo, sucedió que Rey tuvo que salir en un recorrido de avistamiento con un contingente de australianos que llegaron a Valdez, así que nos quedamos sin guía por aquel día. Los hombres que me acompañaban aprovecharon para ponerse al día con el trabajo técnico, ordenar los datos que hasta ese momento habíamos recogido, repasar el itinerario para el día siguiente y, de paso, descansar. Vos sabes que a mí nunca me molestó demasiado estar solo, al contrario, hacía días que deseaba tener algún tiempo libre para hacer una travesía sin la obligación del trabajo de por medio. Así que se me presentaba una buena oportunidad de salir de paseo y tomar fotografías, en fin, hacer un poco de turismo".

"Cargué el automóvil con todo lo que necesitaba y salí temprano con rumbo a la costa oeste de la península, que da a mar abierto, fuera de la zona que teníamos asignada. Fui bordeando los grandes acantilados, siguiendo un viejo camino de ripio que corría a unos tres o cuatro kilómetros de la línea costera. Iba sin prisa y me detuve varias veces a tomar fotos, creo que ahí en la caja deben quedar algunas. En cierto punto, quise recorrer un poco más de cerca la costa, así que me salí del camino y avance a campo traviesa. Después de recorrer algunos kilómetros, di con un camino que no figuraba en ninguno de los mapas que teníamos en el Instituto. No tenía nada de extraño, claro, estábamos allí precisamente porque los mapas disponibles databan de la primeras décadas del siglo. El camino tenía señales de que el tránsito de vehículos no era demasiado frecuente, incluso en algunas zonas la maleza lo invadía casi por completo. Lo seguí hasta que di con un pequeño poblado. No serían más de veinte o treinta casas, pero aquello sí que era toda una sorpresa. En los registros oficiales, la única población estable en toda la península era Puerto Pirámides y las cuatro o cinco estancias que había en la zona noreste. Incluso la gente que trabajaba en la salina tenía residencia fija en Pirámides. Las casas del poblado estaban dispuestas a uno y otro lado de dos calles, las únicas, que se atravesaban entre sí perpendicularmente; las cuatro esquinas entonces quedaban en el centro. Una suerte de cruz, así las recuerdo. Bajé del auto y caminé. El silencio era completo y no había ninguna señal de que hubiera alguien. De no ser porque las casas estaban en general bien mantenidas, pintadas y limpias, algunas incluso con pequeños jardines delante, bien podría pensarse que era un sitio abandonado. Había algo en el aire me despertó la sospecha de que estaba siendo vigilado. No tuve que esperar demasiado para descubrir que estaba en lo cierto. Abrí una pequeña verja que había en una de las casas, me paré en el pórtico y cuando estaba a punto de llamar, sentí un golpe en la cabeza. Me desmayé".

"Cuando desperté, estaba dentro de una casa, atado de pies y manos sobre una silla. Cuatro hombres y dos mujeres me rodeaban. La cabeza me daba vueltas, sentía un dolor agudo en la nuca, donde recibí el golpe. Cuando se dieron cuenta de que los estaba observando, el mayor de los hombres se acercó a mí evidentemente alterado. “¿Qué hace usted en Valdez? ¿Por qué vino aquí? ¿Quién lo envía? ¿Con cuantos ha venido?” Parecía que jamás se iba a detener la catarata de preguntas. Cuando por fin dejó de hablar, intenté dar una que lo serenara. “Soy cartógrafo, dibujo mapas. Trabajo para el Instituto Geográfico Militar y estamos en Valdez por orden del gobierno, que desea un relevamiento del trazado de caminos de la península con intención de fomentar la actividad turística y empresarial”. Bastó que oyeran las palabras “militar”, “gobierno” y “relevamiento” para que se apoderara de ellos el nerviosismo. En sus ojos se podía ver inquietud, un estado de terror que los abofeteaba. El hombre que dirigía el interrogatorio pidió detalles. Quiso saber si yo era militar, si había soldados en Pirámides, si éramos un cuerpo de avanzada, si vendrían hacia este punto. Quién sabe qué ideas tendría el pobre hombre. Le dije toda la verdad. Luego de un buen rato de explicar y volver explicar lo mismo, me dejaron solo. Pasado un momento, volvieron sólo tres de ellos. El que parecía el jefe ordenó a los otros dos que me soltaran. “Le pido disculpas por el golpe que recibió, señor. Tuvimos que hacerlo”, me dijo. “Hemos revisado sus bolsillos y encontramos este portafolios en su auto, vimos la credencial del instituto en que usted trabaja y el resto de sus documentos, el montón de mapas y dibujos. Parece que usted no nos está mintiendo. Tome, aquí están sus pertenencias”. Estaba a punto de preguntarle sobre el motivo de su reacción violenta, pero antes de que pudiera decir nada, el hombre habló de nuevo. ”Señor, este lugar no debe quedar asentado en ningún registro oficial. La vida de muchas personas depende de ello. No le pido que comprenda, pero sepa que si usted hace alguna mención de este sitio, si en esos mapas que dibuja usted señala este lugar, estará condenando a muerte a las personas que viven aquí”. El tono en que hablaba era casi una súplica. Ciertamente que no comprendía. Por más preguntas que hice, no pude obtener otra respuesta que lo que ya había oído. Cuando me hubieron devuelto mis cosas y me sentí mejor, me dispuse a irme. Las dos mujeres que había visto cuando desperté del desmayo se acercaron al automóvil. El hombre mayor venía andando tras ellas. “Señor, si usted tiene hermanas, si su madre vive, por ellas se lo rogamos. Por favor, no diga nada de nosotros”, rogaron las mujeres. No podría explicar el motivo, pero renuncié a comprender qué cosa escondía aquella gente, qué cosa hacían allí o por qué debían mantener el anonimato. Les prometí que no diría nada, y mientras estuviera a cargo de la misión, nuestra gente no se acercaría a aquella zona. Me dejaron ir. Volví con una sensación extraña, con la misma impresión que uno tiene al salir del sueño, o cuando ha pasado muchas horas sin dormir y se siente agotado. Cumplí con mi promesa y nunca dije nada. En los mapas que confeccionamos con el equipo no figuró ningún nuevo asentamiento en la costa oeste, ningún dato de población tomó en cuenta a la gente que yo había visto. No existían más que para mí. No dejé constancia alguna de su existencia en los informes oficiales. Solo en este mapa. ¿Ves esta leve mancha? Cuando hube confeccionado mi borrador, hice unos trazos leves, levísimos con un lápiz sepia en aquel sitio. Luego froté un trozo de papel sobre las marcas, hasta que se hubieron diluido casi por completo. Es todo lo que quedó del pueblo de las calles en cruz.

Cuando viajamos con vos a Valdez hace dos años, la tarde en que te fuiste a hacer el viaje en barco y yo me quedé, volví a ver a Rey. Estaba aún más enorme de lo que era en aquel entonces. Su empresa prosperaba gracias al turismo y tenía dos barcos de pasajeros y varios empleados. No me extrañó que no me recordara. Después de todo habían pasado más de veinticinco años desde la última vez que estuve alojado en su casa. Como si se tratara de un turista, le hice algunas preguntas sobre la actividad en la península, sobre la temporada de avistamiento de ballenas y otros asuntos de ese orden. Aquella primera vez no tuve el valor de preguntar a Rey si conocía qué hacía esa gente en el poblado de la costa oeste, pero esta vez no pude contenerme. “En la costa oeste no hay ningún poblado, señor. Le deben haber dado mal las señas. Es más, le puedo asegurar que jamás ha habido poblado alguno en esa costa. Vivo hace casi cuarenta años en este lugar y se todo lo que pasa por aquí”. No insistí, por supuesto. Le pregunté si había algún sitio donde alquilaran vehículos, y Rey me indicó a donde ir. Un cartógrafo que se precie no necesita mapas para encontrar un sitio en el que ya estuvo. Tomé rumbo oeste nuevamente, y en poco más de una hora estaba de nuevo en el camino que aquella vez me condujera al poblado de las calles en cruz. A poco de trasponer una lomada, lo vi. Detuve el auto. Estaba tal como lo recordaba. Sus dos calles perpendiculares, sus casas enfrentadas, las cuatro esquinas señalándose mutuamente. Algo sin embargo había cambiado. El color de las casas, sus blancas paredes, los jardines coloridos, todo lo que aquella otra vez me había mostrado un signo vital, lucía ahora como un daguerrotipo, como una fotografía en sepia tomada un siglo antes; los contornos del pueblo se veían difuminados y borrosos como una visión acuosa. Cuando percibí aquel color apagado y las líneas que tendían a desdibujarse, pensé que podría ser un efecto del sol. Pero estoy seguro de que no fue así: cuando dibujé el mapa, en aquella zona no dejé más que una mancha sepia en el borrador. Pero al mar, ese que ahora se removía, a ese mar que ahora hervía con el frenesí con que se agitan las cosas vivas, a ese mar lo había pintado intensamente azul.”

“Ya ves, Inés. Tu Purgatorio me recordó aquel poblado, esa mancha que ves ahí mismo y esta historia, de la que jamás había hablado con nadie”. Inés mira sin pestañar a Miguel Ángel. El abuelo ha logrado conmoverla. Sus ojos van de la caja a su abuelo, y de éste al mapa que descansa entre ambos, en el suelo. “Ay, abuelo. Casi lo conseguiste. ¿Ves por qué me gusta visitarte? Mirá el trabajo en que te pusiste sólo para contarme una historia. Esas fotos, y el mapa. ¡Y la mancha! Cualquiera creería esa historia, abuelo. Pero yo no, ¡a mí no me vas a engañar!”. Inés se levanta y abraza a su abuelo y ríe a carcajadas.

Cuando Inés se va, Miguel Ángel Riera recoge las láminas y mapas para guardarlas nuevamente en la caja. Antes de colocar las cosas allí, toma una fotografía que ha quedado en el fondo. La mira: se alcanza a ver una esquina, una calle que avanza hasta que la corta la línea del horizonte. Si no fuera por el azul intenso del mar que se ve al fondo, el color sepia del resto de la imagen haría pensar en un daguerrotipo de un siglo atrás.

3 Dejaron Huella:

mariajesusparadela dijo...

Lo mejor que he leído tuyo. Me encantó incluso ese final abierto.
Todo, todo me gustó.

El Griego dijo...

Estimada Mari: No sabes lo que me tranquiliza que te haya gustado. Sinceramente pensé que la extensión espantaría a cualquiera. Salió así y así quedó. Por la noche paso a visitarte. Salut!

Anónimo dijo...

Bien, pasaste la prueba. La extensión no importa cuando el lector es cómplice, cuando se lo seduce.
Dalo a conocer en otros ámbitos...
Cordiales saludos y como casi siempre, un placer mirar tus textos.
Cordis.